Ángel Guinda: “Poemas para los demás”

Guinda y Forega en el Monasterio de Veruela (28 agosto 2009). Fotografía de Vicente Almazán

Ángel Guinda ha sido siempre un poeta beligerante, disconforme. Ángel Guinda ha sido siempre un poeta crítico, impugnador. Ángel Guinda ha sido siempre un poeta consciente, responsable. Y como todos estos calificativos resultan ser apéndices de la conciencia poética (sintagma que no cito aquí a humo de pajas), Ángel Guinda ha sido siempre un poeta honesto. Si lo ha sido siempre, en Poemas para los demás, lo es en grado mayor, y, muy probablemente, lo sea más en el futuro. Porque, contra lo que pudiera marginarse de un sustantivo así de concluyente, del sí es no es, la honestidad tiene sus grados. En el asunto de la poesía esta variable gradual resulta determinante cuando ha de juzgarse una obra. De entre los poetas de su generación (que es la mía), los ha habido que han enloquecido lúcidamente; quienes se han declarado excedentes; quienes no han sucumbido al síndrome de la isla y siguen sujetos al pecio de su falucha; quienes han agotado el tesoro bizantino; quienes han ensayado resucitar con escaso éxito la novela u otros géneros; quienes simplemente se han callado; quienes, también, han muerto; quienes, quienes, quienes… De entre tantos relativos, el nombre de Ángel Guinda destaca, en cambio, porque no ha dejado de escribir. Lo ha hecho escrupulosamente, afirmándose y retractándose, pero no ha dejado de escribir… De escribir poesía, ésta es la cuestión. De cuanto yo conozco, sé de dos antecedentes españoles que podrían ser sujetos similares de esta condición tan sensible a la conciencia poética (que vuelvo a citar con todo su tonelaje a cuestas): uno es Góngora; el otro, Juan Ramón. Aunque nos quedaríamos en la simple cita de valor relativo si no añadiéramos en seguida que a Ángel Guinda lo distingue una colosal conciencia de la vida y de la muerte.

Y quisiera añadir otro matiz: hay quienes —otra vez— traducen la vida como un discurrir de acontecimientos a los que se asiste con expectación y toman de ello lo anecdótico para escribir no una, no, obras enteras que luego acumulan precozmente en «obras completas»; hay quienes lo describen todo, todo; es decir, que lo describen sin conocer que esa «d» prefijal es una partícula negativa; hay quienes se estrujan el magín para dar con lo que creen el hallazgo aforístico especular, lo nunca dicho, para nuestra desdicha. Lo que distingue a Ángel Guinda de todo ese prosaico neospleen es haber entendido plenamente que la vida es, sobre todo, un conflicto existencial. Lo que para Aristóteles era tan querido, lo que para Nietzsche era un asunto central cobra valor relevante en la poesía de Ángel Guinda. No diré aquí que es el antecedente morfológico y argumental de muchas de las corrientes de los años 80 y 90 (bueno ya lo he dicho); lo que quiero de verdad decir, además de lo dicho, es que contiene su poesía un rasgo, ya metidos en el siglo XXI, realmente singular. Poemas para los demás atestigua de nuevo el talante romántico de Guinda. Poemas para los demás es un libro romántico no únicamente en su movilización, sino en su construcción verbal. La tensión extrema con la realidad, las consignas que parten de un yo consciente del liderazgo lírico, la conciliación empática que rinde homenaje humano a la solidaridad, la refutación de los estándares sociales, el boicot léxico, la denuncia del orden político-moral, la introspección crítica del ego sum y la entrega incondicional del ego in vos, la contestación de las iconografías éticas, su desafío censor, la insubordinación, por fin, de la conciencia y su rebelión contra las categorías sociales resultan, todas ellas, muestras de un conjunto opositor presente en Poemas para los demás y capaz de traspasar el límite de la evidencia formal para instalarse en el ser humano.

