Rosendo Tello: “Consagración al alba”

«Era del año la estación florida…» Así principia Góngora su Soledad primera y, como ya sabemos, hasta el verso 41, narra cómo llega el peregrino a la costa a quien, por fin, el poeta deja  «Desnudo al joven, cuanto ya vestido / Océano ha bebido, / restituir le hace a las arenas; / y al sol lo extiende luego,…» etc., etc. Es el final de su periplo marino naufragado cuyo origen Góngora no nos cuenta, ni nos interesa, porque el destino del joven comienza a fraguarse precisamente desde su llegada a tierra, y bajo la lluvia de una tormenta.
En el final (título de la parte primera de Consagración al alba constituida por un único poema), el poeta Tello se ve a sí mismo desapareciendo en primavera, en la misma estación florida que el transeúnte gongorino, y, sobre él, cerrándose el cielo: “se iba entenebreciendo… y se abatió la lluvia sobre el tablón de mayo”, dice textualmente Rosendo, en una transustanciada figuración que acude a la barquilla azul de los remos dorados (un trasunto mitológico, claro, porque ese “negro embarcadero” es el de Caronte sin duda). El de Tello -nos quiere decir- es un naufragio puramente biológico, el que sufriremos todos para ser arrojados (como el peregrino de Góngora) a no se sabe qué playa o acantilado. El peregrino de Góngora vuelve, junto a una partida de cazadores cetreros, al mar de donde llegó. El poeta Tello cita el mar como final destino metafórico diciéndonos: “Y no sentir ya nada, nada, sino el viento en el mar”.
¡Qué azar seductor vibra en la poesía! Este primer poema de Tello comienza con la confusión de quien vuelve de un estado de inconsciencia o de sueño y no sabe quién es ni dónde está: “¿Estoy aquí o soy alguien que velan? / Algo así, porque el aire resonaba no fuera / sino dentro de mí, dejándome suspenso en el vacío…” Es la misma confusión que la del peregrino náufrago de Góngora: “No bien pues de su luz los horizontes, / que hacían desigual, confusamente, / montes de agua y piélagos de montes , /…menos cansado que confuso, escala…” ¿Quién podría no admitir que el viaje del peregrino extranjero no es el comienzo de un renacimiento, como el de Tello, así justamente titulado, tras su casi muerte en el mar? Y qué feliz coincidencia que, cuando el peregrino, junto a los cazadores, regresa a las playas donde el mar lo dejó, encuentra  allí al anciano pescador junto a sus redes e instruyendo a sus hijas (Lícidas y Micón) en el arte de la pesca. Qué feliz coincidencia, digo, porque el poema de Tello que da paso al apartado Postrimerías dice, entre otras cosas, lo que sigue: “…cómo corren / todos los pescadores, cómo tienden sus nasas / en lagunas heladas…”(…) “…veo a los caballeros, montados en sus pencos, / explorar las riberas…”(…) “Por allá, por allá, por el sendero oscuro / del venado que salta, donde van los jinetes / levantando la caza con tañido de trompas…” Parece, en efecto, que sea Rosendo Tello quien nos describiera la partida de caza del peregrino y, modernamente, nos la transmitiera con un lenguaje adherido a su más que admirable eugenesia poética. Pero no; o también. El peregrino es él, Rosendo Tello, que en Consagración al alba ha decidido emprender un viaje a la infancia, al lugar de donde vino comenzando por el final, un flash back, en terminología cinematográfica, pero que sería preferible llamar “vuelta a atrás”. Y, en efecto, así lo testimonia la disposición estructural del libro que, como digo, se abre con el epígrafe En el final y se cierra con el rótulo En el principio, de tal manera que acaso su lectura debiéramos hacerla al revés. Entre ambos apartados, otros en los que Tello hace buenas las palabras de Octavio Paz: “No es el tiempo, sino nosotros los que pasamos. El tiempo posee una dirección, un sentido, porque es nosotros mismos.” Así lo entiende nuestro poeta y decide hacer el trayecto a la inversa. En el último poema nos dice: “En mi final / está mi principio”; pero, al contrario de lo que pueda parecer, este recorrido de fin a principio no lo hace henchido de nostalgia, ni de patetismo. La decisión, en cuanto que es consciente, adopta la forma serena y decidida de la palabra que recuerda, extrae, enhebra, espiga y herboriza lo que ha sido su vida. Lo hace incluso con optimismo (un dato destacable y significativo es la policromía de los textos, pues raro es el poema en que no aparezca citado expresamente un color en su forma adjetiva o verbal, y estos colores, salvo una vez el gris y tres veces el negro, son colores fríos; es decir, expendedores de luz: el blanco, el azul, el dorado, el verde y el rojo transitan por los poemas iluminándolos). Rosendo Tello encuentra a esa palabra la ductilidad necesaria para ser dicha desde la atalaya de la edad que legítimamente le concede un cuerpo donde resistir los embates de la biología, pero, sobre todo, le concede los instrumentos propios del arte de la palabra para decir, no para describir (que, en sus circunstancias, acaso sería para él lo más fácil).
