PINTORES DEL REINADO DE FELIPE IV

Juan Valdés Leal: "Finis gloria mundi"

Juan Valdés Leal: "In ictu oculi"

En ningún otro período de la historia quizá han estado las artes todas tan próximas a la realidad, tan cercanas a la sociedad que las demanda, pero tan alejadas, a su vez, de ambas. Es el XVII el siglo de las grandes contradicciones, el de la convivencia de sobresalientes oposiciones (realismo junto a idealismo; boato y despilfarro de la Corte junto a la gran crisis económica; religiosidad católica junto a paganismo…)
Tal vez sea el siglo XVII, además, el período en el que con más convicción se

sintió el hermanamiento del pensamiento y de las artes y de éstas entre sí. La interinfluencia filosofía-literatura, pintura-poesía, poesía-arquitectura, música-poesía y una impronta religiosa envolviendo a todas ellas era proverbial («El Greco»-Góngora-Velázquez; Villamediana-Ribera; Góngora-El Escorial; Lope-Monteverdi…) Del análisis de su conjunto, la gran síntesis que se colige de nuevo ofrece un carácter eminentemente contradictorio: a la gran crisis política, económica, social y demográfica de España, se opone el esplendor del arte y de las letras de nuestros creadores, con una brillantez inédita que sirve de modelo a Europa. Es el XVII el siglo del Barroco.
La búsqueda sistemática del movimiento constituye la esencia misma del gusto barroco («El hombre jamás es tan parecido a sí mismo como cuando está en movimiento», escribió Bernini). Fachadas ondulantes o salientes, columnas salomónicas, balcones y tribunas que combinan curvas y contracurvas, el empleo virtuoso del estuco a base de yeso, el efectismo de la perspectiva de trompe-l’œil, conforman un entorno arquitectónico expuesto a los ojos de la sociedad del seiscientos. El espíritu, por medio de la observación, asimilaría las nuevas formas que se trasladarían también a los decorados teatrales y al arte funerario. Orfeo, de Claudio Monteverdi, signa el nacimiento de la ópera; autos sacramentales, bailes de corte, pastorales dramáticas, tragicomedias, participan del gusto de la época por su misma temática. Los autores se recrean en elaborar intrigas complejas; transformaciones y disfraces juegan un papel fundamental y no escamotean la manifestación de los sentimientos más extremos ni el espectáculo de suplicios y muertes. El agua y el fuego; la inconstancia y la fidelidad; la vida y la muerte, son temas que se abordan con especial preferencia. El Barroco, opuesto a toda regla, rechaza el equilibrio, la medida, la razón; es el triunfo del patetismo, del exceso, de la irracionalidad.
Aunque en plena decadencia, Felipe IV hereda un imperio todavía extensísimo. Su abuelo había elevado a Leyes Fundamentales del Reino las conclusiones del Concilio de Trento, y su padre, enfervorizado con la cruzada contrarreformista, se encargó de llevar a cabo la definitiva limpieza étnica del país expulsando, entre 1609 y 1611, a 275.000 moriscos. Las guerras religiosas de la Contrarreforma, la expulsión de los moriscos y la emigración a las colonias americanas produjeron un descenso demográfico de dos millones de habitantes. La crisis era honda, pero la Corte no renunció a la ostentación y al lujo desmedidos. El Imperio, abanderado del catolicismo integrista, había triunfado en sus objetivos religiosos, pero a costa de un alto precio en hombres, dinero y desarrollo social, circunstancias a las que ninguna manifestación artística fue ajena.
Felipe IV llega al trono de España (donde, sin lugar a dudas, el influjo barroco tiene mejor acogida y mayor éxito conoce) en plena adolescencia (tiene dieciséis años), coincidiendo con la época de implantación del Barroco, y muere en 1665, cuando el declive del Barroco es manifiesto. Su reinado propicia el advenimiento de un nuevo valido, Don Gaspar de Guzmán —Conde-duque de Olivares—, pues Felipe, físicamente degenerado a causa de múltiples matrimonios consanguíneos, libertino y devoto al mismo tiempo, profundo conocedor de la mitología clásica, despilfarrador y caprichoso, irónico…, se desinteresa de los asuntos del reino y pone el gobierno en manos de su favorito.
