¿QUÉ TIPO DE LIBERTAD DEMANDABAN LOS BEAT? LIBERTAD PARA QUÉ Y VINIENDO DE QUIÉN

Allen Ginsberg

La libertad carece de tipos, de especies. La libertad es un concepto absoluto que no admite matices salvo desde una perspectiva corta de vista o ligada a intereses parciales abstractos (políticos, religiosos, económicos). El contexto histórico y el lugar en que surge la Beat Generation determina, sin embargo, por sus peculiaridades, que su aspiración, sus demandas de libertad, sean, asimismo, absolutas, y ello porque la sociedad norteamericana de los años 50 había alcanzado el cenit de su desarrollo y de su influjo mundial (fin de la guerra de Korea, asentamiento social de la inmigración europea, absorción de la cultura de Europa al modo estadounidense, nuevos modelos estéticos de gran irradiación como el cine, el Jazz, el expresionismo abstracto, y una nueva estrategia comercial fundada en el colonialismo económico a través de empresas multinacionales). Pero este desarrollo se produce a costa de no pocos dramas externos (conflictos bélicos en todos los frentes con grandes pérdidas humanas —y aún no había comenzado la guerra de Vietnam—) e internos (extralimitación de la ambición económica; deseo desmedido de riqueza; un reforzamiento de la moral tradicional bajo el influjo del metodismo —que justifica la aplicación generalizada de la pena de muerte a los reos— y del catolicismo, que protegía éticamente los intereses de los grandes grupos financieros; la certeza nunca confesada de la inferioridad cultural de un país forjado sólo a base de dólares; el desarrollo de la ciencia con métodos experimentales poco o nada aceptables; y la instalación en las calles del gun language, entre otras cosas).
El poder político —ahora como entonces— era en realidad un poder económico que favorecía los intereses de los grandes capitales y facilitaba su expansión interior y exterior. Este objetivo primordial, casi único, desatendía, por la pura lógica interna de su comportamiento, las demandas sociales de unos ciudadanos cada vez más estratificados económica y socialmente, creando grandes núcleos marginales (bolsas de marginalidad étnica, mendicidad, clase media precaria) que, siendo campo abonado para su degradación, constituían, por ello mismo, grupos de oposición crítica contra la corrupción política y económica, contra el empobrecimiento de determinadas clases y contra la monopolización del dinero por medio de los grandes trusts comerciales.
El análisis de esa situación correspondió a un selecto grupo de intelectuales medios que, lejos de dejarse llevar por la sola erudición o por la censura teórica desde las aulas universitarias, administraron a su posición crítica buenas dosis de experiencia, participando de una praxis que diera una dimensión material a lo que su escritura habría de expresar.
Desde dos formas distintas de esa expresión escrita, analizaremos aquí cómo se articulan las demandas de libertad de dos autores Beat: desde la poesía (Allen Ginsberg, Howl and other poems) y desde la narrativa (William Burroughs, Naked Lunch) y explicaremos cómo esa demanda no se basa en una pura petición de libertad, no se basa en una invocación abstracta o en una simple reclamación expresa, sino que en ambos autores se manifiesta por medio de la descripción de una realidad social, política, religiosa, económica… cuyo caos pone de manifiesto, precisamente, esa falta de libertad: si todo es malo aquí, abajo todo, destruyamos todo a ver qué pasa; esto es lo que, muy próximos a los principios románticos, parecen decir Burroughs y Ginsberg
Si Naked Lunch puede ser perfectamente un panfleto contra el todo (el todo U.S.A.), Howl, desde el título ya, revela cuál es la respuesta frente al caos y la degradación; frente a la asfixia de la moral hipócrita; frente al sacrificio de todos los valores en el altar de los poderes económicos, políticos y científicos; frente a la represión de las conductas situadas al margen del catálogo legal dictado por los poderes tradicionales.
