POESÍA PERSA: “GAZELES”. EL HEDONISMO MÍSTICO DE EL HAFIZ

Precedidos de una delicada presentación de Rafael Cansinos-Asséns, a cuyo cargo corre también la traducción, nos llegan los no menos deliciosos Gazeles de Mohammed Schemsu-D-Din, llamado «el Hafiz». A la denominación de Gazel corresponde una composición poética basada esencialmente en que sus dos primeros versos sean consonantes entre sí, lo mismo que todos los pares; o que los dos versos primeros finalicen con la misma palabra repitiéndose ésta al final de todos los pares, además de que en el último dístico, llamado real, el poeta se nombre a sí mismo. En cuanto al número de versos, ni siquiera la retórica persa es unánime; según unos autores, debe constar de trece versos; según otros, de menos o de más. El cualquier caso, la estructura, correcta o no (obviamente no en la versión castellana), no nos impedirá gozar plenamente del verbo animador y exultante de «Hafiz», poeta persa, adherido al sufismo, que vio plenamente la luz en la ciudad de Schirás (donde residiría hasta su muerte), en el siglo XIV, esto es, el VIII de la Hégira islámica.

Difícil resultaría intentar establecer los límites de irradiación de la literatura sufí en Occidente; sin embargo, acaso baste como ejemplo señalar que el sufismo no fue exclusivo del mundo islámico y que ilustres personajes -judíos, cristianos, ortodoxos- del área occidental se cuentan entre sus partidarios. Tal es el caso del eminente astrónomo y filósofo medieval Roger Bacon; Cansinos-Asséns denuncia influencias en Dostoievski; Chaucer evidencia rasgos sufíes en su Cuento del perdonador y en Squires Tale; Robert Graves anota que la Masonería comenzó como una hermandad sufí de artesanos, y, en fin, nuestro orientalista Asín y Palacios advierte que la descripción que hace Dante del infierno, del purgatorio y de la visión beatífica en la Divina Comedia está demasiado próxima a la del sufí Ibn Arabi como para considerarla una coincidencia fortuita.

La etimología de la palabra ‘sufí’ parece tener su origen -según la tesis más aceptada- en el término ‘saff’, es decir, «rango». En las mezquitas es costumbre que los fieles se coloquen en rangos frente al Mihrab o estancia de oración . Dicen los sufíes haber ellos alcanzado el primer saff entre los fieles situados frente al Solio de Alah, aduciendo para ello que se han purificado de la adulteración del mundo. «Hafiz» es sufí y participa por tanto de esa unión mística que le hace penetrar en otro mundo proyectando su alma –nafs– fuera del espacio de contaminación terrenal: «Cuando el cielo su diáfano y terso espejo levanta, / en el que el universo todo sus mil aspectos refleja; / donde el Chemschid de los cielos tiene su morada regia / entre místicas salmodias tejen el velo sagrado, / Shora su canto incorpora al canto de las esferas.»

Los sufíes son además derviches, están consagrados a la pobreza: «Feliz es el mendigo que a la intemperie duerme / en tanto desvelado se agita el gran señor.» Pero ello no significa que deban transformarse en eremitas vitalicios; antes al contrario, la regla principal del sufismo exige que el devoto sea «en el mundo, pero no del mundo.» Antes que él, en el 591 de la Hégira (1195 d. C.), Saadi Shirazi ya había expresado la conciliación entre el placer mundano y la religiosidad en su Gulistán o Jardín de las Rosas[1], donde el lenguaje religioso alcanza su máxima voluptuosidad, el vino revela la devoción, la taberna se vuelve un oratorio, los besos el rapto de la piedad, donde el sensualismo, en fin, transmite el ardor religioso. Pero semejante paradoja no sería del todo comprendida sin tener en cuenta la irrefrenable inclinación del sufí a gozar de Dios en la Naturaleza. Las tradiciones orales sufíes y algunos autores derviches ya apuntaban en esa dirección[2]. Adoran y aman a Dios en la belleza que les ofrece, en la belleza y en el placer que han de aprender a aprehender. «Hafiz» recogerá esa tradición anterior para llevarla al límite; pero su hedonismo no es un hedonismo horaciano, sino que su inclinación a los placeres terrenales está íntimamente ligada a la idea de que éstos han sido reunidos y ofrecidos por Dios al hombre para servirse y gozar de ellos: «Vino y amor, ¡tesoro incomparable! / ¿qué sería nuestra tierra sin vosotros, / sino un desierto yermo, intolerable? / Al cielo se lo pido con fervor; / que Alá nunca me libre de estos lazos, / que ellos llaman pecados. / ¡Vino, amor!»Vino, amor y rosas, la trilogía popular es el epicentro de su vitalidad ardiente que encuentra el éxtasis en los besos y en la ebriedad la oración, la confesión (y la admirable confusión). En este ritual del deleite es obvio que «Hafiz» prefiere la bacante a la vestal, o a ambas si con ello consigue magnificar en él la dicha de Alá. Tampoco se trata de un privilegio estrictamente material, porque el amor de «Hafiz» no exige siempre ni necesariamente correspondencia. Afianzado en el platonismo (no en la versión barroca del platonismo), la amada llega también a convertirse en una ideación sobre la que mostrar el amor al Creador: «Tus cejas abovedadas, / son quioscos paradisíacos, / en que tus ojos habitan / como ángeles encantados. / Y esos ángeles irradian / la luz que el mundo ilumina; / y que es la que ellos trajeron / de su morada divina.//»

«Hafiz» fabrica una estética del placer fundada en una independencia ética, pero condicionada, no hay que olvidarlo, por la censurable autoridad de los representantes eclesiásticos. Por consiguiente, ese amor a la libertad, al vino, a las mujeres…, constituye también una reacción contra la religión oficial, contra el enmascaramiento que entraña el rito externo religioso: «Hipócritas de suyo son los “mul-lahs”…; / lo que incesantemente hacemos todos, / sin ocultarnos, ellos / en secreto lo hacen, más feamente… / ¡Cuánta basura guardan en sus pechos!//» La naturalidad con que trata los asuntos, la actitud de desafío que aparece en sus poemas hacia las ideas religiosas manifiesta su vitalidad crítica, en cuyo fondo puede entreverse un deseo de reivindicación de los derechos del hombre en este mundo: «(Es el pecado una mujer ubérrima; / la virtud es un árido esqueleto. / Yo opto por el pecado… ¡Bésame! / ¡Y tú, virtud, aléjate corriendo!)», deseo que se niega a aceptar las observancias exteriores del islamismo, pero que participa del optimismo de una religiosidad íntima. Como ha dicho el sufí Sheij Burhanuddin Papazi, «Puede ser que no se me vea en la mezquita cumpliendo mis devociones y mientras tanto mi corazón reza continuamente en la gran mezquita de La Meca.» Es preciso insistir en que aquello que a los ojos de la oficialidad y el dogma pudiera parecer manifestaciones heréticas, para «Hafiz»no son sino estados de exaltación mística: «Loado, Alá, seas, porque el día y la noche / creaste maravillosos, por igual; / el día en las mejillas de mi amada; / la noche en su rizada cabellera que una fragancia exhala, nocturnal.//

El desenfado y a veces la procacidad -más moderada en Mohammed- nos remiten a un referente europeo inexcusable: los goliardos, a su actitud irreverente, radicalmente crítica y ofensiva hacia la estructura social y eclesiástica en todos sus aspectos; sólo que la crítica goliardesca, justa por cuanto los vicios criticados eran ciertos y frecuentes, es una crítica egoísta e interesada, matiz que está muy lejos de prever la naturalidad hafiziana. También aquella simbiosis de misticismo y frivolidad puede evocar al bardo chino Li-Po cuando, calzados los zapatos de Sieh y camino de las nevadas montañas donde debía ejercitar el culto taoísta, urdía la creación de la que más tarde denominó Secta de los Seis Bebedores del Bosque de Bambúes.

«Hafiz»ciñe el alfange del pleno gozo, que blandirá contra el tedio de una religión enclaustrada. Prefiere el rito vivo, el culto definido por una práctica dinámica, vivificante y, por qué no, didáctica en la que caben todos los elementos de vida, pues ésta no es un don doloroso y chantajeado por el miedo, sino todo lo contrario: una gracia que se ofrece como preámbulo del paraíso donde el vino será escanciado por huríes bellísimas; es, sobre todo, sincero deleite de los placeres con sencillez estética antes que aparatosas y afectadas severidad y disciplina, contra las que clama: «(Por la virtud pronúncianse no pocos; / y son unos bribones; / no es noble todo lo que luce y brilla, / ni indigno todo aquello que se oculta…)», para armonizar, en comunión dichosa, placer y misticismo, sensualismo y trascendencia, pecado y redención: «¡Venga vino! Que quiero yo mi alma de soberbia y rencor lavada. / ¡Venga vino!, que quiero hacer pedazos esa red del absurdo clerical… ¡Ved cómo el cielo centellea en los vasos! / ¡Coronad mis pecados / de alabanzas, amigos. / Quien como Hafiz, sabe / pecar, va derechito / del bondadoso Alá / al “alchenna” florido, / de sus culpas absuelto, / y es de los preferidos.//»

Un admirable infierno de salvación.

(1984)


[1] Buenos Aires, Ediciones Dervish Internacional, 1982.

[2]

Idries Shah, Cuentos de los Derviches (1ª reimpresión en España), Barcelona, Paidós, 1981.

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~ por forega en diciembre 15, 2008.

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