PILAR PERIS: POR FIN UNA VOZ MÁS AUTÓNOMA

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Una prosopopéyica sinestesia da título al libro de Pilar Peris. Dos figuras de la preceptiva retórica que confluyen no sólo como primer síntoma de extrañeza en este primer epígrafe, sino como signo ya primero y redundante del innovador estilo que recorre el contenido de sus páginas. Casi nos habíamos olvidado del golpe de gracia que los poetas de los setenta habían dado al verselibrisme vacuo y al estilo social que renqueaba por esas fechas en la poesía española, aunque, casi de inmediato, allá por finales de los ochenta, la poesía de la experiencia vino a asestar otro golpe no menos duro al rico lenguaje rescatado por novísimos y setentistas, que habían puesto su mirada en la generación del 27 a través del puente -todavía en pie, por aquellos años- de Vicente Aleixandre. Uno de los reproches que los poetas de la experiencia hacen a los novísimos es su diletante gusto por los libros, por las formas representativas del arte y por todo aquello que los distancia de la realidad y de la vida, reproche -a mi modo de ver- sin fundamento, pues no podemos excluir de la experiencia -ni excluir de la vida- la lectura, ni la contemplación estética, ni la indagación en la apocrifía o en las certidumbres de la historia a través de otras miradas, de otras manos, de otras intelectualidades. Por eso, el libro de Pilar Peris constituye, ahora mismo, un hecho singular dentro de las corrientes dominantes de la poesía española, atacadas de realidad, imbuidas de experiencia, pero ebrias, tantas veces, de insulsos mundos anecdóticos que nada aportan a la universalidad del género, ni a la universalidad de la emoción, ni a la universalidad de aquellas realidad y experiencia: Por cierto, este mismo vacío verbal, como ave límpida que nos mostrara una sintética revelación, la expone la propia Pilar con versos magníficos en su poema final de hermoso título “Rebelión de la ternura”. Dice ahí Pilar: “…duele cada verso derretido en los ojos./ Cada palabra obturada confinada al silencio por saturación / de vocablos.”

Para empezar, El vasto susurro de las imágenes es un libro que ve con los ojos y dice con la lengua, coordinación que, puesta en boca de Pero Grullo, haría sonreír a más de uno, pero que adquiere todo su valor si prescindimos de su sintaxis objetiva y descubrimos su significado profundo, dicho aquí con la inamovible certeza de su finalidad comparativa. Ve con los ojos porque es un libro que versa sobre el arte; y dice con la lengua porque está construido con palabras. Si aquella emoción primera de la mirada es fundamento del estro de su autora, la lengua es el material necesario que le da forma a través de su introspección, expresión y filtrado. ¿No es esto experiencia de una realidad mirada, admirada y sentida? ¿No es experiencia poética? Pues claro que sí. Porque ¿cómo podemos excluir de la experiencia vital la experiencia lectora, la experiencia artística, la experiencia intelectual? Hoy por hoy, solamente el estilo es lo que nos singulariza, la forma; todo lo demás, a mi juicio, son pamplinas. De ahí que no pueda admitirse la necesidad de negar un estilo para que exista otro, como pretende aquella “poesía de la experiencia” que citaba hace unos instantes. En todo caso, serán distintos, pero convivientes.

