Luis Alberto de Cuenca

No presentaré a Luis Alberto de Cuenca como el personaje que todo el mundo conoce. Su dilatado currículum es exponente de sus cualidades poéticas e investigadoras. Los menos advertidos encontrarán en las páginas de presentación de sus libros todos los datos necesarios. Lo que quiero es relataros (si me permitís la arrogancia) cuál ha sido mi relación con el poeta y con el hombre desde que leí sus Elsinore y Scholia, y los leí con gusto. Yo era de los que pensaban como él, y como el grupo poético al que pertenecía, que la poesía debía dar un giro y volver sobre sí misma, abandonar los prejuicios puramente ideológicos y ser ella, con sus vestiduras, con sus afeites, pero también con sus fondos, con sus almas y sus corazones. Pero yo estaba suscrito a la Revista Poesía y recibí puntualmente el volumen conteniendo los números 5 y 6 de esta publicación apreciadísima editada con el mimo y el cuidado de Gonzalo Armero, cuyo depósito legal era de 1978, aunque su cronología correspondía al “Invierno 1979-80”. Había allí un artículo de Luis Alberto de Cuenca encabezado con el epígrafe La generación del lenguaje donde aparecía el grupo embrionario de esta ya conocida como tal Generación: Ramón S. Mairata, Eduardo Calvo, Javier Lostalé, Luis Antonio de Villena y el propio Luis Alberto en una fotografía junto a su reconocido y reconocible maestro Vicente Aleixandre. Luis Alberto y Luis Antonio han tirado p’adelante; no así el resto, a los que he perdido la pista, con excepción de Javier Lostalé, a quien todavía escucho en El ojo crítico y en Radio 5 todo noticias sus estupendas crónicas y reseñas literarias. Y aquel artículo me dejó pasmado: da algunas claves estéticas, temáticas y referenciales de esa nueva manera de hacer poesía, pero todo él se tiñe de lo que me pareció entonces una impertinente petulancia; tanto que en seguida que tuve ocasión (en un trabajo de investigación universitario sobre Villena y en el número primero y único de la hermosa revista Lapsus Calami) me abalancé sobre el contenido de ese lenguaje exegético y arrogante. Confieso aquí mi aquella desazón crítica, mi decepción, y enfilé a Luis Alberto. Dejé de interesarme por él durante cinco años, los que transcurrieron desde la fecha de aparición del reiterado artículo hasta el día que Ángel Guinda me regaló La caja de plata. Y volví a quedarme pasmado, esta vez con la brillantez de este libro, tanto que lo leía una y otra vez, y me lo llevaba de viaje, y lo tomaba de mi mesilla cada noche, y me exaltaba con su amor escrito, y sus iconos históricos y literarios (“Romeo”), y sus mujeres mentirosas, o brujas urbanas (“La bruja de Madrid”), o magas nórdicas, y me entusiasmaba leer una y otra vez estos chulescos endecasílabos de “La mentirosa”: “invéntate otros juegos, vida mía, / que el premio del engaño es el olvido. //” Se le concedió el Premio de la Crítica de ese año 1985 por este libro trascendental.

Volví sobre Luis Alberto reconfortado, me olvidé de aquel desliz articulado por sus palabras de 1978. Y tomé más tarde entre mis ojos El otro sueño, segunda parte de La caja de plata, y volví a enamorarme de Julia, de la noche blanca*, de Rita, de Sonja la roja*, del sol de la vida…, tanto que me apresuré a escribir sobre las magnificencias y singularidades de esos dos libros que en realidad son uno: si mal no recuerdo, fue en el desaparecido periódico zaragozano El Día.

Quiso la casualidad que ese mismo año, 1987, me presentara a la convocatoria del premio de poesía del CSIC, y que Luis Alberto estuviera en el jurado, y que mi libro fuera el premiado. Se trata de un premio doméstico, nada importante; pero sí lo fue que sobre él recayera el juicio de Luis Alberto. Nos telefoneamos y, en la primera ocasión que tuve, lo visité en su despacho del Instituto de Filología, en Duque de Medinaceli, no sin pudor por mi parte. Supe entonces del Luis Alberto de carne y hueso, elegante, bien parecido, amable y fácil conversador. Y, en el mismo Ford “Fiesta” rojo a cuyo volante entrega su soneto en heptasílabos (pág. 140), me llevó a comer a un restaurante coreano. Le pedí un prólogo para He roto el mar (que así titulé mi libro premiado), y, con su proverbial generosidad, lo escribió. Escribió un prólogo amable, llevado por la calidez de aquel entrañable encuentro de primavera. Este año Luis Alberto obtuvo el Premio Nacional de Traducción por El Cantar de Valtario.

A partir de entonces se sucedieron los acontecimientos: se le nombró Director del Servicio de Publicaciones del CSIC y, en seguida, Director de la Biblioteca Nacional. Durante este período, mostró nuevamente su generoso talante y entregó desinteresadamente a Lola Editorial una recopilación de ensayos que apareció con el título de Bazar en 1995 y cuya portada, azarosa y felizmente, fue diseñada por Gonzalo Armero. Una coincidencia que se une a otras, porque yo también interrumpí los estudios de Derecho para licenciarme en Filología; su hija Inés y mi hija Berna tienen casi la misma edad con dos meses de diferencia.

Durante años estuvimos intercambiando esporádicos envíos de libros. Alguno suyo llegaba hasta mi buzón y en su buzón se iban colando los volúmenes de la colección “Libros de Berna”.

Se le nombró Secretario de Estado de Cultura, y todos pudimos apreciar con qué discreción ejerció su cargo; sólo un poeta podía hacerlo así, y esa responsabilidad política para nada le impidió seguir incrementando su bibliografía, para nuestro bien, naturalmente.

Luis Alberto de Cuenca ha desenmascarado a los héroes con sutileza e inteligencia; ha descrito la traslación a nuestro presente de los mitos clásicos y reinterpretado como nadie su significación contemporánea. Ha traducido incansablemente para revelarnos muchos textos desconocidos en castellano. Lector impenitente, es un verdadero amador de los libros, pero también acariciador de sus lomos y, como buen amante, les mete mano  por todas partes sin dañarlos.

Por fin, un gesto más de su munificencia dio sus frutos y, hace un par de años, nos obsequió con Diez poemas y cinco prosas, nº 19 de la colección “Libros de Berna”, que de nuevo nos habla del amor, y de amistades antiguas, y de la adolescencia.

“Tengo en mis ojos sendas nubes de muchachas”, apreció un Tristan Tzara ebrio de amor. Y no le anda a la zaga en observación tal Luis Alberto de Cuenca. Con diferentes registros, con matices y tonalidades menos severos, pero con semejante intensidad, Luis Alberto de Cuenca  ha sido y es un poeta del amor, como lo fueron Pedro Salinas o Pablo Neruda, como Bécquer, o John Keats, o Rainer Maria Rilke, o Karel Mácha, o Giaccomo Leopardi, o Patricia Cavalli, Safo, Catulo, Montemayor, Gualtero, el Arcipestre, Mandiargues… Su nombre es también el de todas las mujeres. Este antológico libro de poemas lo prueba.

Anuncios

~ por forega en agosto 24, 2009.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: