JOSÉ ANTONIO CONDE: “LA DIFERENCIA QUE CUBRE LA TRAMPA”

portada-conde-erotismo1Isthar a Gilgamesh (cuyo miembro viril medía tres palmos, y así lo dice el texto hitita) con una danza gallinácea; Eva a Adán con una vulgar manzana; Venus a Paris, con otra discordante poma (¡que casualidad!), Arinna a Maqueón extendiendo los brazos y volteando sobre sí misma como una girándula… Los juegos y los rituales de la seducción han abonado historias que prevalecen en lo más hondo de la psique humana como la amorfía, como la oblicuidad de su primario deber de procreación. De la misma manera hay que adentrarse en este libro de José Antonio Conde; quiero decir: ahondando en los devaneos léxicos que parecen haber sido tejidos por la excelsa Isis para hacer más preciada la revelación del enigma, más preciado el secreto guardado en una galería de metáforas y símbolos cuya semántica nos remite a la cripta del pensamiento en la que nada es explícito y todo lo es, donde conviven, solapándose mutuamente, la realidad séptica con la imaginación inocua o al revés. La diferencia que cubre la trampa (verso final del epígrafe titular) contiene 66 poemas y tan sólo 14 entradas léxicas explicitan su contenido erótico. José Antonio Conde dice, no obstante, que lo es, que es un libro erótico y, además, ha obtenido el premio invocado con ese adjetivo: poesía erótica.
Desde El banquete, o desde Safo, o desde Catulo, desde Terpandro, o Bocaccio, o los Moratines, David Herbert Lawrence, Kierkegaard, Navokob, Mandiargues, Moravia, etc., etc. se ha celebrado la razón del sexo como capacidad de transformarse en lo sugerido, como capaz de conceder a lo evidente sólo el apunte de un secreto, una pista sólo que exige poner en marcha todo un mecanismo en el que la multiplicidad de imágenes actúa con detectivesco empeño por dar con la más irrefutable prueba de nuestra personal rendición. A nadie hay que demostrarle nada. Es nuestra certidumbre la que viste de veracidad el hallazgo, y este hallazgo consiste, a mi modo de ver, en una metaforización de la carne, concediendo a la “carne” todo el peso significativo que es obligado atribuirle dentro del contexto que estamos tratando.
Decía que en los 66 poemas sólo he encontrado 14 entradas léxicas semánticamente explícitas. Las citaré: venéreo, sexo, flujos, nalga, coxis, pubis, vientre, ovular, bulbo, orgasmo, caderas, pelvis, ingle y masto. El discurso se articula, por lo tanto, a través de un inteligente juego de metáforas; por medio de un ejercicio hiperbólico de este recurso que convierte a sus figuras en una superposición de velos cuya transparencia  final se revela tras la retirada progresiva y paciente de la opacidad que forman sus cúmulos. Se trata casi de una técnica pictórica, la de la veladura; y es que Conde es también pintor y acaso este su segundo apéndice artístico algo haya tenido que ver en todo esto que digo.
Pero veamos: una proclividad fuertemente arraigada en la vocación carnal del hombre nos han mostrado con desinhibición a lo largo del tiempo textos que la tradición ha ido sedimentando en las bellas letras. Pero no basta este dato. Jung pretendió (y creo que consiguió) demostrar el influjo de la heterogeneidad simbólica de nuestras culturas en la conformación de nuestra comprensión del mundo y de nuestras respectivas conductas frente a él para advertir su naturalidad. En el asunto que nos ocupa ahora, Jung añadió que esa naturalidad frente a la polimorfía erótica debía asentarse en la condición instintiva del ser humano asociada a un rito racional para explicitar intelectualmente su inequívoca condición de amante. Y yo no dudo en decir aquí que José Antonio Conde hace alarde en este libro de tal condición bidireccional al revelarnos todo el erotismo del que, siendo la humana condición poseedora, se suele solapar hipócritamente. Si la metáfora abunda como referencia ocultando un significado preciso, el símbolo actúa como una especie de fijador de la imagen. En absoluto desdeña José Antonio Conde este valor tradicional que lo desmarca de una más preeminente presencia de la realidad obvia cultivada por la poesía actual. Su impresionismo está en permanente conflicto con lo evidente, y de ahí su empeño por alejarse del rito natural para envolvernos en el ritual literario donde la liturgia asume el trascendental papel de crear la obra que se escribe. En esa fuerza de captación reveladora reposa su belleza, en el apunte estilístico y técnico, en la manifestación, también inequívoca, del deseo tanto satisfecho como insatisfecho cuya envoltura contextual diseña jardines, enciende hogueras y esparce su humo, monta a caballo, ejecuta melodías, holla las arenas, levanta aves y brisas para destacar, en todo caso, la trascendencia del gesto como traducción de un espíritu hedonista (ya algo sobre esto diría magistralmente Jaime Gil de Biedma), aunque ponderado por cierto escepticismo y una acusada pátina conceptual que hace mucho bien al propósito estilístico. Y Esa envoltura contextual rinde homenaje a una sensualidad acentuada por un cromatismo léxico innovador y muy raro de encontrar. En La diferencia que cubre la trampa permanece lo sensual, sus aromas, las levitaciones de la emoción, las formas ya ideadas de la carne. Sabemos que la tradición ha establecido el axioma de que es el erotismo la única forma de escapar de la muerte, aunque sea ésta una huida transitoria, coyuntural, breve, efímera. Fue Cioran quien advirtió que si el coito durase cinco minutos nos suicidaríamos. No es el caso de este libro; en él no se transita por el paroxismo, ni se aspira a ese estado de éxtasis en el que también anida el tormento, sino que el hombre y la mujer que dicen (y en esto el hombre es muy parecido al perro, cuyo celo es casi permanente) y el hombre y la mujer que escriben lo hacen desde una pulsión exenta de virilidad chulesca, exenta de femenina pasividad. Pero el combate está presente desde sus comienzos: en las formas nebulosas del verbo arrastrado sobre una atmósfera de perfiles cambiantes, en los asomos al misterio del significante, en la corporeización pulcra del vacío semántico construido a veces con enigmas propios del lenguaje oracular… En cada ejercicio se encuentra ese combate, pues todo intento de dar forma expresiva a la emoción, al diálogo interpelativo con el sublime ideario de los dominios del corazón lo es. Dar forma poética a la leyenda desapercibida de Eros, dotarla de énfasis emotivo, acotar el detalle para trascenderlo desde su existencia vulgar a un mundo de valores compartidos, descifrar el lenguaje del cuerpo común para traducir sus significados más sensuales, requiere cierto valor para salir victorioso del combate contra la simplicidad. Sin embargo, ello no bastaría de no intervenir su espíritu hirviente manifestándose también al azar, permeable al sobresalto, al reflejo instantáneo, condiciones ahora humanas —pero poéticas por ello mismo— que convierten la lectura en un acto reconfortante bajo el sutil hechizo de la imagen y transforma al lector en extático invitado al espectáculo del escorzo conceptual y a cierto asemantismo, anfibología y polisemia, y ello pese a ser cierta la perentoriedad cuando quien se expresa ha de acudir a la esfera de lo privado, de lo íntimo (sea o no transferible). Frente a estos textos somos símiles de aquellos pro fani que debían permanecer, sin adentrarse en él, ante el fanum celado por el sacerdote; ese lugar sagrado pertenece a Conde y en su interior guarda lo que le está le prohibido apreciar a cualquiera de los sentidos. Menos mal que lo digo en sentido figurado, pues lo que realmente acontece es que, con algo de insistencia, el celador franquea por fin la puerta y nos lo revela. Esto es lo que nos revela:
Símbolos inscritos en las mil columnas de los mil templos de las mil puertas que guardan los secretos del fanum ante los pro fani, porque están escritos en mil lenguas, indescifrable enigma nominativo que conserva una sola luz adivinatoria en el ojo de Isthar como única capaz de iluminar en parto los secretos: Gilgamesh rescatado por las manoletinas y las verónicas de la bailarina. Llegar de la muerte sin citarla, venir a la vida bajo palio de llamas, y amar a quien te nombra con los números de las mil aguas desbordadas de los mil mares y los mil ríos por mil años de lluvia. Dicha tres veces, pronunciada para su desdicha en el río como Ofelia dicta antes de su muerte las tres sentencias del amado: Amor vincit omnia. Tres veces dichosa, pues su río es unción de dos orillas, tacto líquido que deviene frontera, línea del infinito horizontal donde es posible el flujo de los contrarios. Tres veces dicha, triángulo vertical para su ojo; ascensión piramidal del espíritu mixto con los pies en la tierra de las dunas, runas de la criptomnésica memoria que el azar convierte en rombo verbal si uncidas dos líneas horizontales del triángulo: cuerpo tripartito encerrado en el círculo perfecto, en el anillo antropomórfico de Leonardo que la carne anilla en el dedo innombrado, mandala otra vez, centro en expansión circular y triangular. Buceador del éter, Peje Nicolao sin madrastra Anfítrite sumergida en el vacío del aro, nueva rueda de su fortuna: el oro, diadema del corazón digital, el aro alquímico del oro en el sellador anular dejando en la falange la tonsura de la unión final, el estigma de la dicha del ángel fálico. Oro plomizo de la ciencia, o rosa de ceniza renacida, granado de la sabiduría, semilla de la transparencia roja en el agua: múrex oceánico. Voilà la girándula fortuna de la trampa.

~ por forega en noviembre 16, 2008.

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