Podríamos ir citando ejemplos textuales; sin embargo, dejadme ir a buscar el agua a la fuente, a las fuentes, porque lo más importante, a mi modo de ver, es que este libro es ejemplo incuestionable del Tello que se conoce a sí mismo y se desarrolla en la acción. Tello no se agota inútilmente en la introspección psicológica; diría más: yo creo que Tello siente horror a los espíritus meramente especulativos. Teme perderse en nebulosas metafísicas y huye aquí de las ideas puras para cobijarse en su realidad más objetiva, más palpable. Pone a lo largo de su senda vital jalones reflexivos, a veces admonitorios, como éste dirigido a una pareja de adolescentes: “la vida termina donde empiezan / a clarear las luces juveniles”, o este otro introspector: “Nadie jamás vivió su juventud, / sueño que pasa y muere en el recuerdo, / un cuento que alguien cuenta / con la cabeza hundida bajo el agua.” Sin embargo, se siente seguro entre esos hitos, en este reconocimiento puro, sencillo y natural de su edad. Y desde esta serenidad deriva muy probablemente su crear incesante para aumentar la belleza y el valor de la vida.
En una conversación con un joven poeta, Goethe le advirtió: “Puedo llamarme su libertador porque en mí habéis averiguado que como el hombre vive de dentro afuera, también el artista tiene que crear de dentro afuera, ya que, haga los gestos que haga, no podrá nunca dar a luz sino su propio individuo”. La liberación de que habla Goethe la entiendo como una liberación hacia sí mismo y me parece a mí que esta actitud está muy presente en Consagración al alba, y no sólo eso, sino también la importancia de la propia personalidad vertida en sus textos y, por consiguiente, la importancia de la acción. Buscar en el almacén de la memoria durante el viaje que Rosendo hace en Consagración al alba sería una operación contemplativa, intelectual. Sólo se contemplan, se ven, se buscan cosas; pero “la poesía -dice Ortega y Gasset- surge en la acción. En el impacto enérgico con el fuera brota la clara voz del dentro como programa de conducta”. Tello aspira a hacer de su dentro un fuera para nosotros, a proyectarse al exterior, a evadirse así aun de su propia interioridad incognoscible y operar libre y fecundamente en el mundo que nos entrega; la contemplación de su dentro (esa actitud pasiva) es una operación que nos incumbe a nosotros, no a él. Es pues, la personalidad de Rosendo Tello la que anhela realizar y dilatar su acción, no contemplarla, no -aunque intelectual- intelectualizarla. Se aplica a dominar el mundo de sus cosas, de sus formas, de sus imágenes. Procede así como poeta, en el verdadero sentido de la palabra, guiado por las intuiciones de su yo poético y logra resultados que pueden adscribirse al hombre vital, al hombre lírico. Rosendo Tello es un poeta, y de esa condición básica, que es actitud fundamental ante la vida, se derivan la visión panorámica y la ductilidad verbal que vierte en estos textos.
Si la máxima “me trajeron de la nada para tomar conciencia de ella y temerla” ha trascendido como mensaje en las formulaciones de la visión patética de la vida y la muerte, Tello lo desmiente. Tanto, que es capaz de citarse con la “Dama del alba”, que es más que una dama, que es más que un nacimiento a un nuevo “lugar de ensueño”, como él lo llama, iluminándose. Consagración al alba es un libro lleno de luz, iluminado por la palabra de Rosendo Tello. Y esto que digo no es un tópico envuelto en apresurada metáfora, no; en absoluto. Lo digo porque es así a la letra. Ya he mencionado la policromía en los poemas, pero es que el sustantivo luz aparece en diecisiete ocasiones, y el léxico semánticamente asociado (sol, albor, transparencia, claro, brillante, etc.) Lo hace hasta en ochenta y dos ocasiones a lo largo de los poemas.
¿Es el de Rosendo Tello un libro luminoso en su esencia,  iluminador para los lectores e iluminado por el poeta? Yo digo que sí, y le doy las gracias por ello. Gracias, Rosendo.

La fotografía de Rosendo Tello es de José Verón Gormaz.
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~ por forega en octubre 25, 2008.

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