POESÍA CHECA: JOSEF KOSTOHRYZ (1907-1987)

El 24 de mayo de 1987, a los 79 años y medio, moría en Praga Josef Kostohryz.

Gracias a la mediación del gran eslavista italiano (y buen amigo) Alberto Di Paola, tuve la fortuna inmensa y la gran satisfacción de conocerlo durante mi viaje a la capital checa en 1985, y asistir en su casa de la calle Kosmická, en el barrio de Kosmonautu, a algunas de sus postreras reflexiones, las que mantuvo siempre hasta sus últimas consecuencias, las que esgrimió siempre en defensa de un talante espiritualmente renovador. Fue aquella una tarde inolvidable, llena de café turco y de garrillos Druzba.

Pero ¿quién es ese Kostohryz?, se dirá.

Desgraciadamente —y como ha sido costumbre en la historia literaria española más reciente—, sólo con cautela podemos referirnos a ciertas corrientes culturales foráneas que, por ignorancia, han escapado a nuestra advertencia. Esa ignorancia, de la que participo, no me arredra, sin embargo, supuesta mi confianza en que, añadida a los excelentes trabajos de Clara Janés, esta modestísima nota necrológica contribuya a conocer y a acercar un poco más la poesía checa a los lectores españoles.

Aquella tarde irrepetible mi recordado Josef lamentaba, con voz grave, la pérdida de dicción castellana (tradujo al checo buena parte de la obra de Álvaro Cunqueiro, a quien le unía, además, una mejor amistad); me informó de su dramática experiencia en medio del gran impacto que me producía la escasa importancia que otorgaba a su existencia; él, a su más íntima y particular historia; precisamente él, empeñado en hacer de la Historia, a través de la poesía, objeto de una reivindicación humanista universal contra el mecanicismo, contra el positivismo consumista. Su drama, estrecha e intensamente conectado a la proverbial tragedia del pueblo checo durante la última centuria, no es sino la experiencia y alegoría de la soledad no exigida, de la soledad impuesta, sobre todo de la paradigmática soledad del poeta, tan apremiante como patética tanto como sugestiva. Amigo incondicional de Jaroslav Seifert y de Vladimír Holan, cristiano neoconceptista, cometió el pecado de enfrentarse al nuevo concepto del cristianismo en su país, cometió, como Holan, el error de adoptar al respecto una postura intransigente, defendiendo y suscitando, desde hondos postulados filosóficos antes que confesionales, un debate entre cristianos y comunistas justo en el momento en que se les debía sustraer del nogatorio equilibrio en que estaban inmersos. No corrió, empero, la misma suerte que Vladimír Holan y fue por ello literariamente defenestrado en 1948 (sus últimos libros —Eumenidy (1981) y Melancholie (1984), aunque en checo, tuvieron que ser editados en la República Federal de Alemania: München, Poezie Mimo Domov—, suspendido su magisterio en la Universidad Karolina de Praga, procesado y condenado a muerte («No puedo más que sonreír. Con una triste sonrisa. La de un condenado.»), pena finalmente conmutada.

Dije en una ocasión —«Vladimír Holan: La passion de la résistance», Toulon, Ressif, XII (1986)— que la historia de la poesía europea de este siglo no podría elaborarse sin el concurso de la checa, y con este aserto aludía a la participación de la tetrarquía integrada por Nezval, Holan, Halas y Seifert. Me atrevo ahora a añadir que, del mismo modo que en sus comienzos este grupo hubiera quedado inválido sin el báculo programático de Karel Teige, tampoco hubiera podido sustentarse sin las exégesis (en el mejor sentido apologéticas) de Kostohryz y sin su propio concurso poético en la dinámica escritural del grupo, más escasa y menos referenciada, pero no por ello menos destacada, principalmente su Prameny ústi («Boca de manantial», 1934), sin olvidar sus aportaciones estéticas a través de traducciones de Apollinaire, Valéry y una inconcebible, aunque inacabada, de las Soledades gongorinas (Holan culminaría más tarde la versión checa de la Fábula de Píramo y Tisbe). De sus colegas lo diferenciaba la escasa atención que prestó a la poesía de compromiso social, generosamente incorporada por los demás y fundamentalmente por Nezval y Holan. Mientras esto sucedía, Kostohryz escribía «a una piedra» (At’ Zkamení, 1947), y en tanto Holan «resistía» su aislamiento absoluto en Kampa, Kostohryz daba forma acabada a su «Unicornio desaparecido» (Jednorozec mizi, 1969), síntesis de todo su padecimiento, el mismo del que me hablaba aquella tarde de 1985 con una asepsia estoica, escéptica, que confundía, pero que denunciaba al mismo tiempo el profundo conocimiento del dolor, del cansancio, y que se revelaba como la catástrofe de un drama cuyo desarrollo, desde el comienzo hasta la extrema amenaza del desenlace, cualquier otro pondría mucho cuidado en recordar. Él lo hizo más tarde en una carta que me envió poco antes de morir. Decía: «La poesía es hermana del llanto».

(1987)

~ por forega en enero 5, 2009.

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