EL CONTEXTO SOCIAL ACTUAL DEL AUTOR. PROPUESTA PARA SU ADHESIÓN A LA SEMÁNTICA DE LA IZQUIERDA

Walter Benjamin dijo en 1934: es necesario depositar toda la confianza en la espontaneidad del carácter revolucionario de la producción artística, y añadió: la “alta calidad” de una obra de arte es garantía suficiente de ese carácter.

Aunque la izquierda no tenga hoy una presencia decisiva en el escenario de la política, la actitud de izquierda no ha dejado de ser necesaria. Los creadores, los productores de oportunidades públicas para la experiencia estética, no han superado su disfuncionalidad respecto de lo establecido, ni perdido su capacidad de sentir que el campo de sus posibilidades de acción les está siendo usurpado y desvirtuado sistemáticamente por el funcionamiento omnímodo de la industria cultural. En un nuevo escenario de realización de lo político, la izquierda, como resistencia y rebelión frente a la modernidad capitalista, podrá hacerse visible, y en él pueden recobrar su validez los sueños vanguardistas de una relación liberada entre el arte y la vida. Y este sueño vanguardista que se dio un baño termal, curativo, en la iconoclastia (pero en la revelación de una rebelión aún no concluida) del Romanticismo y aun del Modernismo histórico como protovanguardia (lo ha dicho también Rubén Darío: “¿Quién que es no es romántico?”); este sueño vanguardista, venía diciendo, sigue siendo hoy atributo de la izquierda, ejercicio de la izquierda, finalidad de la izquierda. Pero no nos engañemos, el lenguaje estandarizado, como así han perseguido otras muchas estandarizaciones de nuestros hábitos de vida, ha concedido a ese término –“izquierda”- un significado anfibio, equívoco, salpicado de ambigüedades definitorias que velan, por ejemplo, por una economía de mercado que nada tiene que envidiar al tradicional y conservador concepto que para sí construyó la burguesía y cuya práctica ejecutan hoy (y desde hace tiempo) gobiernos que, aun denominados de “izquierda”, encubren protectorados económicos de vieja raigambre ideológica no precisamente de izquierdas. Esto puede observarse actualmente en la política española, o en la británica, o en cualquier otra que podamos espigar de entre los países regidos por un sistema parlamentario: cambian los gobiernos, sí; pero no se modifica el modelo socieconómico. Si, por razones urgentes, las insurgencias de los movimientos populares creativos, capaces, osados en su objetivo de acceder al poder, lo hacen, son tachados -como viene haciendo amplificadamente Mario Vargas Llosa, por ejemplo- de “populistas”, introduciendo en este calificativo una carga decidida y conscientemente despectiva. Así lo ha hecho el señor Vargas con Venezuela, con Bolivia, con la omnipresente Cuba, y en los mismos términos se habría referido a Perú y a Méjico si los poderes mediadores del capitalismo no se hubieran puesto de acuerdo para “despachar” a los candidatos populares.

Puede decirse que los ciclos freudianos se cumplen casi inexorablemente, y la resistencia de Cuba ha propiciado que lleguemos ahora a comprender casi en su plenitud (porque habría matices que aquí no caben necesarios para testimoniar su cumplimiento íntegro) no sólo la necesidad, sino la imperativa circunstancia histórica que ha procurado el resurgimiento de una civilización no agotada ni agostada; no rendida ni descentrada y que, tal vez ingenuamente, se creyó desaparecida hace ahora veinte años (caída del Muro de Berlín) tras la lapidaria frase del postmodernismo cómplice: “fin de la historia”. Pues no, no es el fin. Pudo anunciar la izquierda prístina “el fin del arte”, pero esta afirmación encerraba en sus entretelas estéticas el germen de su evolución (como fehacientemente puede constatarse). Pero el despliegue de la teoría del “fin del arte” fue igualmente político, en la medida en que pretendía señalar o registrar la profunda complicidad de las instituciones y cánones culturales, de los museos y el sistema universitario, el prestigio estatal de todas las artes elevadas, con la Guerra de Vietnam como una defensa de los valores occidentales. El recordatorio político es al menos útil en la medida en que identifica una procedencia izquierdista de la teoría del “fin del arte”, en contraste con el perseverante espíritu notoriamente derechista del actual “fin de la historia”, que pretende transmitir la convicción de que nada puede ser ya mejor que lo que el capitalismo ha conseguido y, por consiguiente, hay que dejar las cosas como están. La convicción de que somos ya incapaces de producir representaciones estéticas de nuestra experiencia actual. Pero si era y es así, se trata entonces de una terrible acusación contra el mismo capitalismo consumista o, como mínimo, un síntoma alarmante y patológico de una sociedad que ya no era ni es capaz de enfrentarse con el tiempo y la historia. El postmodernismo lo pretendió sin conseguirlo, y en su propia aseveración no advirtió, como así ha sucedido, su autodescalificación.

