Jorge Luis Borges: «Yesterdays»

Escribió Jorge Luis Borges un poema que siempre me llamó la atención en lo que a la búsqueda de su identidad concierne. Volvía siempre sobre él -yo que no soy especialmente borgeano (aunque también)-, y finalmente me decidí a interpretar lo que para mí significó aquel empeño suyo resuelto en ese poema. Es probable que, pasados ya diez años desde la escritura de esta notica, la síntesis esté más que superada, incluso para mí. Pero la dispongo aquí por si pudiera interesar a alguien.

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Desde una de sus últimas miradas vitales, Borges lanza una ojeada evocadora a sus «ayeres». El acento autobiográfico resulta patente desde el comienzo (vv. 1-4) y el que lo haga desde la vejez lo corroboran los versos 26 y 27. En esta visión recordatoria se observa la proverbial inclinación de Borges por los libros, por la cultura literaria en su más amplio y polimorfo sentido. El poema podría bien ubicarse dentro de un ámbito vital del que es síntesis genética y experiencial, y en su escritura no desecha el empleo de, sobre todo, metáforas y metonimias (recursos estilísticos significativamente sintetizadores) y anáforas que blindan sus certezas. La primera afirmación en torno a su genésis contiene no sólo la constatación de no estricta pertenencia a las culturas de las que procede («soy y no soy» —v. 5— ), sino que muy bien esta afirmación podría oponerse a la metafísica duda de Hamlet. No se trata de una disyunción (ser o no ser; pertenecer o no pertenecer), sino de una conjunción, sin alternancia: es y, a la vez, no es consecuente de sus antecedentes genésicos. En tono poco conciliador alude a su ascendencia hispana con un término que incluso en uno de nuestros contextos geográficos insulares se emplea en sentido peyorativo («godo» —v. 3—), cuyos hijos opusieron a los indígenas («las lanzas del desierto» —vv. 3-4—) sus largos años de combate («polvo incalculable» —v. 4—). La única duda (que es, paradójicamente, a la vez, una afirmación) se establece en el verso 5 mediante la antítesis citada. A partir del verso 10 la anáfora verbal «soy» (reiterada en los versos 16, 22, 25, 29 y 31) constituye la afirmación y confirmación de lo que Borges es. Y este «es» hay que tomarlo en su pleno sentido esencial frente a cualquier accidentalidad, contingencia o conjetura (1). Borges manifiesta, ya en el ocaso de su existencia, lo que le ha hecho ser  y, a lo largo de la síntesis que refleja el poema, debe necesariamente suministrarnos esa información existencial, experiencial, vivida por medio de una serie de símbolos que se sitúan en el centro mismo de sus pasiones literarias, bibliófilas, lectoras… Así, Charles Algernon Swinburne constituye su primera experiencia poética y, citado en el poema, el umbral de su formación literaria. Swinburne es Swinburne pero es, además, poesía, armonía, experiencia lumínica de origen sajón. Buenos Aires y la Córdoba argentina no son, obviamente, meras citas geográficas, sino la referencia de su cultura criolla y, por extensión, hispana. Otro tanto puede decirse de la Córdoba española como síntesis evocativa de la cultura islámica; de Ginebra, donde transcurrió buena parte de su vida y lugar de su muerte; de Nara  (antigua capital de Japón y símbolo de un decadente imperio además de ilustrativo origen de la «tinta china«) e Islandia (o Thule), referencia inequívoca de una cultura mitológica que entusiasmaba a Borges y a la que dedicó notable atención. No es por casualidad, tal vez, que, con independencia de que sean hilos conductores para el análisis de su obra, los términos «azar» y «destino» (v. 11) se asocien en esta estrofa al topónimo Islandia (es conocido que cuando un vikingo era desterrado llevaba consigo las puertas de su casa, que arrojaba al mar; el azar hacía varar estas puertas en una costa, lugar que el desterrado destinaba como residencia durante su ostracismo: así se fundó Reikjavik)(2), referencias que dan pábulo y testimonian su cultura cosmopolita, además de revelarse como nombres que encierran síntesis de intensas y extensas experiencias. Del mismo modo, los «dos crepúsculos» no son simples crepúsculos, sino la decadencia, por un lado, del imperio británico y, por otro, del imperio español, a los que el poeta no tanto sirve, sino de los que también se sirve (v.18). El calificativo «ignorante» (v. 20) atribuido a la luna testimoniaría la sustancial necesidad de que ésta sólo abandonaría su imagen meramente cosmográfica mediante una contextualización literaria o científica; en este sentido hay que tomar, pues, las citas de Virgilio y de Galileo. En el primer caso, como pretexto literario que nos remite a la Eneida (recuérdese el diálogo entre Dido y Eneas en Cartago) y, en el segundo, a la defensa de las leyes de la gravedad de Copérnico asumidas por Galileo. El grabado está llevado al poema como, efectivamente, la imagen del Apocalipsis en exacta correlación con su casi ceguera durante el tiempo que escribe el poema. La «errónea memoria» (v. 25) lo es por su ceguedad acaso. No se le presenta el Apocalipsis en sus términos puramente visuales (pues el grabado sólo evoca, desencadenándola, la emoción), sino en su forma sensitiva asociada a los últimos años de su vida. Ve, en cambio, un horizonte ausente de cosas, aunque luminoso, ahora tal vez opaco (vv. 29-30). En el prólogo a sus Obras completas publicadas en un volumen en 1974 en Buenos Aires (3), dice Borges:  (…) me place comprobar la variedad de asuntos que abarcan. La patria, los azares de los mayores, las literaturas que honran las lenguas de los hombres, las filosofías que he tratado de penetrar, los atardeceres, los ocios, las desgarradas orillas de mi ciudad, mi ciudad, las ciudades, los desiertos… los sueños olvidados y recuperados, el tiempo, los símbolos, los mitos distintos pero análogos… Felizmente, no nos debemos a una sola tradición; podemos aspirar a todas. (La cursivas son mías).

Borges es, así lo verifica el último verso, un reflejo de todas esas cosas; él es la alegoría de su aprendizaje; él es la reproducción de todos los textos (ojeados, hojeados y no leídos); él es, en el epitafio mismo, texto, pues comúnmente es texto el epitafio.

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(1) En el tempranísimo poema «Líneas que pude haber escrito y perdido hacia 1922» (Obras completas, I, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995, página 71), Borges sí manifiesta esa duda: «los sajones, los árabes y los godos/que, sin saberlo, me engendraron,/¿soy esas cosas y las otras/o son llaves secretas y arduas álgebras/de lo que no sabremos nunca?//

(2) Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, 5ª ed., Barcelona, Labor, 1981, página 387.

(3) Reproducido en la revista Anthropos. «Suplementos». 4, Barcelona, julio-agosto (1987), página 7.

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~ por forega en octubre 17, 2010.

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