Coinciden Ginsberg y Burroughs en la utilización de un lenguaje feísta, en el uso de un mecanismo formal (y éste es el primer síntoma de su demanda de libertad) conscientemente alejado de los modelos estéticos literarios. Coinciden también en dotar a su estilo de una caos enumerativo, próximo, hasta sus últimas consecuencias, a los postulados surrealistas, a la automatización de la escritura hasta alcanzar plenas expresiones de absoluta irracionalidad. Este caos formal organizado constituye sin dudarlo una primera demanda: la libertad formal. Si Ginsberg dota a su poesía de una prosodia, retórica, lenguaje, metro y rima absolutamente libres, BurroUghs salpicará su Lunch de rasgos de estilo en los que sobresale no la lógica del discurso narrativo, sino la descripción caótica, en sucesión interminable, de imágenes propias de un cerebro alucinado. Su relato sigue este guión: el de una persona que describe sometida a los efectos de la alucinogénesis.
Si Ginsberg opta por una poesía narrativa de inspiración lírica, Burroughs vierte en su narración la propia experiencia, su memoria de yunkee. Y ambos coinciden en vestir su escritura de un pensamiento radicalmente crítico. Es precisamente a través de esa postura crítica común, que describe con acritud, rabia e ira el paisaje social estadounidense, por la que el lector advierte lo que falta. La presencia de las situaciones (en Ginsberg) y de los tipos y alegorías (en Burroughs) revela la ausencia: tobe or not to be, y esa ausencia fundamental es la libertad.
Ginsberg describe situaciones. Por ejemplo, la de una bohemia al modo estadounidense cuyas bases de comportamiento son:
1) El budismo y el pensamiento oriental como nueva mística que sustituya a la represión del cristianismo.
2) Consumo de drogas y alcohol para evadirse de la realidad, pero, a su vez, como actitud crítica contra la moral caduca de U.S.A.
3) Práctica del sexo en todos sus aspectos y modalidades con predominio de la tendencia personal, que se convierte en una reivindicación de la  homosexualidad.
4) La errantía, el vagar de un sitio para otro sin rumbo. En esta actitud destaca el concepto del viaje por el trayecto, no por el destino, actitud que persigue asimismo un deseo de vencer el paso del tiempo (la película Easy Ryder es un buen ejemplo, ilustrativo y concluyente, de esta actitud).
5) Búsqueda de paraísos «escuchados», como Marruecos (por el fácil acceso a las prácticas homosexuales: John Bowles viajó allí, para quedarse; Burroughs comenzó a desintoxicarse precisamente en Tánger); Oriente (para encontrar las fuentes budistas y un fácil acceso a las drogas).
Pero Ginsberg no evita la crítica. Si los apartados anteriores aparecen con claridad en los versos de la parte I de Howl, en los versos de las partes II y III se describe el modelo social U.S.A. Este modelo, alegorizado en Moloch, es, por negación crítica, el determinante de la opresión. La búsqueda de la libertad se funda en la desaparición de ese modelo in-humano, frío, falto de emoción, misántropo y que, como Moloch, exige sacrificios humanos.
Carl Solomon, amigo real de Ginsberg, aparece como ejemplo de locura, como ejemplo de las consecuencias que ese modelo U.S.A. es capaz de producir, mientras que el deseo final expresado en los últimos versos de Howl («in my dreams you walk dripping (…) America in tears to the door of my cottage in the Western night») constituye una metáfora de la libertad una conditio sine qua non para ser libre. La libertad ha de llegar mediante la desaparición de ese modelo.
En el poema “A Supermarket in California” Ginsberg nos da motivos para pensar en otro modelo de libertad a través del recuerdo de unos U.S.A. rescatados de la memoria histórica. No por casualidad Ginsberg nos sitúa en el siglo XIX junto a Walt Whitman (homosexual también), cuya característica principal de su obra es el anhelo de libertad; nos sitúa en unos U.S.A. arbolados cuyos bosques ahora están ocupados por supermercados y asfalto; nos sitúa en unos U.S.A. donde se podía caminar, pasear sin peligro (Walt Whitman era muy aficionado a caminar y, de hecho, atravesó andando buena parte de Estados Unidos), rodeado de imágenes que hoy serían la envidia de los ecologistas, reivindicación ésta, el ecologismo, que puede perfectamente deducirse de los versos de Ginsberg. Tampoco cita por casualidad a Federico García Lorca, homosexual también, que practicó en España un homosexualismo resistente, pero que fue finalmente asesinado por un régimen de moral intolerante (no muy alejada, por tanto de la moral que Ginsberg, con el ejemplo de Lorca, quiere significar en su país).
