Unas cuantas notas biográficas de Mariano José de Larra*

 

*Este artículo apareció por primera vez en el número 2 de la revista Imán (Zaragoza, noviembre 2009, págs. 11-16) de la Asociación Aragonesa de Escritores, como contribución a la memoria del bicentenario de su nacimiento.

 

Larra pintado por Madrazo

 

Poeta mediocre, dramaturgo de andar por casa, novelista imitador y sin traza, Mariano José de Larra y Sánchez de Castro remitió a Fígaro, sin embargo, su rúbrica periodística más célebre y mejor pagada (la mejor pagada, desde luego; como ni siquiera hoy podríamos imaginar que lo fuera: 50.000 reales[1] de 1836 por cincuenta artículos anuales en condiciones de exclusividad para El Español) y, a través de ella, izó a categoría literaria un periodismo ácido, regenerador, moderno, consciente de su valor y adepto a la verdad; valiente, temerario a veces y hondamente preocupado por la regeneración política, social y cultural de España. Larra, en sus ocho años como articulista de costumbres, crítico literario y cronista suigeneris de la sociedad y la política españolas de su tiempo, definió muchos de los principios que impulsarían el género ensayístico.

Ese beligerante Larra nace en el Madrid de 1809, es decir, en plena Guerra de Independencia, y muere allí mismo en 1837. El período que comprende su vida brevísima coincide, por tanto, con el proceso de ascensión al poder de la burguesía liberal en España, iniciada con la convocatoria de Cortes en 1809, instituida políticamente en la Constitución burguesa de 1812, ensayada durante el trienio liberal (1820-1823) y culminada durante la regencia de María Cristina desde septiembre de 1833 (muerte del Indeseable Ominoso, a quien siempre me gustó llamar «el borboncejo») hasta la finalización de la guerra carlista.

Larra nació desapareciendo —o casi—, al menos administrativamente, pues la sanción canónica de su fe bautismal no se encontraba; se dio definitivamente por perdida. Larra no existía sino como hijo del demonio, y así habría seguido siendo, una «pantasma» (una larva, vamos), un espectro, de no mediar el azar de un anónimo manguitero que dio con ella en la «M» de Mariano y no en la «L» de Larra, cosas de los curas de la parroquia de Santa María la Real de la Almudena, donde fue bautizado. Había nacido en la calle Segovia, cercana a la Almudena, que, allá por la década de los ochenta del siglo pasado era un inmenso solar y es hoy, cómo no, un cubo de viviendas. En esta calle estaba situada la antigua Casa de la Moneda, uno de cuyos empleados era el abuelo de Mariano José ¡Cómo iba a quedar ni un vestigio de su casa natal «¡en este país!»

Larra era hijo de un médico afrancesado (Mariano de Larra Langelot, de antiguo origen navarro y quizá por ello guardador de la honra franca arrebatada por Fernando II de Aragón en 1512: de largo le venía al doctor Larra la casta de sus galgos) que cruzó la frontera junto a un deshuesado ejército napoleónico tras la derrota en la batalla de Vitoria (escoltando la fuga del coloradete «Pepe Botella»), y siguió, por lo tanto, su educación en Francia —en Burdeos y luego en París— desde los cuatro hasta los nueve años. En 1818 vuelve a España, a Madrid, junto a sus padres, circunstancia sometida de nuevo al influjo del azar, pues cierto fue que el infante Francisco de Paula —hermano del befis Fernando VII y de gran parecido con el favorito Godoy[2], con lo cual la comidilla en la corte de Carlos IV estaba servida—, en uno de esos viajecitos de placer a costa de la miseria de su pueblo, dio con sus huesos, qué casualidad, en París, y más casual fue que allí le entraran unos dolores de no se sabe qué origen. Lo atendió el doctor Larra y los dolores se esfumaron. Más contento que unas pascuas, el infante Francisco, por egoísta seguridad, pidió al doctor que se agregara a su séquito, lo que hizo acompañándolo, además, a lo largo de su viaje por distintos países europeos. Concluido el tránsito del placer mundano y cortesano, se atrevió el doctor Larra a solicitar al infante su protección para volver a España. No podía negarse el infante, que acaso se encontró en un brete, pero se le quitó un peso de encima porque casi de inmediato quiso de nuevo la fortuna que se decretase una amnistía para los «afrancesados».

Así que nos encontramos con un Larra bilingüe en Madrid, en 1818, y con nueve años, repatriado y reinternado, ahora, en los Escolapios de San Antonio Abad. A la precoz inteligencia del chico siguió su inmediata curiosidad, toda vez que, con trece, se atrevió a traducir del francés una versión española de la Ilíada homérica estando con los jesuitas, en su Colegio Imperial, nada menos, y compuso, con su solo magín, una Gramática de la lengua española a la que le añadió una sinopsis. Luego —dicen algunos enfáticos— pudo ver, a punto de concluir su pubertad, el ahorcamiento, el 7 de noviembre de 1823, del general Rafael Riego en la Plaza de la Cebada. Digo «dicen» porque lo que de verdad consta es que, entre 1822 y 1824, el doctor Larra estuvo destinado en Corella (Navarra) y Cáceres. Sea como fuere, tenía Larra entonces catorce años bien cumplidos y acaso —sólo acaso— vería llegar a los Cien Mil Hijos de San Luis enviados por la puñetera Santa Alianza siete meses antes. Porque el 7 de abril de ese mismo año, con los luisitos a horcajadas en sus caballos, comienza la desastrosa y «ominosa» década final del reinado de Fernando VII, hasta su muerte el 29 de septiembre de 1833, uno de los períodos más tristes y represivos de la historia borbónica española. Larra la vivió hasta cumplir los veinticuatro años, y también vivió unas cuantas cosas más en este período. En 1824, siendo su padre médico en Aranda de Duero, lo envía a Valladolid a estudiar Derecho, aunque, durante los tres años anteriores, bien se había ocupado su progenitor de que estudiara griego, italiano e inglés con el rendimiento que era proverbial en el chico. Los agitados dieciséis años de Larra, con el espíritu erecto hacia su destino, los pasó entre decretos reales y pragmáticas, algo que, desde luego, no le gustaba en demasía. Allí, en Valladolid, debió de enamorarse de alguien o de algo (no se sabe bien), pero sí que este suceso trastocó su ánimo como él quizá nunca hubiera querido. Cayetano Cortés, uno de sus biógrafos, habla de un «acontecimiento misterioso» y Carmen de Burgos (la «Colombine» amiga de Gómez de la Serna), sin duda para dar un poquico de morbo al asunto, desbroza aquel acontecimiento untándolo de mantequilla con sal y atribuyéndolo a que Larra se enamoró de una mujer mayor que él, resultando ser, a la postre, la amante de su padre. Esta «Colombine» dio más arena que cal en su pretendida biografía larresca; por eso no hay que creerla demasiado. En todo caso, Larra aprobó todas las asignaturas a las que se presentó en octubre de 1825 y volvió a Madrid con la intención de continuarlos (cosa que no se sabe si realmente hizo). Lo que sí se sabe es que en 1827 Larra se unió (¡quién lo diría luego!) al cuerpo de Voluntarios Realistas, integrado por los miembros más intransigentes del absolutismo, con más de 200.000 individuos encargados de reprimir cualquier brote liberal: ¿qué le pasaría a Mariano José en Valladolid para llegar hasta esto? Con dieciocho años le faltaba ya muy poco para dar un giro brusco a sus afinidades. Nada, un mal paso que dio el muchacho: en todos los siglos cuecen habas.

Tenía, efectivamente, dieciocho años cuando decide independizarse, y se instala en condiciones más que precarias en la frontera entre el Madrid Barroco y el Romántico, en una calle (la de Los Baños) aledaña a la Plaza de Santa Ana y cuyo nombre actual –Manuel Fernández y González- recuerda a aquel gran folletinista tardorromántico, excelente escritor, por otra parte, que malgastó su talento en historietas más económicamente sustanciosas (quién no recuerda su gran Gabriela). Pero a lo que íbamos, como le gustaba decir a Ortega y también a Gasset: ahí, en esa calle, se aloja Mariano José y comienza su andadura por los alrededores (muy cerca se encontraba el «Café del Príncipe», en la calle del mismo nombre) para conocer a algunos de sus coetáneos ilustres. Ventura de la Vega fue amigo incondicional de Larra, como lo fue Espronceda, y José Negrete (conde de Campo Alange) hasta su muerte en la batalla de Bilbao contra los carlistas; pero su amistad con Bretón de los Herreros fue mucho más neutra, regida por la cortesía, podría decirse, antes que por una cordialidad espontánea. Bretón, cuando un Larra ya célebre se marcha de viaje encomendado por su padre a cobrar unas deudas familiares en Bélgica, se atrevió a parodiarlo sin tapujos en la comedia Me voy de Madrid. Este hecho molestó mucho a Mariano José (a quien, por otro lado, le hacía falta poco para molestarse) y su grupo de amigos[3] tuvo que preparar un encuentro en torno a una mesa con gustosas viandas[4] para su reconciliación. La cosa de la amistad Larra-Bretón quedó, en todo caso, bastante tocada. Con el longevo Mesonero Romanos y con Estébanez Calderón no había manera. Éstos, con sus pinturillas –literaturillas- costumbristas tenían bastante, una especie de autocomplacencia castiza e intimista (localista, quiero decir) incapaz de comprender la profunda agitación del periodismo larresco y los verdaderos problemas que acuciaban a un país convulso en todos los órdenes. Mesonero y Estébanez solían tomar a broma lo que Larra decía y escribía, y para qué quieres más: Larra se ponía como un basilisco. Se le oía increpar, rumiar por lo bajini y lamentarse —con razón— de la condescendencia anímica y crítica de aquellos dos monstruos de los hábitos caldereros. Este mal humor lo atribuía un tal Francisco Caravaca a una hipótesis etiológica; decía Caravaca que el color bilioso de la tez de Larra y ese enojo a flor de piel no podían ser debidos más que a una crisis hepática. Larra, pues, debía de estar, según Caravaca, enfermo del hígado. Nunca, sin embargo, pudo contrastarse este extremo; sigue siendo una conjetura, salvo autopsia. Yo más bien creo que aquellos dos lo ponían del hígado; eso, sí. Larra mantuvo otras amistades más interesadas (por ese axioma que aconseja tener amigos hasta en el infierno); una de ellas era un tipo que ostentaba el cargo de Comisario general de Cruzada (?), a quien Larra dedicó una oda a los terremotos de Murcia (una horrendez donde las haya); la cosa es que este Manuel Varela (así se llamaba el Comisario) lo apreciaba muchísimo y, como amigo particular suyo, lo invitó a la célebre y suntuosa comida que ofreció al ilustre compositor Rossini durante su estancia en Madrid por los años 1831 y 1832.

Decíamos que se instaló en aquella calle, y lo hizo en 1827, pero con mal pie, pues, cuando estrenó su apartement en la calle Manuel Fernández y González, Mariano José tropezó en uno de los escalones y se hizo un esguince del quince que lo tuvo cojo —como a Keats en Roma— durante algún tiempo; sus salidas eran poco frecuentes, circunstancia que no debió de venirle nada mal para madurar su lanzamiento como escritor entre el público de Madrid. Sin cumplir aún los diecinueve años, en febrero de 1828, se tiró a la calle, a todas las calles, con su autoedición de la revista El Duende Satírico del Día, ejemplo de autogestión mucho antes de saberse que una, entre tantas, de las cosas para las que servía el acratismo era precisamente ésta. El Duende[5] fue apareciendo hasta diciembre de ese mismo año y, entre otras bisuterías, escondía un dije ebúrneo, pues uno de los artículos aparecidos en esta revista fue «El café», con toda su brillantez a cuestas. Más adelante se retractaría de lo escrito en esta publicación a lo Juan Palomo y deslindó esos artículos de la selección que en 1835 firmó con la ya asentada rúbrica de Fígaro. Faltaba poco para que Larra cometiera uno de los errores que él mismo reconocería; tan serio fue que no pudo soslayar la ocasión de referirse a él en el artículo «Casarse pronto y mal». Así lo hizo Mariano José con Josefa Wetoret Velasco («Colombine» dio algunas pinceladas caracterológicas de esta Pepita, aunque no hay que fiarse) el 13 de agosto de 1829 y progenió con ella tres hijos (Luis Mariano[6], Adela y Baldomera). La cosa fue rápida, pues en 1832 Larra ya estaba poniendo los ojos en otras: en otra mujer y en otra revista. La mujer era una encendida pero voluble Dolores Armijo de Cambronero, es decir, esposa de otro tal José Cambronero (hijo, a su vez, del célebre abogado Manuel María de Cambronero, una especie de Garrigues Walker de aquella época), alto funcionario del gobierno del «borboncejo»; y la revista, cuya primera entrega aconteció en agosto (entonces nadie salía de vacaciones), El Pobrecito Hablador, a cuyo pie Larra solía añadir «desde las Batuecas» —esa región salmantina que nada tenía que envidiar a Las Hurdes extremeñas— y altereguizarse como «Andrés Niporesas». Decía la «Colombine» que Pepita Wetoret «era fría, infantil, inconsciente, huía de la sociedad y se entretenía con cualquier futesa. Sus mismos hijos estaban impresionados por su perpetuo infantilismo», una mujer, a lo que parece, bastante melindrosa. ¿Y qué podemos decir nosotros de El Pobrecito Hablador?; pues algo más que sobre su Pepita; por ejemplo, que en sus ocho meses de existencia (todo en la vida de Larra fue corto o pequeño) el bachiller don Juan Pérez de Munguía (así se sobrenombraba como firmante en El Pobrecito) le atizó unos estacazos al teatro que lo enderezó como es debido, al menos durante el tiempo que sostuvo el garrote; actores, comedias, traducciones[7]; dicción, estética, sintaxis… fueron bateados por un Larra profundamente preocupado por la hermosura de la lengua española, por la correcta observación de todos aquellos factores que la hacían ser lo que era y, sobre todo, lo que fue en el ámbito de la literatura universal. El teatro, al reunir los datos de la expresión y de la comunicación, se prestaba como ningún otro género a ese tipo de crítica con la que el periodista no dejó títere con cabeza en la escena madrileña de entonces. Y no sólo esto; sobre El Pobrecito Hablador podemos añadir que un muchacho de apenas veinticuatro años escribió con semejante pseudónimo una de las joyas de la literatura española de siempre: «El castellano viejo» y aún dispuso de margen para fundar una de las antonomasias españolas de todos los tiempos sobre la galvana funcionarial y la desidia nacional: «Vuelva usted mañana». Pero Larra lo fustigó casi todo en las páginas de esta «pobrecita» publicación debatiendo siempre contra una censura mema y poniendo mucho cuidado en no aludir en ningún caso al gobierno ni a sus extremidades, que eran como las de un pulpo. Sin embargo, harto de darse de cabeza contra la infinitud de muros censores que encontraba a su paso, decidió silenciar El Pobrecito y a su bachiller; lo anunció en la entrega número 14 y era el mes de marzo de 1833.

