RAFAEL NAVARRO: LA CONVICCIÓN CONVINCENTE

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Lo he recordado en numerosas ocasiones y por motivos diversos, pero itero de nuevo semejante manía reveladora: adujo Dalí: «La fotografía es el arte más noble», y lo que aparentemente resulta de tal afirmación, que apruebo, es prueba fehaciente de su índole significativa: arte y lealtad en conjunción respectiva con sus respondientes aspectos técnico y humano. Tal es la perspectiva primera que debemos encontrar en Rafael Navarro. Lo demás es la añadidura; es decir, el hermoso resultado de la comunión, la bella consecuencia de la unión —tan poco común— del rapto emotivo (azar puro) y la meditación técnica (arte más puro —y no, aunque también, purista—). Táchese lo que no proceda, pero yo no me apeo y en lo dicho me fundo para advertir de nuevo que la lírica —repentina destilación de un complejo mundo de conceptos, concepciones, ideas, emociones tendidas, en tensión, agónicas, resuexcitantes, símbolos cardinales…— se presenta en imagen bien definida, halla marco precioso en la fotografía de Rafael Navarro.
La lírica de la narración en imaginativas imágenes, en dramas carnales; la atracción del tiempo para abandonarse y abandonarlo en sus trasuntos objetuales, la dilución de lo imaginado en sutiles sombras deshechas por la mano de la nada… se elevan por encima de toda sospecha azarosa aun siendo el azar principalísimo desencadenador, liberador generoso de una conciencia artística pre-vista en cada toma y cuya intuición —rasgo distintivo de la ciencia— transmuta armónicamente al lírico en científico o viceversa para ofrecernos la magia del escorzo, el gesto inverosímil, la óptica descompuesta del orden desordenado que se ordena. Rerum concordia discors, o caos, ante nuestros ojos se muestran para abismarnos y hacer de ellos pertinente y pertinaz instrumento de búsqueda que ilumine lo oscuro, que descifre el misterio no sólo de la inverosimilitud formal, espacial, geométrica, sino que encuentre también los nexos, conjunciones y disyunciones, las llaves que desvelen, que revelen el drama sustantivo y genésico humano; ese algo indescifrable ante el que nos inclinamos y cuya traducción no encuentra signos en ningún lenguaje o sólo quizá sí en la gramática de los sentidos, Babel del corazón que sólo en sí mismo y a sí mismo se comprende y descifra: el instinto primigenio del hombre formulado en su asombro ante la belleza universalmente cifrada; esto es, la belleza que nos rinde en su cesión y entrega, que nos sume en la certeza de que lo bello no se anda con cortejos. Belleza desnuda, limpia —ésta es la verdadera liturgia de su ritual— en su insumisión frente a la obediencia acalófila e impúdica de lo bonito.
Mirar para ver y creer lo que se ve, sin engañarse: con-fundirse en la visión y no equivocarse. Con-vencerse con la belleza de Navarro.

~ por forega en enero 24, 2009.

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