Por fin, en el poema “America” evoca Ginsberg los derechos pacifistas con una censura implícita al belicismo, al recuerdo del lanzamiento en Japón de la bomba atómica: «America when will we end the human war? / Go fuck yourself with your atom bomb.» No faltan la ironía y el sarcasmo en el uso del lenguaje y de los conceptos para advertir que el modelo socioeconómico de los U.S.A. cercena la libertad y busca constantemente un enemigo para justificar su belicismo. El lenguaje macarrónico del inglés utilizado por los indígenas indios pone asimismo de manifiesto la censura al racismo estadounidense y se permite, por contra, una referencia a su propia filiación política: «America I used to be a communist when I was a kid I’m not sorry», mención no sólo heterodoxa, sino ciertamente beligerante en la sociedad yankee. Pero el poema “America” es también un decálogo de todo aquello que en los U.S.A. debería desaparecer, de todo aquello que por su existencia obstaculiza, hasta eliminarla, la libertad:

«I won’t say the Lord’s Prayer» (anticlericalismo)
«Are you going to let your emotional life be run by Time Magazine? / I’m obsessed by Time Magazine.//» (influjo negativo de los medios de comunicación).
«…every day somebody goes on trial for murder.» (consecuencias de la conducta social).
«America you don’t really want to go to war» (irónica referencia al belicismo).
«The Russia wants to eat us alive. The Russia’s power mad. She wants to take our cars from out our garages.» (hipocresía conceptual, dicha con ironía, acerca de la visión irracional del enemigo).

Para concluir con la siguiente afirmación: «I am a communist», verdadera declaración de guerra a la ideología imperante en la economía, en la política, en los medios de comunicación y en la sociedad de los U.S.A.
Podemos, pues, concluir afirmando que Ginsberg no sólo cita hacia dónde quiere que se dirija su aspiración de libertad, sino que también enumera aquellas circunstancias que la hacen imposible. Esta segunda lectura hace deducir que la desaparición del estado de cosas que caracteriza a la sociedad estadounidense es lo que permitiría vislumbrar una situación nueva que procuraría la consecución de la libertad. Por consiguiente, el origen de esa libertad es para Ginsberg la liquidación de las causas que la impiden.
En este mismo sentido último que atribuimos a Ginsberg, la lectura de Burroughs es mucho más clara. Efectivamente, Naked Lunch forma una galería de tipos sociales aplicados a todas las actividades que demanda la sociedad y en cada uno de ellos, a través de sus conductas, se revelan sus verdaderas intenciones, que resultan contrarias a un estado de felicidad legítimo que el ser humano persigue y el cual debe comenzar por la premisa de ser libre.
A partir de aquellos modelos sociales, Burroughs estructura todo su agria censura social, política, económica, sanitaria, sexual, bélica, religiosa, judicial…. y elige para situarlos dos lugares imaginarios: un país: Libertonia y una ciudad:  Interzonas. El caos estructural de la narración, en la que confluye todo tipo de estilos: el directo, el indirecto, el esquema dramático, incluso con acotaciones escénicas, tiene como hilo conductor al psiquiatra Benway, personaje que ejemplifica la más aguda perversidad, una alegoría de los valores y del pensamiento en los que se basa un Estado cuyo poder administrativo, legislativo y burocrático sería preciso eliminar, pues en su defensa se muestra permisivo con una terapia social que recurre a los más incalificables métodos de disuasión. Por repetidos, esos métodos producen, al margen de la alienación individual, un tedio «como ningún otro tedio del mundo. El tedio norteamericano nos va encerrando (…) No lo ves ni sabes de dónde sale. Y nuestras costumbres se reafirman en el tedio…» (UNO, página 27)
Ese estado es un Estado-policía, un Estado vigilante que, frente a una de las reivindicaciones de Burroughs (la aceptación social del gay), declara por boca del psiquiatra Benway: «A nadie se le ocurre que la homosexualidad sea una conducta concebible. La homosexualidad es un delito político» (BENWAY página 48). Un Estado que se sirve de la clase militar a la que Burroughs ridiculiza: «Un semiópata es un ciudadano convencido de ser un mono, u otro simio. Es una anomalía propia de la vida militar» (BENWAY, página 49). Un Estado, por fin, que considera la inteligencia de sus ciudadanos como un verdadero peligro: «—‘Me parece usted una persona inteligente’ (palabras de mal agüero siempre, muchacho… Cuando las oigas, no debes preparar la huida, sino largarte de inmediato». (BENWAY,  página 50).
