Una antigua reseña sobre Alfredo Saldaña: “La arquitectura de las ruinas”

 
 

 

Fotografía: Columna Villarroya

Cuando escribí este comentario impreso en el desaparecido periódico El Día de Zaragoza, el libro del que da cuenta era un proyecto todavía, unos folios. Fragmentos para una arquitectura de las ruinas, vio finalmente la luz en 1989, en la colección “La Gruta de las Palabras” de Prensas Universitarias de Zaragoza. Alfredo Saldaña era todavía entonces un magnífico diseño del excelente poeta que es hoy.

 

La arquitectura de las ruinas

Alfredo Saldaña (Toledo, 1962), zaragozano de adopción, me sorprendió muy gratamente por primera vez una tarde en que como espurio rapsoda declamó versos propios en un garito cuyo alter ego respondía homónimamente al nombre de una revista (Druida) de digna y brevísima vida. En este cadáver que es Zaragoza, putrefacto, maloliente, sin visos de resucitar y, lo que es peor, a quien nadie es ya capaz de embalsamar, resulta gratificante encontrar entre sus despojos una joya con toda seguridad echada en el olvido por la ignorancia e incompetencia de aquellos tasadores más afectos al relumbrón de la circonita que al penetrante esplendor de un diamante oscurecido por el polvo. No diré todos, pues A. Guinda lo incluyó en sus Placeres permitidos (Zaragoza, Olifante, 1987) con el criterio inteligente que distingue al único acreedor literario de esta ciudad en los últimos años. Hace unos días y por diversas circunstancias que no explicaré, cayó en mis manos un conjunto inédito de poemas (perteneciente, no obstante, al bloque Fragmentos para una arquitectura de las ruinas, según reza el pie). De inequívocos ecos culturalistas del cuño de José María Álvarez (anunciados en su (in)cipiente entrega de los Placeres…), recurre a la ya extendida costumbre de recrear un vago entorno histórico de sabor renacentista con referentes apócrifos o verídicos; los suaves deslizamientos eróticos dan cuerpo al deseo de amor, y al deseo, y al amor. Éste, cuando encuentra un marco expresivo estrictamente conceptual, se aproxima, azarosamente pienso, a las propuestas de Gala («se destruye lo que más se ama») y aun al trueque de Frömm («el odio es un deseo apasionado de destrucción»); con más fortuna todavía no se aleja del equilibrista postulado de Schopenhauer: amor como óptima complementación de los contrarios. El heroísmo, con alguna reminiscencia de Vallejo, acude al emblema del epónimo beligerante, aunque batido en su combate contra un incógnito, si bien intuido, enemigo: de nuevo el antecedente romántico co-ordena y coordina la agresión del orbe.Todo lector habrá advertido que algunos de estos rasgos han sido ya desgastados por los que con escasa fortuna se han venido a llamar «novísimos» et alia, pero sería injusto soslayar el desmarque de Saldaña, que con inteligencia y pericia ha huido del tufillo kavafiano, de la digna sodomía y del arrastre de Luis Cernuda. Además de esto, su originalidad se apoya en el báculo de una exquisita elegancia en el decir, una rara fluidez en la escritura, más extraña todavía cuando, como en su caso, se adivina una escrupulosa elaboración de los poemas, una cuidada búsqueda verbal que les otorga la suave delicadeza que dimanan, una sutil rima interna que les confiere esa musicalidad hoy poco frecuente. La fluidez, ciertamente, tiene un ritmo más prosístico (otros rasgos, además de éste, lo introducen en la corriente postmodernista) que versicular, pero deja tras la lectura el regusto de la cadencia del verso. Saldaña logra concertar la unidad formal con la unidad de contenido, alcanza bellísimos destellos porque en su frente brilla aquello que los krausistas llamaron «el rayo del genio»; puede, por lo tanto, recoger, y al recoger amalgamar, el lazo que identifica realidad y misterio y ofrecer como producto de su arcana gestación algo que sublima nuestras emociones y las recrea. Tenemos en Alfredo Saldaña a un poeta de altura. Ya lo veréis.

(1988) 

 

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~ por forega en enero 21, 2011.

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