Esta misma corriente es la que ha ido poco a poco marginando del lenguaje ideológico (pero del lenguaje social) términos como “marxismo”, “revolución”, “pueblo”, “proletariado”, “obrero”, etc., aduciendo su anacronismo, y sustituyéndolos por socialdemocracia, oposición, ciudadanía, agentes sociales, empleado…

No es, sin embargo, sencillo encajar comprensiblemente el papel reservado al creador en sus diversas manifestaciones estéticas en este contexto social, dificultad que ha definido muy bien Terry Eagleton al afirmar que “la comprensión del presente desde adentro es la tarea más problemática que puede enfrentar la mente”. Ahora bien, si el creador advierte que puede ser precisamente éste su empeño, ya tiene mucho avanzado en su propia definición de “agente productor de cultura”, como habría dicho Walter Benjamín. Y es labor del creador enfrentar su posición a la del contexto dado, oponerse a las corrientes naturales definidas por las nomenclaturas de la “cultura institucionalizada”, atisbar más bien su curso para ensayar desviarlo, desbordarlo, embalsarlo… Y no es, por cierto, tarea fácil. Una de sus armas ha de ser el lenguaje y, en este sentido, se produce la paradoja de imponerse como objetivo desnaturalizar el lenguaje actual para naturalizarlo. Hablo de un lenguaje que hinca sus raíces en el lenguaje mismo, pero que ha ido extendiéndolas hasta otras manifestaciones expresivas polimórficas en las que tienen cabida, naturalmente, los modos de pensar y de vivir, los estilos de vida, los hábitos impuestos, la calificación política del bien y del mal (o de lo bueno y lo malo, que no es exactamente lo mismo); la compra-venta de los deseos, de los anhelos, de las aspiraciones objetuales, los términos de la posesión como garantía de vida, etc., etc.; es decir, todo aquello que afecta a todos por igual y tanto a nuestro antropomorfismo como a nuestro ontologismo; o sea, tanto a nuestra consciencia como a nuestra inconsciencia.

Aquella sociedad surgida en algún momento posterior a la Segunda Guerra Mundial y llamada hoy postindustrial, capitalismo multinacional, sociedad de consumo, sociedad de los medios, etc., con nuevos tipos de consumo, una obsolescencia planificada, un ritmo cada vez más rápido de cambios de la moda y los estilos, la penetración de la publicidad, la televisión y los medios en general a lo largo de toda la sociedad en una medida hasta ahora sin paralelo; la antigua tensión entre el campo y la ciudad hoy sustituida por el suburbio y el centro, por la capital y la provincia y la estandarización universal; el desarrollo de las grandes redes de carreteras y supercarreteras y la llegada de la cultura del automóvil… Éstos son algunos de los rasgos que han ido conformando nuevos lenguajes perfectamente distinguibles, pero que actúan como solapas de la diferenciación y que marcan una ruptura radical con la sociedad de la preguerra en que el Modernismo avanzado todavía era una fuerza subterránea igualmente reconocible.

