LA NIÑA Y EL MAR (1990)

Para Berna

La niña y el mar

******

El marino y la niña

Papá, ¿por qué en las olas hay espuma?

—Para que sean blancas, hija mía.

Claro, se ven mejor. ¿Es blanco el día?

—El día es blanco, hija, si no hay bruma.

¿Y qué es la bruma, papá, un cuarto oscuro?

—Un mar oscuro que a los barcos pierde.

¿Pero no es siempre el mar de color verde?

—El mar no tiene ni el color seguro.

Con él me gustaría hacerme un manto.

—No, hija, sólo muertos cubre el mar.

¿Y no puedo a los muertos destapar?

—El mar los tiene presos en su espanto.

Entonces, ¿por qué quieres al mar tanto?

…Y el marino no supo contestar.

ninamar1

Hubo una vez una niña de seis años que fue de vacaciones a la playa. La playa tenía una arena del color de su pelo, pero también unas rocas grandes y oscuras donde se escondían los cangrejos y las conchas. El mar, que acariciaba esas playas con sus manos de agua, era de color azul, como sus ojos, y a veces verde, como los ojos de su papá. La niña ya había visto una vez cómo ese mismo mar se rompía y se salía por todas partes. El mar se rompió porque le empujaban unas nubes muy gordas y negras que le lanzaban rayos, y el mar se enfadó; se enfadó tanto que comenzó a gritar a las nubes; y tanto gritó que se desbordó. Por eso la niña llegó un poco asustada recordando aquella vez. Pero ahora el mar estaba tranquilo, y con su voz suave y sus risas le invitaba a jugar, con lo que la niña se puso más contenta que unas pascuas.

–«Oye, mar», preguntó la niña, «¿te enfadas muchas veces?»

–«No en verano», contestó el mar, «porque en verano estoy de vacaciones y me molestan pocas cosas. Pero en invierno siempre vienen el viento o las nubes a molestarme, y también la luna, que se ríe de mí y eso no me gusta. Es una marimandona que conduce mis aguas por donde ella quiere y me marea. Entonces me enfado y me pongo a gritar y a salpicar de agua las playas.»

–«Pero la luna es bonita», dijo la niña, «y reír es una cosa buena; me lo dice mi papá. Yo me río mucho y la luna me gusta. Pone caras muy graciosas.»

naufragio1–«A mí también me gusta y me río mucho con ella, pero a veces se burla de mí; se esconde detrás de las nubes para asustarme o me abandona durante unos días. Entonces me enfado. Pero cuando me visita por la noche lo paso muy bien; me hace cosquillas con su luz plateada o bota como una pelota encima de mi barriga por el horizonte. Otras veces nos vamos de carnaval. Yo me disfrazo de humo y ella de naranja.»

–«Un día me dijo mi papá que la luna era un lunar que le había salido a la noche en la mejilla. Un lunar es una peca, ¿no? ¿Tú tienes pecas?»

–«Sí», respondió el mar. «Tengo muchas pecas. Cada isla que veas es una peca de tierra sobre mi piel de agua, y algunas son muy, muy grandes.»

Así conversaron durante muchos días. La niña y el mar se hicieron muy buenos amigos, y tanto creció su amistad que un día el mar decidió revelar a la niña sus secretos. Le regaló conchas blancas de Almería en las que se escuchaba la voz de los tritones; le enseñó dentalios y jantinas, fólades y casis.

caracol–«Con estas conchas de colores», díjole el mar, «unos señores y señoras que vinieron aquí hace miles de años fabricaban cuchillos y cucharas para comer. También se hacían pendientes y pasadores, y diademas y collares; aquellos señores se llamaban Tartessos, y se llamaban así porque construían casas en forma de tarta de cumpleaños, pero sin velas porque no conocían la cera. También llegaron hasta aquí otros señores que se llamaban fenicios, pues venían de una tierra muy lejana donde vivía un pájaro que se llamaba Fénix. Este pájaro ardía en el fuego y, cuando se había quemado, volvía a crecer de las cenizas. Era un pájaro mágico y nadie más que él podía hacer semejante cosa. Esos señores fenicios nos enseñaron las letras en las que lees y con las que escribes. Pero ven; guardo muchas sorpresas para ti.»

(El mar tomó a la niña de la mano y la subió a una barquita con velas blancas transportándola suavemente sobre su espalda de olas dulces).

–«Mira», señaló el mar, «mira los arrecifes de corales; esos arrecifes son el arcoiris del agua y están llenos de pececillos de los mismos colores que el coral. También allí vive el múrex, que es una langosta de donde se saca el color rojo para pintar las ropas de los reyes. Y allí a lo lejos, ¿ves aquel surtidor que sale del agua como si fuera una fuente?, pues es una ballena; a veces va vacía porque, para respirar, necesita echar todo el aire que lleva en los pulmones. Aquellas alfombras que ves, plateadas y amarillas, son millones de pececillos diminutos que se llaman belinques y se los comen las ballenas. También los come la sardina; a la sardina la come el atún y al atún lo come el tiburón.»

carabelaLa niña prosiguió suavemente su singladura en la barquita con las velas henchidas de viento. No se mareaba, ni tenía miedo porque el mar esta vez estaba muy tranquilo, contento y hablador.

–«Mi papá me dice que guardas muchos tesoros.»

–«Así es. Guardo tantos tesoros como los hombres perdieron por culpa de su avaricia y ambición, y también aquellos otros que yo les robé cuando me enfurecía. Pero mis verdaderos tesoros no son esos, querida niña. Mis auténticos tesoros no los conoce nadie. En un abismo más profundo que alta es la montaña más alta de la tierra, guardo estomias y celacantos, que son peces ciegos, y otros peces luminosos, brillantes como el neón. Guardo también las más preciosas piedras y un mundo de ignoradas sorpresas. Mi cabeza y mis pies tengo congelados, están hechos de hielo, de un hielo azul y opaco bajo cuyos bloques se esconden otros tesoros inmensos. Mi panza, sin embargo, es cálida y en ella viven infinidad de mariscos sonrosados, serpientes de colores e inagotables corales. También guardo el fuego de los volcanes. En Sicilia habita el pez Nicolás, que fue una vez hombre, pero le gustaba tanto el mar que se convirtió en pescado. En las costas de Egipto vive conmigo un viejecito muy bueno y sabio llamado Nereo que adivina el futuro. Guardo además ciudades que fueron ciudades de la tierra, e islas enteras que se hundieron, como Krakatoa, y barcos, muchos barcos, y los hombres que con ellos naufragaron. Querida niña, más secretos te mostraría, pero se hace tarde; debemos volver a la playa antes de que oscurezca y tu papá te eche de menos. Esos otros misterios te los descubriré cuando crezcas y vengas a visitarme de nuevo, cuando seas una niña mayor y entonces los comprendas. Y no lo olvides: ven a verme cuando esté de buen humor, pues, cuando me enfado, aunque me ven hermoso, soy horrible y no reconozco ni a mis amigos.»

La barquita, sobre el agua cálida, regresó a la playa llevando a la niña muy contenta y atracó con dulzura en la arena. Y la niña corrió a contarle a su papá los secretos del mar que había conocido.

(La ilustración en blanco y negro es de José Luis Villanova).

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~ por forega en diciembre 29, 2008.

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