Jung: materia, espíritu

Muy probablemente, Carl G. Jung et alia (Jolande Jacobi, sobre todo) echarían sus redes exegéticas para explicar el porqué, el cómo y el para qué de la dualidad cuerpo-alma (vida-muerte), ancestral y procedente de las primeras dislocaciones de la conciencia del ser humano; dislocaciones de lo consciente que se ve fuera de sí y dislocaciones del inconsciente que se ve dentro de sí. Y esta disposición en apariencia paradójica, así formulada, parece que hoy ya no ofrece dudas respecto a su revelación científica (si entendemos, como es, la psicología y el psicoanálisis como ciencias curriculares). Revelación que, desde los primeros pasos freudianos, avanzó con la articulación de los arquetipos de Jung como iconografías comunes a todas las culturas. La aportación fundamental del suizo, en todo caso, fue establecer esos arquetipos como bagaje simbólico heredado (y, por lo tanto, susceptible de interpretación relativamente común) por todas las culturas. El asunto, no obstante, viene de lejos y está jalonado de matices en los que varía la forma de la iconografía y del “arquetipo”, pero no el fondo que desencadena el sesgo de la dualidad. La vieja metempsicosis oriental es hoy incluso una creencia de base mística que influyen también en la cultura de Occidente, pero después de eso, la distinción clásica physis-psiquis, que constituye la primera aportación digamos científica de las culturas y en las que la filosofía clásica jamás ha dejado ya de construir bucles interpretativos. Asunto que, por otro lado, se encuentra también ligado paralelamente a la distinción que en otro comentario hacíamos entre el onthós (lo esencial, el ser) y el anthropós (lo accidental, el parecer) y que tiene mucho que ver no sólo con la metáfora de la caverna platónica (que también citábamos en otro lugar), sino con el lenguaje y su traslación al concepto profundo de la imagen acústica que representan las formas distintivas de los verbos “ser” y “estar”.

Aquella reminiscencia platónica sobre nuestro “verdadero” ser frente a la engañosa apariencia de nuestra propia materia, enfrentó también al mundo de la alquimia hasta el extremo de encontrar explicaciones materiales indisolublemente unidas a un estado espiritual o, si se prefiere, mental. El mundo se ha explicado así desde entonces como un ejercicio de fuerzas de los cuatro elementos por los que, sin ir más lejos, ha de pasar también ese espíritu salido del cuerpo, esa alma migratoria hacia otro estado que se purifica en el fuego, o se diluye en el agua y se eleva en su estado gaseoso arrastrado por el viento para volver a la tierra.

Muchos serían los matices que aportar sobre este proceso que, en sus diferentes formas y análogo fondo han cedido cada una de las visiones místicas, desde la resurrección del héroe mesopotámico Gilgamesh, rescatado por su amada mediante la danza del reino de los muertos, hasta la resurrección de Cristo, pasando por la conversión en el Hades de Odyseo con Tiresias, el embalsamamiento del Faraón  como urgencia material ante la crisis final del espíritu y -¿por qué no?- el combate del torero con la encarnación en toro de su fantasma que, por cierto, mucho tiene que ver con la danza de la amada de Gilgamesh.

Vida y muerte; materia y espíritu; ser y estar; inmanencia y contingencia; tangibilidad e intangibilidad… son elementos todos representativos de una dualidad sobre las que la mística desde el rito sacrificial de la magia, y la ciencia desde la escurridiza definición de lo espiritual, han elaborado liturgias o catálogos filosóficos elucidatorios.

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~ por forega en octubre 7, 2009.

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