Decía que el libro de Pilar constituye ahora mismo un hecho singular por cuanto está escrito al margen de las tendencias estilísticas actuales. Su movilización es culturalista; su lenguaje, selecto, sus asuntos, externos. ¿Pero desdicen estos rasgos su emoción? No, naturalmente que no. Sin embargo, estoy convencido de que sería tachado de frío, de distante, de exogámico; es decir, de todos aquellos calificativos propios de quienes ponen la venda crítica antes de ser heridos por la lectura, o, como describía una imagen barroca muy inteligente, calificativos propios salidos de las enroscadas lenguas de “asnos con cascabeles”. Son muchos los valores que confluyen en el libro de Pilar Peris, los suficientes para definirlo como diferente y con una fuerza análoga a la de los osados salmones que, con esfuerzo generoso, remontan los desatados cauces y superan cuantos obstáculos se oponen a su objetivo. Pero esos mismos valores son demasiados para explicitarlos aquí. No obstante, bastará, para constatarlos, con señalar la nada sencilla elegancia que posee la autora para engarzar un léxico que, por sí solo, estalla en los oídos como atronadora traca, pero que Pilar ha sabido rescatar de su modesta condición marginal para izarlo a una categoría contextual y definitivamente poética: Escarbar, acartonar, desguace, sumidero, felpudo, engendros, viraje, fiemo, esputo, mocho, mopa, estropajo, tarros, peladuras, pezón, mejunjes, petardo, carroñera… no serían nada sin la hábil maniobra estética de Pilar Peris, semejante en este punto, cuando menos, a la educada lengua del pre-ísmico Moreno Villa. Éste es uno de los valores indudables de El vasto susurro de las imágenes; pero me gustaría destacar otros dos, sólo otros dos, para no desairar la futura atención del lector. Uno, la delicadeza con que Pilar, sin ocultarlo expresamente, sino evidenciándolo, maneja el palimpsesto. Desde León Felipe a José Rizal, pasando por Matilde Wesendonck, o Hölderlin, traza un mosaico de referencias intertextuales que (con ser ambos dos matices inexcusables de su título) están más allá del puro ornato o del simple homenaje; antes la contrario, se trata de apropiaciones de índole no sólo estilística (digamos de paso que semejante maestría no fue ignorada por la escritura barroca, y fue felizmente recuperada por dos divinos y otro que no pudo serlo debido a su muerte prematura; me refiero a James Joyce, a Jorge Luis Borges y a Ignacio Prat). Apropiaciones no sólo de índole estilística, decía, sino que, con ello, se aventura Pilar Peris a poner en tela de juicio el autoasignado valor prístino de la poesía neorrealista, que, con semejante autoafirmación -deduzco que inconsciente-, ha avanzado un poco más en su estolidez general, que no en la particular.

El paradigma referencial, por fin, de El vasto susurro de las imágenes, hace honor a un simbolismo que tendríamos que aprender a no olvidar tan fácilmente. La última poesía italiana (Patrizia Cavalli, Antonio Sagredo, Giuseppe Gofredo, Francesco Lippi…) ha recuperado toda la lujuria estética del simbolismo tradicional como un avance de lo que tal vez se nos avecina, y sabemos que Italia ha dicho mucho sobre avances estéticos a lo largo de su dilatada historia intelectual. No quiero, sin embargo, testimoniar con ello una analogía española, sino destacar que tal vez ese subconsciente colectivo del que hablaba Jung esté impregnando un movimiento que todavía no podemos enfocar, pero que, en el caso de Pilar Peris, es muy evidente. Quizá el asunto central de su libro (la pintura y los pintores) dé pábulo a su respuesta estilística, aunque resulta indudable que Pilar no ha exigido nada por el rescate de aquella movilización pre-noventayochista de la que no se entera la última poesía española o que resuelve paseando al perro por el parque o comprando una merluza aparentemente fresca en la pescadería del hipermercado.

Felicito, pues, a Pilar por haber sabido manejar el plumero con la delicadeza de quien sabe recuperar el brillo de tantos diamantes empolvados; pero, sobre todo, por haberlo hecho colándose por la puerta trasera de un edificio poético abarrotado de capiteles con marbetes estéticos; y aún más: Por hacerlo burlando a sus celadore

~ por forega en diciembre 10, 2008.

2 comentarios to “PILAR PERIS: POR FIN UNA VOZ MÁS AUTÓNOMA”

  1. Que buen artículo, no tiene desperdicio.

  2. Gracias, Pilar.
    Saludos.

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