En este capítulo perfila Burroughs una de las críticas más agrias de su Lunch, una de las situaciones que impiden al ser humano ser libre, y lo hace a través de una hiperbólica descripción de la sociedad como psiquiátrico. El psiquiatra como modelo de represión social y sistematizador de la marginalidad = Estado Psiquiatra (método y pedagogía perversos). LIBERTONIA es el ejemplo de las prácticas experimentales en psiquiatría, pero estas prácticas son las que utiliza un Estado fundado en un modelo socioeconómico y no se nos oculta que éste es el estadounidense: el hombre de esa sociedad gobernada por ese Estado enloquece, pero las terapias aplicadas no sólo agudizan las crisis sociales, sino que desencadenan el caos hasta lo surreal.
Esa sociedad está habitada también por gentes sin escrúpulos, tipos metamórficos que actúan de «camellos» tramposos y que ejercen de políticos, corruptores de la ciudadanía y ellos mismos corruptos (LA CARNE NEGRA, páginas 61-65).
Un Estado se sustenta fundamentalmente en su capacidad para legislar y su eficacia para reprimir. El cuerpo policial forma parte de ese esquema contra el que Burroughs arremete elaborando una parodia esperpéntica en torno a un guarda de fronteras, figura cómica, aunque dramática y ejemplar de un modelo de Estado. El guarda es representante del sistema represivo estatal: la extrapolación o metonimia es, por lo tanto, significativa. (HOSPITAL , páginas 66-68). En LÁZARO VUELVE, Burroughs nos muestra un ejemplo de absoluta falta de ética del Estado, una conducta que representa el  secuestro de la libertad social a partir de nuevos tipos de adicción narcótica. Cada uno de ellos representa a su vez un modelo de enajenación de masas que anula su sentido crítico y propicia la falta de libertad. (páginas77-81). Supeditadas a una clase política extraída del poder económico, Burroughs ataca también esas conductas hipócritas (páginas82-90) que, tras la máscara de un maquillaje moral, violan los principios que aplican a los demás, y lo hace a través de la descripción, en una vorágine de locura, de las prácticas sexuales de las clases adineradas, hiperbólico ejemplo, una vez más, del desenfreno amoral en el trato sado del ser humano por seres degradados moralmente desde la perspectiva de su statu. Un Saló a lo U.S.A. Orgiástico modelo muy similar al de las prácticas ejercidas por el personaje de Monsieur Montcul, de  André Pieyre de Mandiargues, en su libro El inglés descrito en un castillo cerrado.
En su afán por abarcarlo todo, la censura de Burroughs se dirige también hacia la educación, hacia la cultura reglada e institucionalizada en la Universidad. La descripción del ámbito universitario es puramente surreal. Burroughs construye un escenario con personajes tipo, con acotaciones teatrales, con lo que dota al ambiente de un mayor perspectivismo, pero sin abandonar la parodia para descalificar por fin el psicoanális y a quien lo ejercita (CAMPUS DE LA UNIVERSIDAD DE INTERZONAS, páginas 91-94). Así, pues, toda ética institucionalizada será objeto de las iras de Burroughs. En su parodia del cristianismo, del budismo y del islamismo y la consecuente desmitificación de sus figuras divinas (Cristo, Buda y Mahoma ), se sirve de una metonimia para ridiculizar el concepto de Dios, la idea de Dios, cualquiera que sea (EL MERCADO, páginas 112-125). En un edificio con vistas a este Mercado, la reunión del Partido Nacionalista es más bien una fiesta orgiástica en la que no faltan las prostitutas, los «chaperos» y un sinfín de funcionarios serviles en la que se debaten, esta vez con personajes de tipología rural, unos proyectos políticos basados en experimentaciones psicoanalíticas y ensayos psiquiátricos humanos, sin sentido, alucinatorios, irracionales, que acabarán por hacer subir a la superficie «enfermedades de las profundidades del océano y de la estratosfera, enfermedades de los laboratorios y la guerra atómica. Un lugar donde el pasado desconocido y el futuro que se anuncia confluyen en una vibración silenciosa. Entidades larvarias en espera de un Ser Vivo.» (GENTE NORMAL Y CORRIENTE, página 115).
Interzonas es, pues, el modelo de la asfixia social, pero también de la asfixia medioambiental que se identifica con otras formas de asfixia: la mafia organizada y los gánsters, el control total por parte del Estado que niega la individualidad formando conciencias de masas en las que el individuo no destaque anulando su sentido crítico (ISLAM, S.A. Y LOS PARTIDOS DE INTERZONAS, páginas 147-168), la conexión del poder judicial con todas las formas de corrupción (EL OFICIAL DEL JUZGADO, páginas 169-176).
En esa sociedad atrofiada por los poderes fácticos, «La imagen rota del Hombre avanza minuto a minuto, célula a célula… Pobreza, odio, guerra, delincuencia policíaca, burocracia, locura, síntomas todos del Virus Humano.» (página 168).
De nuevo la cita para significar que, como en Ginsberg, lo que se nombra es el obstáculo para la consecución de lo que se desea. La libertad está oculta tras el velo de lo que se censura.
Las demandas de libertad son, pues, no expresas, sino tácitas, o, lo que es lo mismo, deducibles. Lo que debe desaparecer es lo que se censura: ésta es la gran demanda común de ambos, y las dos obras constituyen apuntes transitorios de otra de sus lecturas necesarias: la exigencia de emancipación social, argumento, por otra parte, no nuevo, sino que constituye un argumento notoriamente histórico y acaso paralelo con otros períodos de base distinta; de objetivo semejante, sin embargo. Aunque tal vez por este carácter sea necesario actualizarlo constantemente. (¿Era éste, también, un objetivo consciente de Ginsberg y de Burroughs?).
Burroughs y Ginsberg desgranan a través de su dirty realism una actitud vital ante una circunstancia humana común, pero en sus obras, además, se advierte con la misma claridad un intento de enseñanza moral (decirlo así parece una boutade análoga a las que podrían calificar sus respectivas obras desde la moral tradicional) en la que puede observarse una resolución no precisamente de inspiración religiosa (acaso en Ginsberg el misticismo oriental actúa como base ética, pero sólo de forma colateral). En Ginsberg y en Burroughs la pasión tratada es la ira, la cólera, sintetizadas en odio cuando se dirigen a un enemigo; de ponderada corrección y final apaciguamiento si son suscitadas por aquellas clases o grupos alienados o marginales, y aún van más allá: al enemigo, ni agua.
Las consecuencias del nuevo multicapitalismo de Estados Unidos determinan una postura crítica enérgica, condenatoria y amarga ante sus consecuencias (enajenación, marginalidad social, masacres bélicas, desastres ecológicos producidos por la mano del hombre, burocracia institucional, estratificación social, injusticia distributiva) e inspirarán también conductas posteriores fundadas en la reivindicación de la paz mundial, en la universalización de la ciudadanía, en la humanización de las relaciones sociales, en la exigencia del final de las guerras (Vietnam), en una nueva valoración del intercambio de las emociones del ser humano basadas en la liberación sexual, en la admisión de la diferencia, en la tolerancia de la multiplicidad étnica, etc., en un nuevo humanismo, en fin. Pero no es casual que todas aquellas censuras y todas estas reivindicaciones tengan, desde el punto de vista estético, ético e ideológico, un origen arraigado en el Romanticismo decimonónico (Ginsberg no cita casualmente a Whitman, ni evoca casualmente unos U.S.A. boscosos, arbolados, imagen final de un paisaje abrupto, original, intocado y salvaje tan querido del romanticismo estadounidense, ni cita a García Lorca por casualidad, en quien ve no sólo un emblema del homosexualismo resistente, sino al crítico que, en su obra Poeta en Nueva York, describía en los años treinta la sociedad estadounidense que se avecinaba y cuyos males se agudizaron en los años cincuenta ); tampoco es azaroso que esa actitud crítica de acusado aspecto visceral sea patrimonio del carácter rebelde de los epígonos románticos norteamericanos; y tampoco es producto de la coincidencia que, tanto Ginsberg como Burroughs, al igual que sus antecesores románticos, muestren un sentido empático de la existencia, además de su adherencia a los símbolos y una inclinación a la irracionalidad característica del onirismo romántico (no lejos, por cierto, del orden místico y del orden mítico). De tal manera que Ginsberg y Burroughs inventan su propia mística, su propia mitología, y, por ello mismo, rechazan frontalmente el racionalismo, el mal uso del cientificismo, el utopismo capitalista (el sueño americano) enajenador o el deísmo de base tradicional e histórico. Esos serán sus enemigos, y también lo serán aquellos pensadores y corrientes de base ideológica que se enfrentan a la marcha del que creen nuevo pensamiento, de la que creen nueva  sociedad y de la que creen nueva estética de su época, de una época dispuesta a modificar los cimientos en los que se estaba sustentando una sociedad muy lejos de ser la «sociedad del bienestar» que propagaban los medios políticos y los medios de comunicación dependientes de las ideologías dominantes; y no olvidemos que EE.UU. era entonces cuna del materialismo moderno, cuna de su amplificación multinacional. Pero es esta postura, sincrónicamente contradictoria, la que precisamente singulariza su carácter literario, ético y estético. En la poética de Ginsberg y en la narrativa de Burroughs se encuentra enraizada buena parte de las ideas que luego magnificarán las generaciones  de los años 60 y 70 (hoy, curiosamente, puestas de nuevo de actualidad): la imaginación, las pasiones, la observación y defensa de la naturaleza, la visión, la acción (y la acción directa), el rapto, la transición del espíritu embargado, la fantasía, la pulsión profética…
La búsqueda de un espíritu individual capaz y capacitado para emprender un camino nuevo, capaz de liderar un orden nuevo, capaz de arrojarse sin prejuicios y sin temores al abismo de su encuentro es el valor que anida no únicamente en Ginsberg y en Burroughs, sino también en la Beat Generation. Ése es su valor común y, en resumen, su demanda común: un espíritu conquistador que dé sentido al ambiguo significado de libertad, que lo dote de verdadero contenido. Habrá que repetir hoy, como entonces, las palabras de Rubén Darío: «¿Quién que es no es romántico?» Ahí, una vez más, quedó todo. Lo atractivo de cada intento, de cada empeño, es que concede la oportunidad de volver a empezar. Comencemos, pues, de nuevo. Hoy, actualizando otra vez aquellos postulados románticos, recogiendo el espíritu de los Beat, incorporando los contenidos ideológicos que la Beat nunca abandonó (aunque los desechara de su argumentación teórica), hoy, el testigo lo recoge el movimiento antiglobalización cuya primera chispa brilló precisamente en Seattle (Débord, Jameson, Agamben, Deleuze, Negri.., aunque europeos, eran coetáneos de quienes abordaban la liquidación de un mismo modelo y volvieron a exportarlo a los U.S.A.). Hoy, de nuevo actualizado, no podemos prescindir del contenido de los mensajes que perseguían describir una realidad oculta por la información institucionalizada: los mensajes, entre otros muchísimos, de «Mother’s little helper», «We love you» o «Undercover» de The Rolling Stones; los mensajes de Lou Red; los sonidos del sitar de Ravhi Sankar; o, más recientemente, los mensajes de Leonard Cohen («We take Mannhattan») como apuradas síntesis de una fragmentación ideológica y social que ahora, harta de estar atomizada, vuelve para ocuparse de unificar a los dispersos.

William S. Burroughs

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~ por forega en febrero 17, 2010.

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