MARIANO ESQUILLOR: AMOR FECUNDO. SENCILLA Y PROFUSA HERMOSURA

mesquillor

Al margen de las anécdotas (escasas en tanto que tales); al margen de los encuentros —pocos— con amigos (homenajes de gratitud que le honran), al margen de las fábulas (unas cuantas de suculento sabor humano), Columpio autobiográfico está habitado por el amor. Amor bifronte: místico y erótico (¿pero acaso no se encuentran en la misma trayectoria?, ¿no son gemelos con génesis idéntica, pese a su distinta vestidura?). Amor. Palabra mágica para la poesía y cuya contribución recíproca ha hecho de ambos venero inagotable, fuente de dicha y desierto de desdicha a través, análogamente, de la palabra dicha y de la desdicha. Desdecirse no es costumbre de Mariano Esquillor, vigilante ya avezado de la vida, faro de tantísimas miradas y mirador él mismo desde su “jardín petrificado” del transcurso de un futuro que le huye y de un presente que aprehende en estos textos breves, fijados para siempre en el papel, aunque antes impresos en su corazón galopante.La lírica amorosa —repentina destilación de un complejo mundo de conceptos, concepciones, ideas, emociones tendidas, en tensión, agónicas, resucitantes, símbolos cardinales…— se presenta en imagen bien definida y halla marco precioso en Columpio autobiográfico (que no es narrativa, no, aunque este género se explicite tímidamente en la cubierta). Columpio autobiográfico sigue siendo poesía de sencilla, profusa y fecunda hermosura, placer natural, y traigo aquí los sustantivos para evocar; los adjetivos para ceñir —no limitar— una virtud hallada más allá de las palabras y sin esfuerzo en los argumentos vitales de Mariano Esquillor: la franqueza. Sinceridad para alejarse del recuerdo y anclarse en un amor presente traído de la tradicional corriente platónica que tantos éxitos cosechó en el Renacimiento europeo y aun, con variantes poco significativas, en el Barroco, ubre del primer naturalismo mágico que conoció la literatura, en España sobre todo otro ámbito referencial.

El contexto que Mariano Esquillor escoge para envolver a aquellos dos gemelos constituye, además, principio y objetivo de su característica, la sinceridad, que abunda, sobre todo, en la entrega a una lectura de lo reconocible a través del único medio posible para extraer el óptimo significado de su ofrecimiento generoso y gentil: la emoción. Una emoción veraz, nada retórica. La sola emoción que Esquillor traduce en sensualismo, en misticismo, en ponderado erotismo sin inhibiciones en las páginas finales. Así es cómo los aromas, el cierzo que lo tambalea, sus miradas a los puentes, las sombras aireadas de las plazas y calles que transita, el inmaculado escalofrío de las citas en el “bar de la esquina”, los mantillos invernales del alma por la pérdida de su musa (porque son su musa L. D. y su Fanny amada quienes absorben las palabras transidas del poeta), una lectura hurtada al verde perenne de los laureles, la efímera existencia de los pensiles fragmentados y absortos en el patio interior de “su” Casa, conmueven no sólo a su mirada atenta en el detalle de lo que ve y trasciende, transpiran también en la dermis su vida quieta e inquieta, espejean en sus pupilas, leen con mimo en su corazón de súbito sorprendido por lo reconocible (pero desconocido), por lo familiar (pero insólito), por lo próximo (pero inalcanzable)… Y el sustrato poético que reposa en el hombre hace que descienda o se ice hasta o sobre los reconocidos estigmas de esos aconteceres que se renuevan en su vida. El amor, despojado de toda contingencia, surge pleno y libre, revivo en la memoria y vivo en el presente en tanto exento de cualquier circunstancia. Amor “deseado y deseante” apoderándose del tiempo, devorándolo, hurtando a la cuchilla sus sesgos malintencionados y virando para dirigir su mirada limpia hacia todo lo extraíble de los sentidos. Sin pudor, abiertamente, desde su atalaya lunar, desde su aposento solar. Armónica, sutil y elocuente confesión poética que nos permite de nuevo admirarnos de lo que leemos.

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~ por forega en diciembre 9, 2008.

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