Antoni Tàpies

«Se vive la muerte y no la vida» constituye un argumento que, dicho con sinceridad, nos descubre el verdadero drama de la existencia. Desde que el hombre tiene conciencia de sí, ha sido la muerte uno, si no el único,

modo de explicarse a sí mismo, pues al razonarla, al dotarla con los atributos de la certeza, le ha conferido el sublime y magno reconocimiento de su grandeza. Es el sentido de (des)aparición el que la ha transformado en generador de los más pusilánimes temores que, no por serlo, dejan de determinar nuestra conducta. Saber que somos seres para la muerte impone formas genéricas de escapatoria y, entre las mejor aceptadas socialmente, se encuentran las artes. Una evasión que invade el espíritu del ser humano con el casi único objetivo de dar sentido a la «vida». Sin embargo, todo ser humano es capaz de traducirse maneras no tan genéricas, a la vez que privadas, de fuga y el artista, como ser humano esencial que es primero, también se aplica a esa traducción personal. Las artes han sido, precisamente, las que han dado con muchas de las claves para convertir en general lo que era un sentimiento individual localizable, pero no exactamente expresable, en el género (el humano, claro). Una de esas claves fue el amor, antiguo, ya universal, fuga o juego, reto o claudicación con, frente o contra la muerte.
Lo que Antoni Tàpies viene fundamentalmente a demostrarnos (pero, ante todo, a demostrarse) es el manejo de alegorías, emblemas, pecios, ritos e instrumentos que, distorsionados o no, abstraídos o evidentes, rinden homenaje ancestral a la instrumentalización de una de esas tensiones básicas del ser humano que pretende obviar nuestra certeza genética por medio de una de sus  distracciones. Sin pudor llama «amor» a una de sus reglas y lo manifiesta a través de la emblemática tradicional, aunque, aliado a un lenguaje más críptico, no desoiga la llamada de otras alegorías menos populares como la cruz, formada por ese poste vertical del eje del mundo y el travesaño horizontal de la manifestación, es decir, símbolos ambos de conjunción o expresión de la meta final del amor verdadero. Sabe Tàpies, no obstante, que el amor, ese centro escondido que así llamamos, no es propiamente un lugar (aunque se imagine como tal), sino un estado; un estado justamente producido por la aniquilación de la separación. El mismo acto de amor, en lo biológico, expresa ese anhelo de «morir» en lo anhelado, de disolverse en lo disuelto.
Anclados a la tierra, los pies no pueden evadirse de ella sino por medio de la llamada al ritual, por medio de las palabras, por medio de quien las pronuncia, carácter que antes de ser verbo fue en verdad número que esgrimió el primer contable convencional, un logos que, desconocido en nosotros, forma parte, sin embargo, de nuestra herencia espiritual. No se trata, en efecto de razonar la expresión ahora (pues Tàpies habría elegido para ello otro camino jalonado de evidencias significativas), sino de dar cauce a un estado complejo que encuentra en el emblema un modo trascendental de decir sin necesidad de articular un lenguaje reconocido. A esta herencia ancestral da el pintor todo el valor que nosotros seamos capaces de descifrar en su ofrecimiento que, además de generoso, presenta, justo es decirlo, los máximos caracteres de lo vivo.

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~ por forega en febrero 16, 2010.

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