En la historia del capitalismo nunca hubo otro momento en que éste disfrutara del mayor campo y margen de maniobra: todas las fuerzas amenazantes que en el pasado generaba contra sí mismo –movimientos e insurgencias obreras, partidos socialistas de masas y aun los mismos estados socialistas- parecen hoy en plena confusión cuando no están, de una u otra manera, efectivamente neutralizadas; por el momento, el capitalismo global parece capaz de seguir su propia naturaleza e inclinaciones, sin las precauciones tradicionales. Pero si de nuevo hacemos caso a la alianza freudiana de abuelos y nietos en contra de los padres, no nos hará falta un profeta que pronostique que de este cataclismo convulsivo resurgirá un nuevo proletariado internacional (que adoptará formas todavía no imaginables): nosotros mismos estamos aún en la depresión, y nadie puede decir durante cuánto tiempo vamos a permanecer en ella. Vislumbramos, en todo caso, movilizaciones incipientes que atestiguan ese resurgimiento y que actúan al margen de las corporaciones sindicales (convertidas actualmente en verdaderos ministerios con “empleados” funcionarizados atentos mucho antes a los desiguales pactos con la patronal o con el Estado para soslayar cualquier conflicto que a las reivindicaciones acuciantes de los trabajadores sumergidos en contratos de trabajo inestables, sin perspectivas vitales, exprimidos precozmente en la entrega de sus capacidades intelectuales o manuales). Esa incipiencia social y obrerista dio su primer aldabonazo en Seattle en 1999, pero siguió en Génova, en Göteborg, en Praga, en Vienne, en Barcelona, en Sevilla, en Zaragoza…, y ha ido adoptando diversas formas adaptadas a las problemáticas nacionales. Muy recientemente, ha sido posible asistir a acontecimientos de estas características en España a través de las concentraciones enraizadamente reivindicativas en torno a la denuncia del precio de la vivienda y la imposibilidad de acceso con dignidad a un hábitat urbano básico, denuncia de la especulación e implicación de las Instituciones en semejante estado de cosas.

Son sólo algunos ejemplos, muy superficiales[1], de lo que se está organizando desde instancias sociales críticas, comprometidas, concienciadas y, sobre todo, adeptas a un trámite que había llegado a ser casi marginal: la acción directa. La ocupación de las calles, la emblemática y la anagrafía original, creativa, del propio lenguaje reivindicativo. Y no bastaría con citar tales manifestaciones, sino que es necesario añadir cómo progresivamente van incorporándose a su “clase” segmentos populares hasta ese momento barbiturizados por la gramática estándar de la política egotista que había deslindado al hombre del ser humano autocomplaciéndose en un desarrollo social falaz en muchísimos de sus aspectos fundamentales[2]. En este contexto, pues, la tarea del creador es crucial, su adhesión a una nueva conciencia de “clase” no debería ser perdida de vista y su contribución desde la modestia como productor de cultura tampoco abandonada. Decir que esta nueva (aunque antigua) actitud es plenamente “moderna” hará sin duda reír a muchos: a todos aquellos que todavía identifican ingenuamente lo “moderno” con  lo “nuevo”.

El lenguaje de la identidad absoluta y la estandarización sin cambios cocinado por las grandes corporaciones, cuyas mejores ilustraciones del concepto de innovación son el neologismo y el logo y sus equivalentes en el ámbito del espacio edificado, la cultura corporativa del “estilo de vida” y la programación psíquica. La persistencia de lo Mismo a través de la Diferencia absoluta –la misma calle con diferentes edificios, la misma cultura a través de sinnúmeros maquillajes o líftines- desacredita el cambio, dado que en lo sucesivo la única transformación radical imaginable consistiría en poner fin al cambio mismo.

