Mis “333 días”: me explico.

 

Siempre pensé que la poesía era un género nómada. Sabemos que existe, pero ¿dónde se encuentra? Deambula, torna y vuelve. Por eso jamás creí en ese argumento reflexivo de las “poéticas” que tanto gusta incluir en las antologías: un perfil del sí mismo, una definición estética de las hechuras literarias, me parece a mí imposible porque las hace fijarse, sujetarse a no sé qué palo como una mula a su torno.
Sí, en cambio, he creído siempre en el azar que rige nuestra vida, en ese albur no tan fatal como Roma quiso ver para inventarse el derecho, las leyes, rindiendo así pleitesía a la razón en contra del acaso; es para mí igualmente válido el azar del subconsciente, ese revelador concepto de criptomnesia que definió Carl Gustav Jung y que, del mismo modo que el azar práctico en la vida, actúa como azar puro en nuestro cerebro. Todo esto es lo que puedo decir, como mucho, en torno al trabajo creativo. Para mí es más cierta esta afirmación por cuanto todo lo que digo es siempre coyuntural, transitorio; sirve para hoy, para este libro; pero no tengo la certeza de si diré lo mismo o algo muy distinto en el futuro, del mismo modo que no sé si dije en el pasado algo aproximado o diferente a lo que digo hoy. Sí estoy seguro de una cosa: que todos los análisis que me he atrevido a volcar sobre mis propios textos han sido siempre posteriores a su escritura. En diversas ocasiones he presupuesto un esquema temático. Lo hice con He roto el mar y con Un infierno de salvac(c)ión… Sin embargo, también en estos casos los contenidos se impusieron previamente y decidí tirar del hilo a ver qué pasaba, y, en esos casos, pasó.
333 días ha seguido el mismo esquema ensayístico; es decir, que surgió como una tentativa más entre otras que se quedaron sin concluir, y así podría haberle sucedido, pero no ocurrió; antes al contrario, cada día era capaz de escribir cuando menos un texto y hubo días que escribí ¡hasta cinco! Todo un éxito para mí, pues podía incluso desechar unos cuantos, como así hice en cada uno de estos casos. En 2003 (año en que este libro fue escrito) habían pasado ya trece años sin escribir ni un solo poema, al menos un texto que pudiera cifrarse así. Todos los intentos fracasaron (no incluyo en este ciclo yermo mi libro Berna, escrito entre 1996 y 1997, porque ese texto representa una herida sangrando espontáneamente del corazón). Yo quería hacerle sitio a la plenitud y, aunque no estoy seguro de saber hilvanar este discurso de la totalidad, creo que estoy en condiciones de confesar que 333 días ha logrado reunir varias de las obsesiones que me inundan de dudas y desacomodo, y es esta reunión en un solo texto, escrito en tan poco tiempo, lo que representa para mí una desembocadura plena, llena, abarrotada de necesidad personal. Sobre todas ellas gira el paisaje como asunto central, pero hay amor, y desamor, y memoria, mucha memoria, paso por el tiempo; hay dudas, y dudas sobre el nombre y lo que se nombra, y para qué se nombra, y por qué, y hay muerte y multiplicidad de egos auténticos e impostores, y pesimismo, y miedo, y hasta olvido. Cuestiones todas cuya presencia he advertido a posteriori y que, desde luego, nunca me propuse conscientemente revelar. He seguido un trayecto formal imperativo en la medida en que un  ochenta por ciento de la redacción original no ha sufrido correcciones. Se presenta prístina, como idealmente propugnó el más radical romanticismo. Es necesario, por lo tanto, que las ojeadas sobre el libro se echen considerando estos aspectos; pero, claro, esto es una guía básica. Porque también se pueden arrojar miradas que vean desde la perspectiva del Otro y de los Otros, del y de los que están fueran de uno mismo. Escribió Rimbaud iluminadamente para explicarlo el sintagma Je est un autre (“yo es otro”); a mí se me ocurre que ese mismo sintagma, siendo actualísimo, podría expresarse más bien en plural y decir Je sont uns autres; “yo son otros”, y, en efecto, creo que lo soy, o que lo somos, y es ésta otra buena pista para leer. Suelo olvidarme de muchas cosas; la memoria resulta para mí una auténtica tortura, sobre todo cuando lanzo el señuelo del recuerdo y no pesco nada. Diré, siguiendo este mismo hilo, que en la década de los ochenta me embebí de Gracián, de Schopenhauer, de Stirner, de Bataille, de Blanchot… y recuerdo muy pocas cosas de ellos; sin embargo, he podido constatar su presencia en esos 333 días; su presencia no sólo formal, sino ontólogica también, su ser traspasado haciéndose un hueco en mi escritura, y lo digo ahora desde la posición del Hombre, desde la Razón que impone la antropología de la palabra como la más acabada forma de sí misma, de su valor moral en el mejor sentido del término, algo ya dicho por mi tocayo Kant, pero al que someto en buena parte a una lectura de Hegel. Baudelaire y Wilde me parecen a mí cimas teóricas, cuando teorizan. Lo Sublime y lo Absoluto (que son analogías estéticas) como objetivo de la creación son, a mi juicio, dignas causas que todo poeta, escritor, artista… debe perseguir. De ello quiero modestamente participar. Así lo veo, así lo entiendo, y así quiero también que me veáis; aunque hacedlo cuando me observéis investido con los atributos que he robado recientemente a Walter Benjamin: En una mano, el caduceo social; el martillo de la producción poética y su uso común en la otra, golpeando iniquidades intelectuales y mellando los cascabeles de sus asnos.

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~ por forega en marzo 30, 2011.

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