Eduard Malvehy

 

Una mirada no es sólo un gesto; sobre todo si la mirada es la de un pintor, porque un pintor no mira sólo: además, ve. Elucidación clásica, desde luego, y, por ello mismo, muy del talante de Pero Grullo. ¿Quién sería capaz, en todo caso, de desmentirla? Esa mirada es hoy la de Eduard Malvehy, y en su gesto que, en principio, cabría encontrar un contenido descriptor, vemos, por contra, un significado narrativo. Eduard Malvehy es pintor (conviene no olvidarlo por cuanto el uso de este atributo se ha vuelto con el tiempo extraordinariamente gratuito); además, es un pintor que ejercita y ejerce (más difícil todavía) una técnica mayúscula en el manejo del dibujo y un dominio muy poco común en la aplicación del color, en la creación de atmósferas, en la definición de ámbitos; posee la seguridad de quien deja en suspenso la importancia de lo conocido para trascender por medio de su mano este límite y alcanzar lo que ha de conocerse, lo que nos es dado conocer. George Bataille llamaba a este gesto así estructurado «el extremo de lo posible», y lo llamaba así porque cualquier otro camino que pudiera tomarse, indicador consciente del fracaso, conducía a la neurosis (lo que el propio Bataille llamó «la vía oblicua»). La mirada de Malvehy no es neurótica; la mirada de Malvehy no es oblicua; antes al contrario, ha calculado la trascendencia de su gesto hasta hacerse cargo (porque su mirada fue primero humana) de que su prosecución artística debía señalarnos aquel límite: el extremo de lo posible. Nosotros, espectadores, desde ese mismo momento, sabemos que es así y, además de constatarlo, admiramos que así sea; o, mejor, advemos que así sea porque siempre se encuentra más allá el ver que el mirar.

¿Y qué es lo que evidencia ese gesto? Pues lo que sucede a veces -sólo a veces-: la naturaleza se sirve de un mediador: lo elige de entre muchos con rigurosos criterios de selección para rendirle pleitesía mediante el tamiz del ser (no del estar, no del parecer); es decir, a través de aquello que constituye la esencialidad de la mirada que se echa sobre lo que se mira y cuyo relato reúne los factores que determinan su hermosura: la emoción distintiva, la resolución diversa de una misma realidad para trascenderla (lo digo de nuevo consciente de mi iteración), algo, en fin, que une muy íntimamente a pintura y poesía: la lírica -repentina destilación de un complejo mundo de conceptos, concepciones, ideas, emociones tendidas, en tensión, agónicas, resuexcitantes, símbolos cardinales…- que se presenta en imagen bien definida y halla marco precioso en la pintura de Eduard Malvehy.

Y Malvehy define su lírica transitando las ciudades como un viento que dobla las esquinas de los puertos y en las aguas de las bahías se detiene; como un agua que aborda canales y medra en los muros, en los mares y en los puentes, como un pájaro que sobrevuela los tejados y las sierras, cúpulas y espadañas y se cuela por las calles sin mirar a nadie; mirándose y viéndose a sí mismo en lo que contempla; sus ciudades son suyas y no de las gentes que impedirían su tránsito lírico; ese ser huye de las multitudes porque es su sí mismo en lo otro, en las formas que construyen el exterior desde su interior único y -otra vez- diverso. La lírica de la narración se eleva por encima de toda sospecha azarosa, aunque se revela munífica la conciencia artística prevista en cada mirada y cada intuición -rasgo distintivo de la conciencia artística- que transmuta armónicamente al lírico en artista o viceversa para ofrecernos la magia del escorzo, el gesto inverosímil que da pábulo a la armonía. La óptica del orden: un rerum concordia discors mostrado a nuestros ojos para hacer de ellos el más pertinente instrumento de búsqueda que no sólo  ilumine lo oscuro, descifre el misterio de la forma, del espacio, y de la geometría …, sino que encuentre también los nexos, conjunciones y disyunciones, las llaves que desvelen, que revelen la génesis humana; ese algo indescifrable ante el que nos inclinamos y cuya traducción no encuentra signos en ningún lenguaje o sólo quizá sí en la gramática de los sentidos, Babel del corazón que sólo en sí mismo y a sí mismo se comprende y descifra: el instinto primigenio del hombre formulado en su asombro ante la belleza universalmente cifrada; esto es, la belleza que nos rinde en su cesión y entrega, que nos sume en la certeza de que lo bello no se anda con cortejos. Belleza desnuda, limpia -ésta es la verdadera liturgia del ritual de Malvehy- en su insumisión frente a la obediencia acalófila e impúdica de lo bonito.

(El cuadro de Malvehy -San Giorgio, Venecia– está tomado del curriculum de su web)

 

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~ por forega en octubre 31, 2008.

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