RÀFOLS CASAMADA

Hacerse con un espacio cromático no depende del cálculo, de la previsión, del diseño; preconcepción, plan, medidas (tomar las), no surten efecto cuando lo que actúa en la ejecución de una forma de expresión artística es el instinto. En estos casos, la capacidad intuitiva del actor protagoniza cada uno de sus actos; resuelve, dotado (o superdotado si nos referimos a Ràfols) de esa facultad como instrumento natural de su trabajo, un problema espacial de no sencilla síntesis.
A lo largo de su cronología artística el pintor barcelonés ha dado sobradas y magníficas muestras de ser un hábil y excelentísimo artífice de la cromatía. Ha deformado las formas hasta hacerlas radiografías esquemáticas de una memoria para él sólo figurada; sin embargo, nos ha devuelto no solamente la capacidad para centrar nuestros ojos en un espacio extraordinariamente preciso, sin accidentes quiero decir (al menos sin accidentes que inquieten o trastornen), sino que ha recuperado por mor de su buen azar la gran tradición cromática mediterránea. Al este, donde su recuerdo sorollesco es bien patente, tiene el mar, en efecto, esos azules, y sus olas los espumosos blancos como máculas rotas del océano, y el horizonte otoñal esos velos grisáceos, y la arena los ocres cálidos iluminados por su pincel y por su intelingencia.
Pero si Sorolla está presente en Ràfols, no es menos cierta la perentoriedad (de la que todo artista que se precia usa) con que se expresa cuando ha de acudir a la esfera de lo privado, de lo íntimo (sea o no transferible). Si el proceso técnico, si la definición estilística, si la maestría para encerrar el color en un marco son los mismos, el conflicto (o la referencia) es, en cambio, distinto. Por consiguiente, el color toma otras «formas»: se oscurece o se diluye hasta casi difuminarse. Si los Talleres, Accio, o Díptico holandés, v.g., son formas definidas por el color sin duda, aunque lo sean como las reminiscencias valencianas, resultan, empero, extraídas de una traducción emotiva personalísima, interior, recordatoria inmediata, emblemática, más honda.
Todo lenguaje pictórico es lenguaje de traducción formal, pero lo es a su vez de interpretación emocional, que usa de una sintaxis diferente a la común y cuyas reglas, paradigmas y tropos sólo el artista conoce y sabe expresar. La pintura de Ràfols-Casamada precisa en este sentido, con más razón, ser interpretada (y es digno propósito) con la misma disposición que él la atestigua; es decir, con una gran dosis de intuición a la que nadie es, a priori, ajeno. Ensayar hacerlo constituye ciertamente un grato ejercicio.

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~ por forega en enero 24, 2009.

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