Un poeta ignorado: Jean Pierre Colombi (“Lecciones y alegorías”)

Heinrich Pflaum —quizá exageradamente— ha llamado «poesía fotográfica»a la lírica que toma su impulso de la contemplación y vierte así, en la escritura, una dinámica descriptiva. Tal vez Pflaum tenga razón; pero fijémonos en el fotógrafo: debe enfocar primero, encuadrar después, elegir un diafragma que atenúe o intensifique la luz y le proporcione una profundidad de campo para difuminar o perfilar el entorno del objeto que fija. Y toda esta manipulación personal es ya medio y atributo del arte. Efectivamente, Jean Pierre Colombi —cuyo libro Lecciones y alegorías apareció en 1992 en Olifante, con traducción e introducción de Ángel Crespo— ve, aunque también imagina, le parece o le penetra ese ámbito en el que se compromete. Las más de las veces coge el trípode, sujeta la cámara y es él quien forma parte integral de la fotografía, inmerso entonces en su lirismo, en la subjetividad policorde, y deja, autónoma, a la cámara para que actúe. Él, en todo caso, será más tarde el revelador («la fotografía es el arte más noble», ha dicho Dalí).
Y es que habíamos olvidado casi todo de aquel sensualismo dieciochesco con que ahora nos regala este ilustre poeta galo, tan recurrente en la historiografía poética, pero tan inusual, a la vez, hoy, de manera que su lectura nos recuerda indefectiblemente al Condillac pensante que atribuía a la experiencia de los sentidos todas las formas del pensamiento individual. Y en Colombi esta idea es objeto de una verdadera rehabilitación: la naturaleza recupera sus derechos; para el poeta sólo cuenta el mundo que le rodea, en el que intenta afirmarse; identifica a la naturaleza con aquello que primero existe en él —en nosotros—, con lo que viene de un estado espontáneo, instintivo, sensitivo. Pero no basta: la naturaleza de Colombi posee además un sentido activo; expresa, sí, su carácter ideal, aunque no ignora el real: su forma y el tamiz para que esa forma adhiera a la emoción un sentido, y ese sentido, retrotraído al senso iluminista (al contrario que algunos colegas italianos de su generación —Lippi o Coletta, verbi gracia—, invasores de una naturaleza «social», vivencialmente externa, ecológica), es el de la serenidad, cósmica, de raigambre panteísta, el de la existencia en el paisaje —y excuso la osadía del término— como paisaje visto, pero recordado, meditado, sentido, transfigurado…; sencillamente —y es tanto— vivido. Porque, en efecto (y no digo sino lo que Lucrecio), la naturaleza existe y adquiere su sentido en función del hombre y son las «vivencias» de éste las que otorgan a aquellá su verdadera dimensión.
Lección clásica, ejemplar, la del poeta marsellés, cuyo vuelo sobre España extiende su clara sombra serena por encima de nuestra última proclividad dramática si no irónica.

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~ por forega en enero 8, 2010.

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