Arquitectura lírica: “Roma” de Ángel Sobreviela

PORTADA ROMA PARA AAE

Fuga salutem petere intenderunt

Roma jamás se rindió. Ni siquiera con Aníbal ante portam latinam. Superado este delicado trago, el derecho romano creó, de facto, una sociedad sujeta a la razón bajo un control legislativo para muchos modélico, pero que, a la postre, resultó ser su perdición. Roma fue tomada y destruida desde dentro, por los bárbaros, con el sentido que este sustantivo tenía coetáneamente para los romanos.

Aquella Roma que impulsó al abogado Javoleno Prisco a decir Amoenus piscor est ad Tiber cum eo centurionis, era una Roma republicana dichosa de sí misma y que todavía no tenía conciencia de lo que se le vino encima cuatro siglos después. Era una Roma guerrera, pero jurídica, conquistadora, pero procesal, que comenzó a repartir estatus de ciudadanía para favorecer un comercio que la enriqueció desmesuradamente. Plutarco describió muy bien aquella Roma debatiente y, en cierto modo, humana. Fue la era de los Césares la que, desde la atalaya de la riqueza acumulada, inició su irrefrenable declive, deshumanizando las conquistas y colocando en los solios, salvo alguna escasa excepción, a emperadores egotistas, esquizofrénicos, vengativos y pacientes de diversas patologías a cual peor que suprimieron el papel del Senado y abolieron la figura del Tribuno de la Plebe.

Pero esto es historia; historia, en todo caso, que concluyó con la frase con que he comenzado este comentario: Fuga salutem petere intenderunt, pues, en efecto, los miembros de la última corte romana (hacía tiempo ya cristianizada), buscaron su salvación en la fuga.

Esto es historia, pero es también historia esta Roma de Ángel Sobreviela, y lo dice: Ami propia historia es ya una historia@. Es la reconstrucción histórica de un paseante superviviente, una reencarnación del antiguo morador doliente cuyos ojos han transmigrado, metempsicotizado, hasta la que un día fue su ciudad excelsa y esplendorosa. Ahora bien, lo hace con la conciencia de su ruindad, y lo hace desde Cesaraugusta, no desde Zaragoza; desde Cesaraugusta. Virgilio, poeta mecénico al servicio del fundador in pectore de Cesaraugusta, puso en boca de Eneas las siguientes palabras cuando argumentaba la razón de abandonar Carthago y a Dido: Mens agitat molem. Idéntica razón puede argüir Ángel Sobreviela para su refundación de Roma. Una idea empuja su cuerpo: sube a la nave y se embarca hacia su destino; en todo caso, un destino épico. Y lo dice él -no sólo yo- en estos versos:

Aprendía obediencias desconocidas.

Pero ante todo el cuerno épico.

Lo dice precedido de los poetas ya desaparecidos que miraban con sus ojos el árbol, la piedra, la iglesia entre los edificios y de los que acogía, sumiso, cada una de sus voces. Pero también lo dice en esta apelación: AHe cantado mi epopeya entre las ruinas@.

Los ojos del poeta han recurrido a las páginas del arte, a sus referencias toponímicas y ha construido un espacio nuevo sobre el antiguo; no se trata de una simple descripción ni de una simple narración; tampoco de un relato a base de catálogos nominales. La construcción es poética y, como haría más tarde en su Epístola desde Cimeria, la perfila una disposición eminentemente lírica. Roma es el espacio físico dado, una realidad que ha sido visitada por otros con análogos o similares ojos. El poeta lo sabe; sabe que por allí han pasado el ubicuo Torquato Tasso, que Goethe inauguró el hábito del amor a la tradición con sus visitas a Roma (donde, por otra parte, perdió a su hijo), que Freud escribió en Roma su primera carta en español, que en Roma fue asesinado el filósofo Giovanni Gentile, que Visconti enrojeció los terciopelos del Inocente de D=Annunzio… Todos ellos aparecen citados como antecedentes visitantes eximios de la Roma que miran sus ojos. Una Roma en ruinas, con sus águilas rotas hundidas en el fango; una Roma pétrea, o, mejor, petrificada tras la mirada de la Medusa. Sobreviela nos lo advierte ya en el primer sintagma del libro, para que no haya engaños, y enuncia: ARoma medúsea@; Roma pétrea, por tanto.