Con Felipe IV en el trono, se ejecuta a Rodrigo Calderón; el propio rey ordena asesinar, por homosexual, al Conde de Villamediana (privándonos de un excelente poeta); la Inquisición condena a Galileo como «Firmemente sospechoso de herejía por exponer la doctrina falsa y contraria a la Sagrada y Divina Escritura de que el Sol es el centro del mundo…»; se pierden Portugal, el Franco Condado y las Provincias Unidas del norte de los Países Bajos; el país queda despoblado; se sufre la amenaza de otras potencias en auge (Francia e Inglaterra). Pero Descartes, educado en la disciplina jesuita española, publica en París el Discurso del método; Rubens, máximo exponente del arte humanista católico, invade los gustos pictóricos y una pléyade de genios en el campo de las artes, la literatura, la filosofía y la mística despliega una capacidad creativa de imborrables consecuencias. Y todo en su conjunto bajo el signo de la firme defensa del catolicismo. Así, pues, la civilización española, gracias a sus pintores, a sus arquitectos, a sus escritores y dramaturgos, a sus teólogos y a sus místicos, sirve de espejo a las culturas europeas. Pero tal poder y brillantez se ponen al servicio de la fe católica.
En este contexto, dos polos son fácilmente diferenciables: religión y crisis socioeconómica, consecuencia la segunda de la primera. Un contexto donde, claro, la pintura y las demás artes habrán de manifestarse impregnadas de ellos, como testimonian de manera ilustre y sobresaliente los fondos del Museo de El Prado expuestos en el «Camón Aznar».
El éxito del arte religioso es inseparable de la evolución de la Iglesia romana desde el Concilio de Trento. El arte de la Contrarre- forma, al rechazar algunos aspectos paganos del Renacimiento, se aplica a la tarea de combatir sin tregua la herejía protestante (Franciso Rizi, Familia de herejes azotando un crucifijo) y la glorificación de los dogmas tradicionales (Francisco Caro, La Santísima Trinidad; Mateo Cerezo, Juicio de un alma); era un arte beligerante y disciplinado, a la vez fervoroso y austero. El espíritu de controversia y las consignas de austeridad franquean paulatinamente la afirmación triunfante de una fe segura de sí misma. Los templos, escenarios del sacrificio de la misa, se decoran con gran suntuosidad: nada es suficientemente hermoso ni rico para glorificar a Dios y a su iglesia. La exaltación de Cristo y de la Virgen (Pereda, Antolínez, Arias Fernández, Cano), de los santos y mártires (Diego Polo, Pereda, Ribera, Jusepe Leonardo), la expresión de las verdades del dogma (catálogo ofrecido en 1593 por César Ripa en su Iconología) son los grandes temas de la pintura y de la ornamentación. El Barroco se convierte en la expresión del humanismo católico, esforzándose por conciliar las realidades de la vida terrena y las expectativas del más allá.
El arte barroco, sin embargo, no puede vincularse sólo al triunfo de la Iglesia romana. Junto a este aspecto esencial, se manifiesta, en los países donde triunfa, en algunos otros rasgos, como el propio reflejo de una sociedad determinada: la sociedad monárquica, donde el poder del soberano, de índole sagrada por más de un motivo, se expresa, entre otras cosas, a través de la suntuosidad, lujo de decoración y pompa en que se desarrollan los magnos actos de su vida (Anónimo, Retrato de Doña Isabel de Borbón; Benito Manuel de Agüero, Vista del Monasterio de El Escorial; J. B. Martínez del Mazo, El estanque grande del Buen Retiro); sociedad señorial en la que la nobleza terrateniente (Diego Velázquez, El Conde de Benavente; B. M. de Agüero, Vista de «El Campillo») y eclesiástica (Francisco de Zurbarán, Fray Diego de Deza y Tavera, arzobispo de Sevilla) mantienen sobre la masa campesina un prestigio y una autoridad que intentan parecerse a las del soberano; sociedad rural en la que los campesinos (aunque no son muy diferentes los habitantes de las pequeñas ciudades —Ribera, Vieja usurera—), analfabetos en su mayoría y menos dados al razonamiento que a lo fantástico y emotivo, buscan en el culto a los santos, por ejemplo —tal como se ilustra en muchos retablos de iglesias rurales—, consuelo, intercesiones, esperanzas.
Constituye, en fin, un arte expresión de la sensibilidad de una época atormentada en la que la miseria y el bandidismo se instalan en España y que cuenta con un pintor emblemático, paradigma del «pintor puro», que se sitúa por encima del bien y del mal rechazando cualquier intención social, literaria o psicológica, conformándose con expresarse sólo pictóricamente: Velázquez, testimonio aglutinador e insigne de las mejores síntesis de su época.

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~ por forega en marzo 14, 2010.

2 comentarios to “PINTORES DEL REINADO DE FELIPE IV”

  1. Uno de los mejores artículos de este blog. Muy bueno.

  2. Gracias, Ángel. Me alegra que te guste.

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