Una pequeña dosis de De Cuenca: el instante del instinto.

Luis Alberto de Cuenca por José del Río Mons. Ilustra sus "Diez poemas y cinco prosas" (Zaragoza, Lola Editorial, 2004. Colección "Libros de Berna")

«Pasión, muerte y resurrección de Propercio de Asís» es un poema habitando Elsinore, como lo es «Germania victrix», o «South Wabash Avenue» y «El crepúsculo sorprende a Roberto Alcázar en Charlotte Amalie». Desde 1972, ¿sería exagerado decir que, de lo que atañe a la poesía española de los últimos treinta años, «todo está en los libros» de Luis Alberto de Cuenca? Pues me arriesgo a contestar que no (omito aquí, por lógicas restricciones críticas, otra referencia nominal que debería acompañarle); no, no es exagerado: están los asuntos, el estilo y la movilización estética, además de otras cosas cuya cita sería impertinentemente reiterativa. Están, sobre todo, sin alharacas, sin que se haya dicho ni en las hipersucesivas y asfixiantes antologías, ni en la tele para cultos transitorios, y a pesar de haber sido negado —y hasta renegado— por el primer vacuo neorrealismo. La constatación de lo que digo es el resultado de la mejor perspectiva: la del —buen— lector de poesía.

         Pero mi intención no es señalar en este reencuentro escandalosas omisiones guiadas por la ideología postmodernista (ideología, digo, y cuyo calificativo jamás he entendido ni parcial ni enteramente). Mi gusto lector intentará expresarse en estas páginas preambulares a partir del rapto; me someto, pues, a la inevitable censura de lo dicho por quien deslinda perfectamente, tras la observación pausada de la letra, los errores de una expresión incorregida. Lo decía Valle-Inclán: «Lo mejor de la santidad son las tentaciones», y yo no me resisto al padecimiento espiritual si mi premio es, por ejemplo, aquel Propercio que anunciaba en su verso 14: «Y, al fin, la permanencia de la rosa.» ¿Reminiscencias borgesanas: es ésta la rosa de Paracelso? Sí, pero la rosa de Paracelso en su mejor sentido aleccionador del espíritu, porque la síntesis docente del cuentecico no es otra que la magna verdad de que la sabiduría está modelada con la greda de la modestia en los alfares del genio, y será ofrecida en tarros esenciales no al lamerón, sino al indigente; será ofrecido al instinto del hambriento antes que al capricho del ahíto. Contra lo que el propio Luis Alberto de Cuenca crea, su Elsinore pre-escolar exhibe una excelente caligrafía y el exacto cálculo de lo que más tarde serán sus mejores notas (no ya en Scholia —1975—, aunque también) en los seriados (uno en dos) La caja de plata (1985) y El otro sueño (1987), en los que el instante se revela, se rebela para de nuevo asignar a esa década el valor de la anécdota (de la anécdota inteligente). Y ambos títulos permanecen ya como sendas tonsuras poéticas de los ochenta para regocijo de los hambrientos.

         Pero lo mejor, a mi juicio, es que aquel último verso del Propercio de Asís se presenta fresco de nuevo, resucitado, resuexcitado (como diría nuestro compartido amigo Ángel Guinda). Lo que permanece es el instante: no otra cosa que una sucesión de presentes (al decir de Henri Bergson) constituye el tiempo; la percepción de Bergson es psicológica y nos hace dudar de los comúnmente evidentes conceptos de «pasado» y de «futuro»; sin embargo, la perspectiva literaria, además de en la psicológica, se funda en otras observaciones, y las materializa en palabras, en símbolos de denso contenido, como la Rosa del soneto de De Cuenca, cuyo signo revelador no admite cuestionamiento (no lo admite ya desde el siglo XII), y que, francamente, no se encuentra ni mucho menos lejos de la propuesta bergsoniana (el tiempo como adición de presentes instantáneos): «Y, al fin, la permanencia de la rosa» atestigua con creces la permanencia (la eternidad) de lo efímero como espléndida certeza poética no sólo, sino vital también. Lo efímero es lo eterno; «permanece lo efímero; es el instante —y en ello mucho tiene que ver el instinto— lo que vive eternamente, porque el placer, la belleza, pertenecen a la naturaleza humana y la fe sólo a la conciencia individual» (dije hace años en alguna parte a propósito del poema de Luis Alberto de Cuenca).

         Visión e imaginación como representación de lo que existe eterna, real e inalterablemente y ambas encontrándose rodeadas por la inspiración, por la fantasía, por (si es que todavía en literatura podemos inventar)  la invención estética, son (algo de la libertad y de la  singular interpretación temática de William Blake parecen sonar aquí) bases solidísimas en las que Luis Alberto de Cuenca se ha apoyado desde púber como Malcolm, hijo de Duncan, en Macbeth; desde adolescente en Rosas (Gerona); desde adulto en las tertulias de Garci en «Qué grande es el cine», de «la 2». Hay más: hay brujas en el metro de Madrid; bombas atómicas en su alcoba; alguna que otra femme fatale; libros, impresores, castillos, ménsulas templarias, panoplias bizantinas, tímpanos romanos, duendes y vampiros, viajes, Valtarios, Sonjas y Thules… en la memoria; chicas por doquier; el milagroso embaimiento de su palabra enajenadora. Y, para chincha del puntilloso, deja caer como quien no quiere la cosa su talante goliardo a lo Archipoeta, a lo Gualtero y a lo Arcipreste.

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~ por forega en agosto 5, 2011.

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