Pero como su acidez verbal, una lengua cuidadísima y sus aciertos en la sesera de unos cuantos inteligentes que no se las daban de nada comenzaron a golpear en sus conciencias, fue —incluso antes de suspender la salida de El Pobrecito— invitado a colaborar en las páginas de La Revista Española, una publicación de gran empaque mediático fundada y dirigida por José María Carnerero, el mismo que le convenció —ante los tribunales[8]— para que dejara de publicar El Duende… Fue en La Revista Española (luego Revista Mensajero) donde estrenó la firma de su alter ego fundacional para la historia de las letras: Fígaro[9]. Con él siguió azotando cristos literarios y dramaturgia anómala. Fígaro ocupó el puesto que dejaba libre Mesonero Romanos al ser nombrado adelantado de La Revista Española en el extranjero. Hasta la muerte del Indeseable, no pudo Larra, empero, desplegar el estilo que había apuntado en sus publicaciones autogestionadas.

En 1834 abandona a su mujer Pepita y su movida con Dolores Armijo se convierte en escándalo al descubrir el marido de Dolores la amantía de su mujer con Mariano José. Borrasca que lo arrojó a la deriva. En aquel viaje de 1835 que Bretón parodiara en su comedia, Larra se detuvo en Badajoz camino de Lisboa, donde debía tomar el barco hasta Londres. En esta paradilla (que aprovecha además para hacer una visita a Dolores) da el primer aviso serio de su autodestrucción, pues en una carta remitida desde allí a su amiguísimo Ventura de la Vega, le dice, entre otras cosas, ésta: «Si toda la vida ha de ser como la que llevo vivida, te juro que j’en ai assez». Persistiría en alimentar una no liviana nostalgia cuando, en Londres, escribe a sus padres que la ciudad le entristece y le empequeñece y echa de menos a sus amigos de Madrid. En Londres no sólo se siente solo, sino que no se gusta a sí mismo: «…en una palabra, estoy en Londres cara a cara conmigo mismo, y este es el mayor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa.» Quizá en su siguiente posta, París, le diera otro aire menos dubitativo y de más amenos conflictos, como el que cortésmente sostuvo con Victor Hugo acerca de la afirmación del academicista Boileau: «¿Qué ha hecho España por Europa?» —se preguntaba Boileau en el siglo XVIII— y a sí mismo se respondía: «Nada». Hugo y Larra llegaron al acuerdo de que la afirmación de Boileau era una solemne estupidez chauvinista. No fue difícil su cordial abrazo crítico sabida la hispanofilia de Victor Hugo y el amor irreductible que mostraba por la literatura española. Presentes estuvieron en esta charla el duque de Frías, amigo de Larra y, a la sazón, embajador de España en París, y Alexandre Dumas padre.

