POESÍA ITALIANA: ANTONIO SAGREDO EN SU QUIMERA

sagredotortugas

De aquella Italia de la que tanto nos hemos nutrido siempre los españoles, de la que tanto ha roído nuestra literatura («el país más hermosos del mundo», según solía decir Salinas a Guillén durante las sesiones de los tribunales universitarios de oposiciones), de aquella crátera donde se mezclaba todo género de buen gusto para ser tamizado con arte y sabiduría concluyendo en finezas estilísticas de irradiación universal, de aquel país en todo tiempo herido por las bárbaras multitudes, de aquella tierra en fin que supo hacer del pecado un axioma de vida, opina Antonio Sagredo: «Cosa dire di questa pallida Italia? L’Italia dei poeti è una chimera! Il poeta italiano non è affato amato dagli italiani; come gli italiani non hanno mai amato la natura» (1).
Antonio Sagredo, a quien no puedo creer desconocedor del argumento de sus clásicos primitivos; azaroso homónimo del más íntimo amigo de Galileo, nos llega de Roma pataleando y con su lengua insatisfecha. Podría ésta considerarse su primera aparición pública en España (2). Como en ocasiones precedentes, y con la exquisita anuencia de sus redactores, he gustado de presentar, a través de estas mismas páginas, anónimas muestras de poesía foránea sin atribuirme en rigor el mérito de su descubrimiento. Con Sagredo, tentando acaso la incredulidad o la puntual información de los lectores, itero esa manía reveladora, en esta ocasión con un poeta representativo de la corriente dominante de los últimos creadores italianos. Con excepción de la muestra ofrecida por Olifante, poco, muy poco, sabemos de la joven poesía italiana. Quizá una osadía de Mondadori en España pueda acercarnos a nombres que apuntan altísimo como Cavalli, Lippi, Coletta y, sobre todo, Giuseppe Gofredo y el propio Antonio Sagredo, todos ellos excluidos de la selección que Pietro Civitareale elaboró para la edición zaragozana.
Sagredo viene, en cierto modo, a amalgamar el gusto por una poesía de extracción onírica y alucinatoria y la denuncia (renuncia a la vez del mecanicismo generado por la sociedad industrializada que muestra en el germen mismo su insensibilidad y sevicia) inequívocamente —si se me permite— romántica del desacomodo, del tedio que el «mundo» origina en el poeta. No extraña, por consiguiente, que sea la misantropía su rasgo más acusado, que su norte esté prefigurado en una invocación al silencio, que sea el caos su verdadero orden, que su escepticismo le conduzca a habitar el mundo de los muertos y que por fin constituya la capitulación materia insustituible de rebeldía. No puede decirse que Sagredo se apoye en una lengua sincretista, como lo haría, verbi gratia, Coletta, aunque sí la estratifica; tampoco concibe la poesía —así lo hace Lippi— como lugar de mediación intelectual, aunque transitoria y fugazmente materializa una terminología intelectual y tiende a intelectualizar la percepción —generalmente pesimista— de un entorno agresivo al que, con desenlaces trágicos (victimario y no víctima) desafía satisfecho del buen y seguro término de su vendetta. Poemas de honda tensión dramática, destacan inmediatamente por su actitud interpelativa, por la audacia de un intimismo que acude a la planificación puntual de un reto largamente guardado y meditado y que ahora, no exento de la consecuente timidez del misántropo, nos lanza a modo de guante en el que sintetiza un cúmulo de experiencias que debemos intuir porque jamás un lapso narrativo nos permite penetrar directamente en su estro.
La cultura francesa no ha creado (sí lo ha creído) prácticamente nada (y nada descubro, pues lo anotó ya Julio César en su De bello gaelico); sólo sus inteligentes destillations nos han hecho creer lo contrario. El simbolismo galo instituyó como falazmente francés el origen de esta corriente de la que Sagredo participa desde sus fuentes nativas (Tasso) y que la poesía italiana nunca abandonó; incluso d’Anunzzio, o Montale, por ejemplo, poco sospechosos de su confirmación, lo cultivaron no sin cierto luxus. El simbolismo de Antonio Sagredo se resuelve en consciente ejercicio estilístico, y añade un alarde: la elipsis como simbología y adivinanza, un umbral por donde entrever el significado profundo del mensaje y descifrarlo, aun a costa de exigirnos, cuando no inteligencia, sí un continuado esfuerzo en la lectura que estimula la sorpresa.
Bienvenido.
Nihil novum sub sole sed poesis vivax.

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(1) Carta de 4 de febrero de 1988.

(2) El poema de A. Sagredo «Yo que a la paloma niego el vuelo» fue publicado en los Pliegos de creación Malvís, Madrid, Kilómetro 0 Ediciones, junio (1988)

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~ por forega en enero 12, 2009.

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