El Modernismo constituye, sobre todo, el sentimiento de que lo estético sólo puede realizarse y encarnarse plenamente allí donde hay algo más que lo meramente estético. Si Charles Baudelaire, con su conocida frase “extraer lo eterno de lo transitorio”, avanzó los conceptos perfectamente actualizables hoy en torno al significado de Belleza (palabra que debemos tomar en su sentido grave, análogo a lo Sublime y no en el gratuitamente vulgarizado de lo “Bello”), fue Oscar Wilde quien testimonió concluyentemente su contenido como la búsqueda final de lo Absoluto; o, en otras palabras, dotar esa búsqueda de Verdad. Éste es, con certeza, el objetivo hoy abandonado de la actividad creadora. Se ha impuesto el sentido de lo Bello como decoración, sin ninguna pretensión de verdad o, al menos, de una aspiración mínima a lo Absoluto. Y, a partir de aquí, estamos en mejores condiciones para identificar aquel advertido “fin de algo”: desde la perspectiva cómplice del postmodernismo, el “fin de la historia” no es suficiente; es necesario también el fin de lo moderno mismo o, dicho de otro modo, el fin de lo Sublime, la disolución de la vocación de la actividad artística de alcanzar lo Absoluto. La función finalmente social de lo Sublime, de la Verdad, de lo “moderno” (tarea principal, a nuestro juicio, del autor) es asumida por la Teoría; pero ello también da cabida a la supervivencia de lo Bello, que actualmente inviste el ámbito cultural en el momento en que la producción de lo moderno se agosta gradualmente. Ésta es la otra cara de la postmodernidad: el retorno de lo Bello y lo decorativo en sustitución de lo Absoluto y de lo verdadero, el abandono por parte del arte de la búsqueda de lo Absoluto y su redefinición como una fuente de puro placer y gratificación. Contra esta tendencia, contra esta apariencia de realidad estética deberá, en nuestra opinión, verter todos sus esfuerzos el autor que haya comprometido siquiera un ápice de verdad en su obra que la distinga de la adhesión a la mercantilización pura, tal y como estamos hoy comprobando con harta frecuencia: poetas que amplifican su dudosa experiencia al género narrativo; narradores que entrecortan sus discursos para adaptarlos a guiones cinematográficos; pintores que diseñan grafías para espacios limitados; músicos que fomentan la destrucción del patrimonio artístico para convertirlo en pasarelas… Adopción, en fin, de la notable tendencia histórica de nuestro tiempo; a saber: la inmensa expansión de la cultura y su mercantilización a los ámbitos –política y economía, por ejemplo- de los que estaban tan justamente diferenciados en la vida cotidiana del período moderno. En otras palabras, el gran movimiento de indiferenciación (del que el postmodernismo es el máximo culpable) ha borrado estos límites, haciendo económico lo cultural al mismo tiempo que convirtiendo lo económico en diferentes formas de cultura.

Hoy por hoy, como habría dicho Adorno, “somos hablados por el lenguaje” y cierta instancia no personal nos usa como su vehículo de expresión, auque podría ser más justo decir que el verdadero error del lenguaje fue desplazar a sus auténticos hacedores y permitir ser suplantados por las instituciones: son éstas las que hoy hablan a través de nosotros en forma de parodia cuya gravedad (equívoco de su ignorancia) creen a pies juntillas, y ensayan la letra muerta de pensamientos anteriores en una simulación de reacción.

En la perspectiva de izquierda, aceptar el carácter radicalmente antagónico (es decir, político) de la vida social, aceptar la necesidad de pertenencia a una clase, es, hoy todavía, la única forma de ser efectivamente universal.


[1] Una profundización en éstos y otros asuntos que tocan a la filosofía, causas, epistemología, efectos, crítica de los modelos sociales de consumo, los nuevos lenguajes del capitalismo avanzado, la estética de la estandarización, el autor como protagonista social, interrelación y beligerancia entre todos ellos, es posible consultando, por ejemplo, a Fredric Jameson, El giro cultural, Buenos Aires, Paidós, 2002; Sherry Turkle, La vida en la pantalla, Madrid, Akal, 2003: Terry Eagleton, Las ilusiones del posmodernismo, Barcelona, 2005; Walter Benjamín, El autor como productor, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1998; Fredric Jameson, y Slavoj Žižek, Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Barcelona, Paidós Ibérica, 2004, etc.
[2] España, por ejemplo, que es el séptimo país más industrializado del mundo, el noveno contribuyente en los presupuestos de las Naciones Unidas, y primera potencia mundial del turismo, cuenta, sin embargo, con un quinto aproximadamente de su población (ocho millones de personas) viviendo en el umbral de la pobreza.
About these ads

~ por forega en diciembre 23, 2009.