Es Roma el espacio físico, pero sólo aparece citada en trece ocasiones. Prefiere Sobreviela utilizar los epítetos; lo hace profusamente: Ala impaciencia de lo eterno@, Aherida de la eternidad@, Agigantesco cadáver@, Ala gloria que resbala@, Alo que se hunde@, Alas venas del cadáver@, Atu frío@, Atu musgo@, Aaves heráldicas@, Aestos muros@, Asus siete cuerpos@, Aguirnaldas pétreas@ son algunos de entre muchos. No extraña, por lo tanto, que el visitante invoque a Némesis ante tanta destrucción, que invoque a Némesis así: AVen, Némesis@, y lo haga con el ánimo bien dispuesto para que la diosa equilibradora de la fortuna y de la desdicha, castigue a los causantes de la ruindad en su forma más furibunda.

Pero decía que es una construcción lírica. Debo decir mejor, que no hay duda de que se trata de una construcción lírica. El visitante oculta por lo general su voz, pero muchas veces se revela inequívocamente en ese yo lírico, al comienzo ya, cuando sentado sobre el monte Mario (la colina más alta de las siete romanas), confiesa: Ame senté a contemplar… rogando bendiciones de mi pluma y despertares del ser@ Allí, en esa colina, la cita apolínea viene a propósito en su esquema comparativo. El poeta quiere una lengua dorada sobre el papel también Ateñido de oro@ y registra así su pausa: ALa poesía detuvo su carro en un remolino dorado@. Si antes lo habían mirado los cien ojos del Coliseo como émulo del Argos de Hera, esos ojos antiguos, inermes, arquitectónicos, son ahora, sobre la colina, Alos ojos romanos vivos, ojos negros, océano de presentes esplendorosos@ los que le miran. Y esta transposición de tiempos no es ni mucho menos baladí en la estructura que Ángel nos propone. Si la movilización del libro Roma es de impulso culturalista, donde la abundancia referencial exige no pocos esfuerzos de memoria y de consulta a veces inabordables, es cierto también que existen claves que nos sitúan en el contexto, llaves que abren la puertas de la cripta escritural. De ahí que la cita de Mauberley, dicha al desgaire de unos interrogantes en estilo indirecto, denuncie su verdadero propósito, el mismo que Pound en su conocido Hugh Selwyn Maurbely, y este propósito se centra en la idea de la presencia simultánea del pasado y del futuro en el presente, la idea de la unidad de tiempo, consciente quizá de que todas las edades son contemporáneas. Y viene más a propósito por cuanto el propio Pound asevera ser su Marbeley una reescritura de Propercio (a quien por cierto, he citado sin nombrarlo al comienzo de mi intervención). Ángel Sobreviela parece seguir este esquema al que incorpora los dos modos del discurso: el monológico como manifiesta prueba de su lirismo épico y el diálogico, consistente en una secuencia seminarrativa compuesta de episodios disyuntivos mediante la adición de momentos líricos fragmentarios dentro de una coherencia narrativa. El propio Pound, pero también Eliot y Joyce cultivaron este sesgo estilístico en el que Ángel Sobreviela se desenvuelve a sus anchas. Una exhaustividad necesaria, pero aquí impropia, me impide poner ejemplos ilustrativos de lo que acabo de decir, por lo que me remito a que vosotros, lectores, os acerquéis, para comprobarlo, a los episodios, V, VI y VII, en los que el modo impersonal descriptivo de la narración convive con el diálogo en modo indirecto y el monólogo lírico, dando paso al modo dialógico y monológico en sucesivas secuencias. Superposición de planos temporales que se advierte con mayor evidencia en el tránsito de los episodios XIX a XXIII.

