ANTONIO ORIHUELA: “DURRUTI EN BUDILANDIA”

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Hace unos cuantos años que casi sólo leo poesía. El resto de cosas que cae en mis manos las leopara aventar la parva de los años, para hacer memoria; aunque me suelo quedar casi siempre allá por los años 30 del siglo pasado. En fin, que acaso por ello mismo mis juicios sean algo desnortados, peregrinos, arbitrarios cuando lanzo ojeadas a las letras. Sin embargo, me he aplicado (como tengo también por costumbre) a la lectura pausada de tu Durruti, un bazar que creo viene aquí al pelo por su anacronía conceptual, pero por su actualidad literaria y, desde luego, también social. No es pretexto —me parece—, sino simbolismo icónico el personaje. Y contrariamente a lo que podría parecer a primera vista, y a contracorriente de los cauces desbordados de la poesía “última”, me temo que ese libro, pese a su narratividad descriptiva (es decir, nexos que no aíslan la semántica), hierve de simbolismo: el concepto, el objeto, la referencia están ocultos entre los enunciados como perlas adivinadas en el músculo del bivalvo: el afilador, la hierba de San Juan, la campana, el reloj, la llama, el sol, la luna, el pájaro, la serpiente… pueden ser de atribución clásica y evidentes; pero el camión, el Ché, el yak, el CO2, Mao, la coca-cola, la pizza, el avión… son la nueva extracción del simbolismo sincrónico). Y ese poema final, pleitesía a la originalidad, poema ab origen, presume, dentro del contexto cronológico, otro rasgo para mí muy interesante, muy eliotiano, poundiano si se quiere, aunque extraordinariamente singular por la sencilla razón de que se olvida con excesiva frecuencia de dónde venimos (consciente o inconscientemente). Sí, ese poema final vuelve sincrónico lo diacrónico con un solo gesto cuya explicación está elidida y transpone los planos temporales pasado y futuro en un mismo y único tiempo junto al presente. Gestos estilísticos de esta índole es lo que le falta a tanta poesía, a tantos poetas que hoy presumen de gestos “estéticos” y aún no han descubierto lo más preciso: el estilo, menos grandilocuente que la estética, pero concluyentemente decisivo. Es el defecto grueso de muchos poetas actuales: la sutil ignorancia.
Me gusta el perspectivismo (y todo perspectivismo es crítico, claro) de Durruti convertido en el Estudiante que ha abandonado la compañía del Diablo Cojuelo y se cuela por las rendijas y los tejados o, simplemente, se asoma al gran ventanal de la realidad —manifiestamente otra— y escudriña, escinde, desecha o amalgama los objetos y los sujetos ya desposeídos de la magia ancestral del mito que los hizo seductores. No parece que el traslado de semejantes realidades tenga en el espacio físico un argumento sólido en el que sostenerse (es una conclusión preventiva), y me parece éste otro acierto que la paradoja del estilo pone delante de los ojos con sólo achicarlos un poquico. Otra vez Pound con el bisturí presto a diseccionar el cuerpo, pero con el hilo clínico y la lenza zurciendo los tiempos en uno solo: el tiempo del mercado, y todo mercado es una parodia del deseo, de los deseos. El distanciamiento léxico de los topónimos (en su cita se sustenta la paradoja del significado hondo del libro) señala un lugar, una cultura, una conducta…, pero Durruti alcanza su  propósito de reducirla prácticamente a la nada (desde luego, a la Nada práctica), y en eso los ojos, la fotografía de la piel, la agenda de las emociones, la convulsa traducción de los hechos, de los fenómenos, de los nóumenos han realizado un papel espléndido y crucial que necesitaba de esa imperativa formalidad fundada a veces en la objetividad; fundada otras veces en la evasión de lo estrictamente real para devolver al escenario su tramoya fantasmagórica, irreal, histriónica. Ficción advertida, pero ficción absolutamente real, revelada, por tanto, en el término circunstancial del título: Budilandia es término que reduce lo referido (es El Gran Topónimo) al rango de lo vulgar más que lo haría todo un tratado paródico, más que lo haría un catálogo de técnicas sarcásticas, más que lo haría un entremés costumbrista de Lope de Rueda. Por supuesto que hay un poso de amargura o de desaliento, o de decepción y de cierta —verdadera— incertidumbre que se ataja con un gran sentido crítico. Y, ante la sorpresa, reacción valleinclanesca en los textos, en los poemas que a veces se mueven como guiñoles, que parecen tener autonomía, aunque, por sí solos, acaso no podrían subsistir sin la bruja, el ogro, el dragón, el príncipe…; o sin Bradomín, Max, Banderas, el Caballero… (es otra conclusión preventiva).
Aquel destino que los primeros jazzmen beligerantes pretendieron alcanzar con cierta gravedad en sus propósitos; aquellos sonidos que la electro incorporó sabiamente a sus mezclas, aquella “filosofía” que inundó Occidente de esnobismo, aquella adormidera contra los ejércitos, aquella leche de almendras, el cannabis, el nirvana, el kamasutra, el mantra…, estándares de la información y manifiestos síntomas de deficiencia moral del capitalismo, los ha visto muy bien Durruti, los ha apuntado mejor el Estudiante y los ha vertido en la redoma el Cojuelo.
Tal viaje exterior no tiene su correspondiente interioridad porque —has dicho bien, Antonio— ese oasis es, en realidad, un jardín ajado donde habita la abulia o el muérdago sin alquimista. Tal metempsicosis es privativa, es tuya, es como el paso hacia atrás del saltador de longitud para impulsarse y llegar más lejos: Leh-Madrid; Orihuela-Buenaventura. Catársis.
Mil gracias por tu libro, querido amigo, porque me ha puesto ante el escenario en primera fila después de dejarme asistir a los ensayos, de presentarme a los actores y recorrer las bambalinas. La tramoya y la dramaturgia son tuyas. Hay que celebrarlo.

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~ por forega en diciembre 20, 2008.

Una respuesta to “ANTONIO ORIHUELA: “DURRUTI EN BUDILANDIA””

  1. UNA INVITACIÓN CORDIAL DE ANTONIO ORIHUELA

    http://latierradelapiedranegra.blogspot.com/2010/02/poesia-y-anarquia-xii-encuentro-de.html

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