Larra no era alto, mediría un metro sesenta más o menos (otros le añaden diez centímetros, pero yo no me lo creo[10]), aunque su delgadez lo hacía ciertamente esbelto y a mantener un porte distinguido a la vez que distintivo le ayudaba su toque chic francés, ataviado con las levitas y fracs que el sastre José Utrilla le traía cada temporada de París. Se perfumaba con Vetiver, aroma que debía de volver loca a Dolores, y no menos enloquecedoras debían de ser las camisas blanquísimas de batista con puños y cuello redondeados y bordados con exquisitez hasta la extenuación. Se dice con razón que Larra era un dandy (y no porque lo dijera y escribiera el impresentable Umbral, quien jamás fue capaz de penetrar en el espíritu de Larra y al final debió confesar que no lo había leído) y así le gustaba mostrarlo externamente; pero en absoluto respondía al perfil del dandy británico, ocupado exclusivamente en mostrar su porte como una machucha recortada contra la sombra del aire, sin otra preocupación que deslumbrar(se) o asombrar(se). Larra disponía de una lengua como una lija; nada de trapo, y, si sus maneras enguantaban una caricia entre sus manos, cuando abría la boca temblaba el misterio.

Volvió de París a toda prisa porque había cambiado el gobierno. Istúriz sustituye a Mendizábal y a su desamortización (buen palo a los curas vagos y a la Iglesia galvanizada). Larra ve la oportunidad de meterse en la camisa de once varas política sin atemorizarse por su capacidad de movimiento. Conocía bien el percal, así que se presentó a diputado por Ávila (allí que estaba otra vez la Dolores, quien le negó el pan y la sal) y obtuvo su acta; su acta de diputado «moderado». Apenas le duró nueve días, pues la «La sargentada» de la Granja descabalgó a Istúriz del Gobierno, restauró la Constitución de 1812 y María Cristina anuló las elecciones. Un dato más que añadir a su progresivo repertorio de decepciones. Luego se le añadirían sus célebres «El día de difuntos de 1836» y «La Nochebuena de 1836» (ambos aparecidos ya en El Español bajo el imperativo de aquel contrato ganso), en cuyos artículos el ánimo de Larra daba más de un traspié. Aquellos antonomásicos «Escribir en Madrid es llorar» y «¡En este país!» fueron los primeros eslabones en una cadena de lamentaciones que ciñó su conciencia hasta la muerte. Morir de España no es lo mismo que morir por España. Lejos estaba Larra de este gesto último de sacrificio, pero muy cerca de aquel otro de denuncia final, brutal, doloroso y corajudo.

Larra sobrevivió también a la epidemia de cólera morbo que azotó Madrid en 1834, aparecida como una niebla mortal que viniera a hurgar en el fatum social de una España económicamente diezmada y políticamente rota. España no era una sociedad siquiera, sino un campo de batalla donde chocaban los elementos opuestos que deberían constituir una sociedad. Larra la describió muy bien en su reseña del estreno en Madrid del drama Anthony de Alexandre Dumas padre. Fígaro mostraba un particular rechazo hacia parte de esa sociedad por él mismo definida como «una multitud indiferente a todo, embrutecida y muerta». Esta mayoría social española era la que acudía a los toros, espectáculo del que Larra abominaba especialmente[11], pese a su admiración por Terencio, quien, frente a los horrendos espectáculos del circo en la Roma imperial, podía, sin embargo, estoicamente declarar: Homo sum, nihil humani a me alienum puto. A Larra, en todo caso, sí le eran ajenas, por muy humanas que fueran, esas masacres de animales cornúpetas. No las soportaba. Cabría decir en seguida que quizá su animadversión —y no era la única— fuera consecuencia de su tirón por ciertas apetencias dieciochescas y, aunque no fuera su ultradefensor, mantenía sin duda un anclaje en la estética del siglo de las luces. Lo que ocurre es que un recorrido superficial por la vida de Mariano José de Larra (aliñada con algunas ocurrencias extemporáneas de las que no se tienen datos contrastables) de inmediato nos muestra a un personaje nacido en el siglo XIX español, donde el Romanticismo penetró algo tarde; unos cuantos acontecimientos vitales enredados en enaguas y en amoríos entre bambalinas; un contexto (el de la primera mitad del XIX) histórico y literario propicio a la emblemática romántica y, sobre todo, su final: un suicidio prematuro apresuradamente asociado al abandono de su amante, como lo atestiguara el «joven» Werther (asimilación imposible por muchas razones, y la primera sería el propio descreimiento vital —que no literario—de su creador Goethe), le vino como dedillo al ano a la crítica más jovial y entusiasta, encontrando en Larra, sin otra reflexión, la iconografía idónea de la personalidad romántica en España. El personaje devoró a la persona; la literatura suplantó a la vida. Nada esencialmente malo hay que ver en ello, pero creo que a nadie le resultará ocioso colocar algunas cosas en su sitio. Por ejemplo —lo cito más arriba— su candidatura a Cortes apoyaba al Partido Moderado y fue precisamente la asonada de los Radicales la que lo dejó sin escaño. Este suceso no deja de ser una anécdota que muestra, en cambio, algunas de las debilidades entroncadas en su praxis política. La sincera asunción de un avance «revolucionario» apoyado en sus proclamas periodísticas no descansa en su candidatura moderada. No sabemos qué habría pasado con un Larra orador; qué conflictos de competencias ideológicas habría desencadenado al tratar de armonizar teoría y práctica política. Por eso observamos (extremo compartido con su amigo Espronceda) un punto de idealismo verbal. Censuró a Martínez de la Rosa por su indefinida defensa del justo medio; sin embargo, jamás dejó de apelar a ese recurso tan aristotélico, tan neoclásico, como la más recomendable terapia para el avance de la sociedad española. Maneras ochocentistas cautas junto a un talante todavía no madurado por la falta de perspectiva —aunque de intensa y luminosa experiencia— velada por su edad. Si en el primer artículo sobre el drama de Dumas (Anthony) pudo decir «Destruyamos todo y veamos lo que sale; ya sabemos lo pasado; hasta el presente es pasado ya para nosotros: lancémonos en el porvenir a ojos cerrados; si todo es viejo aquí, abajo todo, y reorganicémoslo», sus palabras, contra lo que pudiera pensarse, están poniendo en tela de juicio el contenido «revolucionario» del romanticismo francés, pues eso es, ni más ni menos, lo que Anthony representa. Yo creo, no obstante, en ese Larra ecléctico porque nos lo muestra más sincero, el Larra de la mala leche, el Larra contra todo, el Larra cuyos palos atinaban casi siempre en los tarros de la cucaña de los que, en vez de golosinas, solían salir avispas.

Carlos Seco atribuye al viejo conflicto entre realidad y deseo el final de un Larra atropellado por las decepciones y frustrado por la ineficacia de su sinceridad. Muchos estamos de acuerdo con este juicio, y en absoluto lo estamos con la pamplina del derrumbe sentimental que supuso la marcha definitiva de Dolores Armijo. Lo verdaderamente anecdótico en la profunda labor literaria de Larra fue este último acontecimiento, una gota en el vaso de agua sucia que se llenó de España haciéndolo temblar, derramándola, el portazo de la Lola.

Se mata un lunes a la caída de la tarde, como dicen las estadísticas que lo hacen el treinta y cinco por ciento de los suicidas. Era carnaval (13 de febrero de 1837), asunto que Fígaro tomó para construir un artículo («El mundo todo es máscaras, todo el año es carnaval») y dotar, con no injustificada hipérbole, de un atavío consecuente a los hábitos sociales de España. Lo hizo a lo Diablo Cojuelo, en El Pobrecito Hablador, de la mano de Vélez de Guevara.

Dolores Armijo, acompañada de una cuñada, se llega hasta su casa en el tercer piso del número 3 de la calle Santa Clara (sede ahora de las oficinas de una compañía cementera, así damos la razón a Fígaro sobre las deficiencias de nuestra memoria histórica). Dolores le devuelve las cartas para que su relación estatutaria no naufrague; le comunica que se va a Filipinas a reunirse con su marido José, pero el barco que la lleva a las Islas se hunde en Sudáfrica, en el Cabo de Buena Esperanza, abarrotado de tiburones blancos. Larra se pega un tiro en la sien derecha frente al espejo; sobre el mueble del recibidor descansa, abierto, su drama Macías; en sus páginas cae una gota de sangre que alguien —quizá su criado— intenta limpiar extendiéndola más todavía[12]. Es Adela, hija mayor de las dos que Larra progenió, la que primero llega hasta el cadáver. Adela tiene entonces cinco años. Dicen que Dolores Armijo aún pudo escuchar el disparo y, lejos de detenerse, aceleró el paso. «Dicen», pero no lo sabemos. Transitaba casualmente por allí el banderillero «Mirandita» (subalterno del célebre matador Manuel Romero Carreto), que fue el primer conocedor público de la muerte de Fígaro (¡nunca Larra la hubiera imaginado!) y quien llevó la noticia hasta el Café del Príncipe: «¡Larra se ha ‘tirao’ un tiro!», gritó casi antes de abrir la puerta.