Muchos somos ya los que pensamos que las democracias parlamentarias occidentales se han convertido en una sutil manera de represión, de esa represión que no lo parece, la que se cuela por las puertas de par en par abiertas de la información El capitalismo informacional, que ha terminado con el rigor crítico de las masas, abducido a los sindicatos, prevaricando, corrompiendo a sus cuadros, que ha sedado la capacidad analítica de los universitarios. En esta sociedad asentada en el deseo, en el puro deseo insatisfecho, en la que los políticos han suplantado a la antigua aristocracia, en esta sociedad inducida al pragmatismo neutro, hace falta recuperar el discurso lírico, levantar barricadas verbales y Poemas para los demás es un ejemplo mayúsculo, un libro agitador, subversivo. La obstinación de Ángel Guinda en este propósito no es nueva. Viene de lejos y siempre porque hubo una causa. Su manifiesto «Poesía y subversión» tiene casi treinta años. El almendro amargo es de 1989, «Sí al no» es de 1994. Su perseverancia posee el fondo de un proverbio. Es tozudo, como buen aragonés. Si Baudelaire se quedó atónito frente a las candelas y los escaparates de París; si Rimbaud se dislocó el alma para poder escapar de sus splendides villes, Guinda, para llevarles la contraria, miró y vio los acontecimientos de una realidad al margen de toda sublimación y de cualquier fuga, una realidad tangente a sí mismo que traza una línea secante en su corazón. Y esta inmersión profunda en la realidad que le rodea nos propone en Poemas para los demás una más honda reflexión sobre lo que pasa para soportar mejor su peso, pero, sobre todo, para transfundirnos un buen chute de plasma que nos conmueva y nos revele como seres humanos; nos devuelva, en fin, del coma. La indiferencia que muestran los trabajos híbridos de la última poesía española no casan bien con el útil realismo de nuestro amigo. Ángel Guinda, a sus sesenta y un años, ha recuperado muchos de los criterios estéticos de su primera madurez. Lo hizo ya en Claro interior, donde su romanticismo es tan evidente como en el libro que celebramos hoy. Blasfema y desobedece otra vez, como lo hizo antaño y como lo hará siempre; adoctrina y asesora para abrirnos, más que los ojos, el ánima en canal.

Tomemos el poema portical: «Entrevista a mí mismo» constituye, además de un testimonio vital, una declaración en cierto modo mística, y tomo aquí el calificativo en su acepción clásica; es decir en la absolutamente contraria a la que con gratuidad irreflexiva solemos concederle adherida a un no sé qué de indisoluble nexo religioso, cuando, en realidad, la mística no es más que un estado, un proceso sugerido y a veces concluido por medio del sentimiento y de la intuición, nada más que esto; nada más y nada menos que los fundamentos que han regido su vida y su obra indisolublemente unidas. «Entrevista a mí mismo» es, pues, un poema místico, henchido de sentimiento, abarrotado de intuiciones resueltas desde la atalaya de su edad. Pero no me resisto a afirmar que este poema es, más que nada, un testamento moral de primer orden en el contexto que ahora mismo nos sobrecoge y, desde luego, es el resumen de cuantos argumentos esgrimirá en las páginas siguientes. Este poema habla de poesía útil, de vitalismo, alegría, tristeza y pesimismo, de paz, de felicidad, de drogas, de sexo, de sensibilidad, de riesgo, de temeridad, de éxtasis de luz, de utopía… y habla, cómo no, de la muerte. Habla, por consiguiente de todos los asuntos que le siguen y son, por lo tanto, consecuentes. Y, ahora, tomemos el poema final: un epitafio. «A pie de página» está escrito para ser esculpido, al menos, de momento; porque nunca se sabe: quizá Ángel Guinda lo modifique o lo suprima. En todo caso, se trata de un texto que atiende a la provisionalidad estética, pero jamás a la (esta palabreja me la vais a permitir) previsionalidad recurrente. Lo que llama la atención es que ambos poemas están escritos en pasado por un poeta que vive intensamente el presente y habla continuamente del futuro. Esta superposición de tiempos cronológicos fue preocupación de Pound, y de Joyce, y de Eliot, pero sólo Pound advirtió con modestia que la tomaba de Propercio (a quien, por cierto, Luis Alberto de Cuenca rinde homenaje en un poema espléndido). Guinda ha hecho un escorzo con ambos poemas y se ha situado en esa picota conceptual encontrando a un entrevistador enmascarado, un personae, y a un redactor otro, distinto, sin dejar de ser él. Girando alrededor, haciendo oído o siendo testigo transitorio e inmóvil de la desaparición, aparece el lector invisible pero cierto. El que se encuentra en aquel lado, situado en el futuro. Semejante regate, la finta morfológica del poeta está pensada para pillarnos a contrapié, para rompernos la cintura. Este aspecto estilístico es el que con menor fortuna ha tratado la crítica guindesca, pero hay tiempo, aún hay tiempo para adentrarse en él, para comprobar cómo la poesía de Ángel Guinda reúne cuatro siglos de tradición literaria en un jardín sembrado de capullos y sin deshojar nunca la margarita. Hace bien poco (aunque no recuerdo en qué textos) me pareció advertir un aroma renacentista en sus palabras. Ya veremos.

Poemas para los demás, en su forma, en su contenido, significa, por fin, haber encontrado, por un lado, el brebaje del doctor Jeckyll con el que atosigar a los pusilánimes; por otro, la gota malaya para las cabezas de los neutrales y de los déspotas iletrados. Y, puestos ya a elegir, yo me pido el potro para aplicarlo con calculada precisión a unos cuantos poeticas y a muchas más poéticas. Omnia vincit verbum.

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~ por forega en diciembre 3, 2009.

Una respuesta to “Ángel Guinda: “Poemas para los demás””

  1. Bien, muy bien.

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