2 comentarios to “EL CONTEXTO SOCIAL ACTUAL DEL AUTOR. PROPUESTA PARA SU ADHESIÓN A LA SEMÁNTICA DE LA IZQUIERDA”

  1. Propuesta rechazada:
    ¿”ADHESIÓN A LA SEMÁNTICA DE LA IZQUIERDA”?

    Amigo Manuel: desde la perspectiva de la que disponemos las generaciones últimas, los planteamientos de tu artículo resultan incompletos e inactuales.

    Tu visión no difiere sustancialmente de la que podía obtenerse en los años 80 atisbando desde la misma trinchera. Adolece tal vistazo del defecto de su posición: desde ésta no pueden entrar en el campo visual las nuevas realidades emergentes que revelan la limitación de tu discurso. Asoman hoy nuevos desafíos para el entendimiento y el análisis de la situación como son, por ejemplo, las conclusiones socioeconómicas chinas, la emergencia de una nueva forma de contestación en el tercer mundo, Irán y el desafío islámico como actitud de antagonismo anticapitalista, o la inmigración y las políticas inmigracionistas tanto capitalistas como de izquierda (confluyentes en los mismos resultados y en la configuración de un mismo paisaje social del que ambos bandos buscan sacar partido).
    Todos estos fenómenos neutralizan el viejo discurso de clase que, sinceramente, sí creo agotado y superado por el estado de cosas: ni la nueva China donde capitalismo y comunismo se han encontrado a medio camino, ni el nuevo líder revolucionario de Bolivia rodeado de hechiceros tribales, responden a la racionalidad o al racionalismo de los viejos conceptos decimonónicos de clase y partido. Tampoco las poblaciones africanas empuñando el Islam como arma (aquí encajaría ese “nuevo proletariado internacional que adoptará formas todavía no imaginables” que mencionas). Por otra parte pienso, respecto a Hispanoamérica, que la técnica aniquilará seguramente con su abecedario, vocabulario y caligrafía todas las fantasías indigenistas. ¿Ludismo internacional, o Internacional ludista? Raro sería, tras el modelo que ha dejado Irán hablando bien alto el lenguaje de la técnica.
    Olvidas, además, que el futuro de la izquierda en las naciones acomodadas está pasando ya por apelaciones al localismo, regresiones a lo tribal, tal y como estamos viendo muy de cerca. También aquí adopta nuevas formas lo que podría llamar el “inconsistente colectivo”. La clase es sustituida por la alabanza de aldea y de la aldea en movimiento (la horda), donde el oponente no se llama “urbanidad” sino “capitalidad”, o cierta concepción de la misma.

    Tu artículo podría ser también una glosa o epílogo a Un mundo en construcción, de Alfredo Saldaña. Ambos disparáis flores contra un campo de Mayo. Hablas del lenguaje y de la necesidad de su transformación, pero observa que ese lenguaje que quieres oponer a lo establecido es el mismo que lo establecido habla, tal y como llegas a sugerir. El liberalismo lo creó, mientras que la izquierda por él engendrada (y en su parvulario educada) sólo puede acusarle de falta de asunción o aplicación de los principios construidos por ese lenguaje. Necesariamente, para transformar la realidad será preciso hablar otro lenguaje que no se corresponda con la “semántica de la izquierda”, heredada por todas las luchas que han acabado en tablas. Desde tu perspectiva y desde la de Alfredo Saldaña (Un mundo en construcción) sólo podemos seguir al tren montados en una renqueante vagoneta, poblando el paisaje con nuestros chirridos. El mundo en construcción de Alfredo es Babel: quién sabe si quedará de ella un hermoso fragmento, como en la pintura de Brueghel, o si sólo se escuchará la música sin canto, cuando Dios tome la palabra (como en la pieza de Stravinski). Desde tu trinchera nunca harás blanco en el enemigo, porque las oposiciones que planteas no afectan a la esencia y forman parte de un mismo cuerpo. Cuerpo, también, semántico. Son coyunturales cuando no artificiales, y en ningún caso amplían la posibilidad de un cambio cultural. Aquí es donde yo veo la auténtica “disfuncionalidad respecto de lo establecido” que mencionas. Mientras algunos discurrís por los mismos raíles que lo establecido (y su pretendida oposición académicamente aprobada) tal vez otros estén dinamitando las vías férreas como T.E. Lawrence.