Al margen de este apunte formal -para mí muy interesante-, es necesario descubrir otros asuntos para una mejor interpretación del texto. Y es precisamente en el episodio VI donde el poeta, abrumado por la humillación de la Magna Roma, cuando contempla Ael arte de Roma arrastrado en sangre@, ahí, digo, casi como un improperio, grita: ARoma, erwache! Este (Despierta! como apelación enfática nada tiene que ver con aquel vehemente grito de Dietrich Eckart cuando lo arrojaba a las orejas de Alemania y lo convirtió, además, en canción. O sí tiene que ver. Sobreviela lo utiliza aquí como su analogía antónima. Porque, a ellos, a todos aquellos que han contribuido a la ruina de Roma, van dirigidos sus Acantos sombríos@, sus Acantos de dolor@, una especie de aplicación directa de la Ley del Talión de quien todavía nos desvela otro rasgo: su senequismo en otra cita culta: Nec Spe Nec Metu. Este Asin miedo ni esperanza@ que prosperó modernamente en otra obra épica y fantástica en boca Von Röbruck, protagonista de Los hijos del Grial de Peter Berling, pero que no pasó desapercibida a Fray Luis de León en su AContra el juez avaro@ (Ani el espanto ni la esperanza@, dice Fray Luis) ni a Gamoneda en el Libro del frío (AAhora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza@, dice el poeta ovetense), ni tampoco a Luis Alberto de Cuenca como epígrafe titular de una de sus recopilaciones poéticas, pero cuyo significado haya tal vez recogido Sobreviela en su más antiguo origen heráldico, o incluso de los comentarios a las leyes romano-bárbaras reunidos por Melchor Silesio en el Vitae germanorum  iureconsultorum et politicorum. Tenemos, por lo tanto, un elemento referencial multiplicador, una referencia que, en su papel exponencial podríamos trasladar a cuantas abundan en esta Roma escrita. Éste es un gran valor del libro que, sin duda, ruborizará a más de uno. Pero a lo que íbamos -que habría dicho Ortega y Gasset-. Llamará el poeta Amanzana de la indolencia@ a la más que célebre manzana de la discordia protagonista del juicio de Paris. Pero no es por casualidad el que la nombre así. Vista la ruina romana, la infidelidad que Sobreviela promete a Venus resulta más que coherente con una actitud que desencadenó la guerra de Troya y, consecuentemente, su destrucción. Enemigo de todo lo que atente contra la belleza, el poeta afirma: Aseré su gusano@, el de la manzana, que no el de Venus; podríamos decirlo de otro modo más séptico: muerto el perro, se acabo la rabia. Hay más en este referencial alarde rococó: el poeta ha sido bautizado en la Fontana de Trevi, ni más ni menos que en el punto donde, originalmente, se situaba el Aqua virgo del antiguo acueducto romano, agua virgen, pura, por tanto, y contraria a las veleidades lúbricas de Afrodita.

Dentro de este mundo referencial, Roma es naturalmente la protagonista, aunque se me antoja una ciudad cuyo visitante es hipotético; quiero decir que el poeta ha estado allí, hasta afirma con convicción que ALa vida comienza hoy y en Roma@, pero Atu dolor comienza hoy y en Roma@. Dos afirmaciones muy significativas dentro del cuerpo textual por cuanto determinan la tarea del poeta, su trabajo hercúleo cifrado en poema, en un carmen que encarga a su alter ego: AVoy en tu busca, mi Eurídice@ es una proposición con elipsis en la que el término elidido es naturalmente Orfeo. Pero el hombre que le antecede es y está de y en Cesaraugusta: Ángel Sobreviela no parece haber pisado esa Roma republicana y augustea en la que -nos dice el poeta- ATodavía hay belleza, pero ni un latido@. Esa Roma de la piazza del Popolo, antigua Via Flaminia, y del Capitolio, colina rodeada por otra piazza diseñada por Miguel Ángel, revelaciones todas que entroncan con una disposición artística envuelta en la conciencia estética del hombre y de la que se sirve el poeta con la cita profusa de paisajes pictóricos, bóvedas, capiteles, arcos y columnas, manchas de color, brochazos negros, puntos de luz sobre gruesos empastes, pinceladas verticales, paredes barrocas…

Sin embargo, es Medusa la que marca el ritmo, Medusa la que de, cuando en vez, aparece con su mirada petrificadora. )Quién podrá cortarle la cabeza? Perseo no aparece por ningún lado; sin embargo está Malory, Malory y su Arturo, y su Excalibur. Tal vez corresponda a esta espada y a su poseedor emprender la tarea de la decapitación. La superposición de planos temporales daría pábulo a esta posibilidad; y está Karl Moor, ese Robin Hood alemán que Schiller heroizó en Los bandidos, porque también la presencia del pasado en el presente lo aprobaría. Lo ha escrito desde Cesaraugusta, así lo señala su pie datal. )Y qué? Tampoco Platón se llamaba Platón, sino Aristacles; ni los ingleses inventaron el fútbol, pues era el propio Platón quien tenía entre sus principales aficiones practicar la Spheromaquia.

Y termino: si la Roma de Sobreviela es una refundación desde la conciencia artística, una reconstrucción estética de la ruina, podemos preguntarnos: )es posible, realmente, una refundación? Desde la poesía, sí. Sólo la poesía es capaz de fundar a partir de la ruina, y esta Roma es la prueba.

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~ por forega en septiembre 17, 2009.

Una respuesta to “Arquitectura lírica: “Roma” de Ángel Sobreviela”

  1. hola me llamo selena y yo creo que en roma la super posicion de planos tenporales daria pabulos a esta posivilidad .

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