Fue enterrado el día 15 (en sagrado, porque entonces había que tener también padrino para enterrarse si eras suicida) en el cementerio de Fuencarral (allí se levanta ahora el estadio deportivo de Vallehermoso). El entierro fue multitudinario, como correspondía a una celebridad. Cuando era introducido en el nicho, un jovencísimo José Zorrilla (tenía veinte años), se arranca con el célebre «Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana:…[13]», etc. Aunque ni muerto lo dejaron descansar del todo. Clausurado el cementerio del Norte, en 1842 se trasladó su cadáver al de San Nicolás, en Atocha (en la calle Méndez Álvaro, para ser más exactos); de nuevo acudió a la exhumación y a la inhumación una multitud curiosa y respetuosa. Y otra vez más, en 1902, y acompañado por un Madrid más populoso y amplificado por la retórica de los regeneracionistas, sus restos se trasladaron al cementerio de San Justo, al Panteón de Hombres Ilustres mandado erigir por la Asociación de Escritores y Artistas (Mariano José de Larra es el socio número 1 del Ateneo madrileño). Allí reposa todavía, hasta que a algún promotor le dé por removerlo otra vez.

En 1908, una representación del «Regeneracionismo» español (Baroja, «Azorín» y Unamuno entre ellos), en un gesto de nítido mensaje reivindicativo, deposita una corona de flores sobre su tumba. El 24 de marzo de 1909, con ocasión del centenario de su nacimiento, Ramón Gómez de la Serna organiza una cena de homenaje a Larra. Entre los invitados, Carmen de Burgos (la célebre biógrafa larresca «Colombine», que daba una de cal y dos de arena), y el propio Larra, a quien se le guarda silla, mantel y cubierto. Con Larra conversa Ramón, e invita a hacerlo a los demás. Fue en el «Café de Fornos», que estaba situado en la calle Alcalá esquina con la de Peligros.

Es Ramón Gómez de la Serna, el amantísimo Ramón, quien, precisamente, descansa hoy junto a Larra (bueno, encima de Larra, si he de ser preciso) y, debajo de Larra, lo hace el pintor Rosales, otro muerto prematuro.

En 2009 se conmemoraba el segundo centenario de su nacimiento. ¡Y qué poco, otra vez, se dijo! En la edición del 21 de marzo de 2009 de La Vanguardia Gregorio Morán, sin embargo, rompía unas cuantas lanzas; Carles Barba también lo hacía en el número 142 de Qué leer (abril 2009) y yo mismo lo hice (permitidme decirlo) en el Heraldo de Aragón, en el encarte «Artes y Letras» del 5 de marzo de 2009.


[1] Para hacernos una idea, trasladados a nuestros valores actuales, significaría que Fígaro cobró unos 8.000 € por artículo: 400.000 € anuales.

[2] «Se parecía a Godoy abominablemente», ha dicho Eslava Galán. Este Francisco de Paula era guapillo y gran progenitor (tuvo doce hijos), aficionado a las artes y su protector, incluso él mismo pintaba —y no mal—, aunque se le atribuye el involuntario comienzo de la guerra de independencia. Estaba Madrid ocupada por los franceses; era el año 1808, día 2 de mayo; Fernando VII y su corte caminaban hacia el edénico exilio de Bayona. Al alba de ese día 2, abandonaba el infante Francisco de Paula el palacio ocupando un coche de camino. El cerrajero Blas Molina (originario del Molina de Aragón) trabucó el significado de esa «huida» y no se le ocurrió otra cosa que entrar en palacio, asomarse a uno de sus balcones y, ante la multitud congregada para ver el acontecimiento, gritar: «¡Traición! ¡Nos han quitado a nuestro rey y quieren llevarse a todos los miembros de la familia real! ¡Muerte a los franceses!» Ahí empezó todo.

