“La moral como ciencia de las costumbres” (E. Durkheim) y “la mentalidad primitiva” (L. Lévy-Bruhl); pero…

 

Para Durkheim:

La estructura religiosa como fundamento de la conciencia del espíritu del ser humano ha estado siempre ligada a la transición de una vida mensurable en el tiempo convencional, pero, sobre todo, al rito mágico por medio del cual era posible traspasar esa frontera y seguir “viviendo” más allá de la contingencia azarosa de la vida puramente material o física. Esta argumentación, en efecto, suelda buena parte de las preocupaciones del hombre como ser en el tiempo y sus preguntas sobre su papel en un contexto dado y sobre su destino, su finalidad (el tópico ubi sunt), difícilmente aceptable más acá de su crisis vital en cuanto toma conciencia de ser un “ser para la muerte”. Pero si el tiempo convencional delimitado por el ritmo cósmico y fijado por diversas medidas (celebraciones estacionales, calendas, gregoriano, solsticios y equinoccios) como nomenclatura numérica e icónica,  pragmática y eficaz, servía para, cuando menos, explicar el fenómeno de la extinción individual y ver en el reflejo de la naturaleza el mismo ciclo de caducidad y renovación (de muerte y resurrección) en una analogía exacta con el tiempo y el espacio del universo; si este esquema, sin dejar de ser convencional, servía para explicarse, de un modo, la precultura humana (edades de oro, plata, bronce y hierro, por ejemplo) y la postcultura (ciclos lunares asociados a los ritos y liturgias religiosos); si este esquema servía, además, para aspirar a un estado de aeternitas, no es menos cierto que tanto la prehistoria como la historia han dispuesto un nuevo marco referencial en el que ya no basta el paso del tiempo exterior al hombre como ser individual y colectivo, sino que la propia evolución de las sociedades ha ido estableciendo jalones sustentados en acontecimientos que la razón ha ido ordenando y por medio de los cuales nos planteamos también un tiempo histórico, un tiempo psíquico y un tiempo sensitivo. La disgregación de este tiempo en nuevas perspectivas y valores, otorgando a una dimensión naturalmente cósmica una percepción más ensayística, filosófica, desde luego, ayuntada a la experiencia individual, le ha hecho decir a Octavio Paz, por ejemplo que “no es el tiempo, sino nosotros los que pasamos; el tiempo posee una dirección, un sentido, porque es nosotros mismos”, aseveración que nos plantea el tiempo como una dimensión dada y proyectada ad infinitum. Henri Bergson, por su parte, ha debido, desde esta prioritaria percepción personal y filosófica, establecer criterios de interpretación sobre el tiempo como una dimensión de instantes continuos sólo perceptibles desde el punto de vista de la experiencia más íntima; y, por fin, aun siendo un asunto ya viejo, no deja de sobrevolar la conciencia del ser humano el concepto del carpe diem (la brevedad de la vida) como ilustración irreprochable de la percepción psíquica del tiempo como un factor inaprehensible que da cuenta de la certeza inexorable de nuestra decadencia y desaparición como seres sensibles. Al fin y al cabo, no nos importa morir, sino dejar de sentir, incluso aunque ese sensualismo (en su acepción puramente etimológica) nos coloque en la “horrible” decrepitud.

Para Lévy-Bruhl

Convendría acaso traer aquí la magnífica imagen del manzano que Ortega y Gasset creó para ilustrar la actitud del artista deshumanizado y sustanciar así el modelo natural del arte, regido por una razón superior, frente a la hipotética racionalidad del arte supeditado al intelecto. Dice Ortega que el manzano no tiene ni idea de botánica, lo que no le impide ofrecer hermosas y sabrosa manzanas. Quería con ello advertir de que el artista no debía interferir en absoluto entre su oficio y su obra y, puesto que el arte era la forma superior de representación, ésta debía estar siempre al servicio de la espontaneidad, como lo está la naturaleza.

Hasta esta síntesis, el hombre había pasado por doscientos mil años aproximadamente de aprendizaje y había superado importantes pruebas experienciales y experimentales. En el contexto estructural que describe Lévy- Bruhl, todavía no se había formulado la distinción esencial entre el inmanente onthós y el contingente anthropós; entre el ser esencial y su representación accidental que tanto juego da, hoy todavía, en la definición del ser humano y de las comunidades que ha formado a lo largo de su larguísima historia, de sus códigos lingüísticos y de sus bases psicológicas. En ese contexto estructural todavía era el mito un esbozo y, por supuesto, la razón magnificada en el logos era aún un convencionalismo que distinguiría, sí, la física de la mística, pero que surgió necesariamente para oponerse al mito, para explicarlo en toda su dimensión y entregarlo a las primitivas sociedades racionales como estigma de su ejercicio moral. Antes de todo esto, el caos. Sin embargo, el caos no deja de ser un concepto definido por la razón (por el logos, en consecuencia, por la palabra, en fin) para que la razón post-existiera ya para siempre.

En ese caos simbólico se sitúa la precultura humana (hace entre treinta mil y diez mil años), necesariamente conducido a la interpretación de lo inexplicable a través tan sólo de la experiencia, no de la reflexión; a través del aprendizaje vital, no de las reglas que luego explicarían el universo, nombrarían las cosas y revelarían la realidad mediante la palabra.

En ese contexto “caótico” la inclinación animista no era solamente una condición ab natura del ser humano frente a los demás seres animados e inanimados, sino que su ejercicio intuitivo lo definía imperativamente como superior, aunque su conducta instintiva lo disuadiera tal vez de ello y equilibrara su barbarie.

Y volvamos al manzano de Ortega: sólo cuando el hombre pre-culto representó el entorno animista en el que tenía lugar su aprendizaje, pudo comprobar la gran diferencia entre lo que cazaba, comía, las herramientas que utilizaba para ello y el contexto natural dado que habitaba; entre todo esto y lo que, al fin y al cabo, desnaturalizaba en la representación pictórica de la caverna (que no eran aún, precisamente, la de Platón). Este hombre pre-culto desconocía las herramientas del arte; sin embargo, pintaba ¿como lo ángeles?, de la misma manera que el manzano produce sabrosas y hermosas manzanas. El artista de Ortega es el artista primitivo: prerracional y vitalista. Tal era, antes del logos y el mito, la representación más evidente de su misticismo: la pintura, el arte. Más tarde se desarrollaría la iconografía de ese misticismo.   

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~ por forega en octubre 22, 2010.

Una respuesta to ““La moral como ciencia de las costumbres” (E. Durkheim) y “la mentalidad primitiva” (L. Lévy-Bruhl); pero…”

  1. ¡Ah, el manzano!
    Su escultura de palabras, Manuel.

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