EN DESMEMORIA DE LARRA

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En un trabajo aparecido originalmente en Italia (1), Juan Goytisolo pretendió, aunque con escaso eco en España (2), recuperar para nuestra más reciente historia la figura, la actitud y la estética de Mariano José de Larra, Fígaro. Por diversas circunstancias, como si su lúcido y fatal acabamiento le persiguiera, no ha gozado Larra del preeminente recuerdo que en fechas estereotipadas se dedica a otros nombres ilustres de nuestras letras. El centenario de su muerte coincidió con la guerra civil (1937), el esfuerzo de los noventaiochistas quedó en agua de borrajas, y sólo el entrañable homenaje que le tributaron en «Fornos» Ramón Gómez de la Serna et alia, con ocasión de los cien años de su nacimiento (1909), si bien de menguada difusión, restituyó a la memoria de entonces el talante artístico e innovador de un hombre honradamente preocupado por su país y sinceramente afecto a la causa de la «regeneración» española todavía, a pesar de todo, inconclusa.
Su pluma convulsionó los cimientos de nuestras más cretinas convicciones, arrasó vicios y hábitos y acometió, como nadie lo había hecho hasta entonces, la tarea crítica de todos aquellos síntomas que hacían de nuestro país un enfermo crónico sin esperanza. Mientras otros dedicaban sus esfuerzos a glosar las dudosas delicias de un aséptico casticismo, Fígaro abordaba con amargura y mala leche la labor de enganchar el vagón de España al tren Europeo. Una sociedad cosida a cornadas de conflagraciones internas, de pereza, de efímeros protagonismos políticos, de irremediable analfabetismo, de mendicidad y defección, necesitaba un boicoteador espontáneo que se lanzara al ruedo para despachar con valeroso temple y arte exquisito aquel marrajo de nombre «España»; su faena, sin embargo, sólo obtuvo el abucheo de la incomprensión absoluta o la sonrisa del paternalismo ignorante.

Nada o casi nada escapó a su censura en tan sólo nueve años de ejercicio periodístico-literario, anticipándose con ella a muchas de las ideas que hoy, con la desfachatez y el boato que no ocultan su manifiesta ramplonería, inundan la conciencia colectiva de nuestro país sin lograr suplantar lo más mínimo la lúcida conciencia de Larra, la más penetrante conciencia de España, que tuvo que batallar sola, aislada y cercada. La proverbial soledad de Mariano José no cabe duda que explica muchas de las claves de su obra, brillante, tensa y presidida por un sincero afán agitador de las conciencias. Tuvo admiradores y mecenas, pero le faltaban los amigos, y aun el único —el conde Campo Alange— fue muerto por los carlistas. Sus «conocidos» —Mesonero, Gil y Zárate, Bretón de los Herreros…— acumularon sonrisa tras sonrisa, amontonaban emociones cuando no vano pintoresquismo hasta elaborar un relicario de las peores rutinas tan fatuo como fútil. Sólo Larra asumió una actitud intelectual dirigente que hurgó en lo más hondo de nuestras ideas hasta su conmoción, pero cuya magnitud no logró penetrar el torpe entendimiento de sus contemporáneos. Fígaro murió de soledad. Los tres sepelios que conocieron sus restos —Fuencarral (1837), San Nicolás (1843) y San Justo (1902)—, ostentosos y de tumultuosas adhesiones, no fueron sino otros tantos clamores para acallar en las conciencias tanto silencio, tanto olvido injusto.

Pero si algo, para mayor afrenta, faltara a la memoria de Fígaro, sugiero una visita a «su» Madrid —como la que yo realicé en 1988  en compañía de Ángel Guinda— y comprobaremos, con el mismo estupor que supongo en otros visitantes precedentes, cómo el número 23 de la calle Segovia, donde nació, es hoy un solar desolado; cómo el primer piso del número 3 de la calle Santa Clara, donde se mató y vivió, nada conserva de su anterior estructura: a la ingenua esperanza que inundaba nuestro ánimo —por un momento adolescente— ascendiendo las mismas escaleras, siguiendo sus propias huellas, recogiendo en sucesivos garrampazos átomos de su vibrante energía en el pasamanos de madera, conmovidos e iluminados por su brillante tragedia, sucedió la decepción de encontrar su casa invadida de oficinas comerciales. Ni un solo vestigio había de la personalidad que la habitó. Ningún gobierno se ha ocupado de mantener próxima y latente, a través de esos signos evocadores, la memoria y la presencia de nuestros hombres ilustres, y ésta es una más de las «costumbres» que como un estigma llevaron impresa siempre los españoles.
Un túmulo coronado por el bajorrelieve de su rostro idealizado nos recuerda su ausencia en el “Panteón de Hombres Ilustres” del cementerio de San Justo. Ciento setenta  años han pasado desde su muerte. ¿No es tiempo ya de resucitarlo? ¿O es que deberemos confesar que Larra «permuere» entre nosotros?

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(1) «La actualidad de Larra», L’Europa Letteraria, II, 7, 1961.

(2) Recogido en Furgón de cola, París, 1967, y por Rubén Benítez en Mariano José de Larra, Madrid, Taurus, 1979.

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~ por forega en enero 12, 2009.

4 comentarios to “EN DESMEMORIA DE LARRA”

  1. ¡Cuánta verdad! Y otro ejemplo: un librito (de ficción) tan auténtico y revelador sobre Larra, “El corzo herido de muerte”, de Antonio Priante (Cahoba), apenas ha tenido repercusión. Una buena crítica en ABC cuando salió y poco más… ¿De verdad que estamos en el bicentenario del nacimiento de uno de los grandes escritores y primer periodista de España?

  2. En efecto, el próximo 24 de marzo se cumplirán doscientos años del nacimiento del que tú, augustbecker, llamas con propiedad uno de los grande escritores y primer periodista de España.
    Un saludo.

  3. Hoy, en el “Artes & Letras” de Heraldo (es 6 de febrero de 2009 cuando esto escribo), José Luis Melero habla de Larra con palabras más duras. Supongo que lo habrás leído.

  4. Perdón, es 5 de febrero, como el texto de abajo (ahora de arriba) muy bien se encargaba de recordar.

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