[3] Los que componían la tertulia recién bautizada como «El Parnasillo»: Ventura de la Vega, Juan de la Pezuela, Miguel Ortiz o Juan Bautista Alonso.

[4] Figuraba en el menú trucha del Gallo (la preferida de los Austrias, en especial de Felipe IV), capón deshuesado en salsa de manzana, pichón al horno y, para regarlo todo, unos manzanillas frescos gaditanos (quizá embotellados por Mendizábal).

[5] Fue una serie de cinco cuadernos siguiendo el ejemplo de las revistas de contenido ensayístico fundadas en Inglaterra a principios del siglo XVIII. The Spectator, de Addison & Steeles, inauguró el modelo y en España fueron El Pensador y El Censor las más representativas.

[6] Luis Mariano de Larra fue un afamado libretista de zarzuelas, entre ellas la célebre El barberillo de Lavapiés. Adela fue amante de Amadeo de Saboya y Baldomera se casó con el médico del rey, Carlos de Montemar, quien, al renunciar Amadeo al trono, emigró a América y dejó a su esposa con hijos pequeños en Madrid; Baldomera se dedicó a la banca y fue una de las creadoras de la llamada estafa piramidal, por la que fue condenada a prisión; terminó sus días en Argentina, a principios del siglo XX, si bien es cierto que Larra no reconoció a Baldomera como hija suya; decía que era de «otro». Pepita estaba embarazada de Baldomera cuando Larra la abandonó.

[7] «La traducción fue (…) una necesidad: careciendo de suficiente número de composiciones originales, hubo de abrirse la puerta al mercado extranjero, y multitud de truchimanes con el Taboada* en la mano y con la otra en el corazón se lanzaron a la escena española.»

* El Taboada era un diccionario francés-español que gozó por entonces de gran predicamento docente.

[8] En diciembre de 1828, Larra mantiene una fuerte discusión con José María Carnerero, por entonces director del Correo Literario y Mercantil, al que «El duende» había puesto de vuelta y media en «Un periódico del día, o el ‘Correo Literario y Mercantil’», artículo fechado el 27 de septiembre de ese mismo año. Carnerero, ofendido, acude a los tribunales, consiguiendo suspender el folleto satírico.

[9] «Díjome un amigo que debía llamarme Fígaro, nombre a la par sonoro y significativo de mis hazañas, porque aunque sin ser barbero ni de Sevilla, era charlatán, enredador y curioso.», se explica Larra en «Mi nombre y mis propósitos».

[10] En la etapa del «estado de la cuestión» de mi Tesis (La polifonía en los artículo de Larra), una de las tareas que me impuse fue la de visitar a la todavía viva (tenía por entonces, en 1986, unos noventa años) tataranieta de Mariano José de Larra (Cristina —murió sin descendencia—), quien conservaba, además de la caja con el desaparecido letrero «Papeles de Fígaro» (su sobrina nieta Paloma Barrios la donó a la Biblioteca Cervantes), algunas de las prendas que Mariano José llevaba el día que se mató: una levita de paño añil con cuello negro y una camisa de hilo todavía con salpicaduras de sangre, un rascador de marfil, un mechón de cabello del propio Larra y la banda funeral que descansaba sobre el féretro el día del traslado de sus restos desde el cementerio de Atocha al de San Justo en 1902. Puedo asegurar, a poco que la memoria no me falle, que en aquellas levita y camisa no cabía un hombre de 170 centímetros.

[11] «…van a ver a un animal tan bueno como hostigado, que lidia con dos docenas de fieras disfrazadas de hombres, unas a pie y otras a caballo, que van a disputar el honor de ver volar sus tripas por el viento a la faz de un pueblo que tan bien sabe apreciar este heroísmo mercenario (…) Acuden orgullosos de manifestar que no tiene entrañas, y que su recreo es pasear sus ojos en sangre, y ríen y aplauden al ver los destrozos de la corrida.»

[12] Ese libro perteneció —y no sé si todavía es su propietario— al marqués de Entrambasaguas. Tampoco sé si ha pasado a ser propiedad del patrimonio nacional, como debería ser, y como lo es la pistola con la que se mató junto a la gemela que, naturalmente, no utilizó: se encuentran en el Museo Romántico de Madrid.

[13] La maestría formal de Zorrila queda patente en este poema compuesto por un quinteto endecasílabo; tres octavas agudas, una redondilla, dos quintillas y una sextilla).

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~ por forega en octubre 29, 2010.

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