    Observa que volver a plantear y reñir una partida en tales términos no puede conducir más que al empate técnico y la anulación de los opuestos en el miasma del pragmatismo; el cual incluye la relativa proletarización de la clase media y las relativas aspiraciones pequeño-burguesas en la clase trabajadora. La partida concluye en tablas y el mantenimiento cerril de las posiciones iniciales sólo puede conducir al delirio de uno de los jugadores, al torbellino de sangre de las FARC, a volcar el tablero y jugar entonces a la ruleta rusa como en la película El cazador, con una pistola cargada sobre el tapete… La intensificación hasta el estancamiento y el onanismo del discurso propio.

    El caso chino es históricamente ilustrativo, al mismo tiempo que la próxima Cuba se escabullirá muy probablemente por el sendero chino. Mencionas Venezuela y Bolivia, también, pero aquí más que nunca habría que recordar la ocurrencia del hermano Marx de que la historia vuelve a repetirse en forma de parodia.
    Enroscándose o reptando por los ejes de abcisas y ordenadas, las posiciones creadas por la dinámica del economicismo llegan al encuentro en el punto cero. La salida acaso se encuentre en lo inextenso: en la zambullida hacia el punto infinitesimal. Allí sí cobra sentido la labor del Arte en nuestro tiempo (para nuestro tiempo y a la vez para ninguno, como “Recherche de l’Absolu”). Aquí los objetos, incluso los fabricados por la moda, levitan, irradian. Nuevos ojos contemplan hambrientos incluso las producciones de la “nueva barbarie”, como las invenciones audiovisuales del cine comercial de masas, en busca de imágines abisales que reafloran insospechadamente en la superficie de los fenómenos. Pero… realmente ¿”este sueño vanguardista (…) sigue siendo hoy atributo de la izquierda, ejercicio de la izquierda, finalidad de la izquierda.”?

    El aprendizaje de un nuevo lenguaje para este tiempo y para crear las varas de medir del tiempo venidero, el deletreo de nuevas oraciones, todo ello debe remitirnos igualmente a una revisión del concepto de autoría, aparte de (por supuesto) el de la responsabilidad cultural e histórica del autor. También nuestro concepto de autor proviene de la era burguesa, y se halla extinguido hoy entre el vocerío de los mercaderes. Un aislamiento “novísimo”, un descenso a una olvidada profundidad ha de ser preciso… arriba, en la superficie, bullirán las enconadas polémicas de clase y partido. También el temor a la pérdida de la identidad del autor habrá de ser superada, ganando con ese trueque la superación de las ecuaciones personales (ya marginales y excluidas, o ya cómodamente encajadas en el sistema) “a cambio de esta vasta memoria” de la esencia primordial. El autor no se encuentra en una encrucijada social sino metafísica (que absorbe y condiciona su contexto social; también por tanto “nuestro ontologismo”).

  2. “Enroscándose o reptando por los ejes de abcisas y ordenadas, las posiciones creadas por la dinámica del economicismo llegan al encuentro en el punto cero. La salida acaso se encuentre en lo inextenso: en la zambullida hacia el punto infinitesimal.”

    Interesante ejercicio de onanismo seudo-literario

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: