Manuel García Maya, pintor.

Yago derribado por un mortero que en breve estallido hizo del hígado paradigma de un nuevo parto: bebí como viví, como un pato salvaje en perpetuo orgasmo.

Este texto constructivista lo escribí en el Bonanza en 1979. Pretendía homenajear al hombre, al filósofo, al pintor, al Anfitrión munífico que rendía pleitesía a un existencialismo activo, empático como nunca pudieron soñar que existiera ni el Sartre de La nausée, ni el Garaudy de Mot d´homme y cuyo nombre es Manuel García Maya (Manolo, claro) y que, más constructivistamente todavía, yo llamaba Leunam Aìcrag. Nos vigilaba desde la atalaya bonancera el maestro Wagner y le contestaba desde el mostrador y desde la mesilla de noche un pupilo cabreado de apellido Nietzsche. Eran los tiempos de “Anónimo zaragozano”, otro homenaje a Manolo que apareció en el entonces influyente periódico EL Día y que le escribí a base de noctambulidades y de delirios del corazón.
La caterva bohemia del Bonanza se paseaba por el mostrador y encontraba no sólo bebida y comida, sino inspiración permanente en las improvisaciones verbales de un Breton sin Breton, de un Tzara sin Tzara, de un Duchamp sin Duchamp encarnizadamente encarnados en Manolo, y el Bonanza semejaba, por fin, un “Cabaret Voltaire” multiplicado por dos, o por tres, o un “Foyot” al cubo: “Los cojos hablan; los mancos ven; los ciegos oyen; los sordos andan…” Y todos nos lo pasábamos de puta madre, “bebiendo y follando sin parar”
¿Cómo no encontrar allí, al azar, lo que el azar procura? ¿Cómo no descubrir en la alquimia de la palabra y de los licores los caminos del arte, en un lugar alejado de todo epicentro mediático, pero consciente de su valor intrascendente? Porque hay que decir en seguida que Manolo inventó la pintura postmodernista; lo hizo antes que Julian Schnabel y, por supuesto, mucho antes que Miquel Barceló. Manuel García Maya fue de los primeros (si no el primero) en abalanzarse sobre los desechos (y los deshechos) materiales y, con sus fragmentos, crear imágenes, figuras, paisajes. Empleó cerámicas, cristales, tierras, betún de judea, mezclas imposibles de pigmentos con sal gorda, con sal fina, orines con “titanlux”, gouaches con güisqui o con lo que le venía a mano, bombillas, piedras y metales. Pero Manolo no necesitó viajar a Tokyo a impregnarse del teatro Kabuki, ni asomarse al mar para ver montículos de arena, porque -como diría Guinda- él llevaba el mundo dentro. El Bonanza era la metáfora pura, la atributiva y la inevitable comparación. Era el Bonanza el alter ego de Manuel García Maya: un todo que era él mismo, y allí, como Pontifex Maximus que era y, ejerciendo de tal, todos lo veíamos como el único capaz de ocupar el fanum de ese templo en cuyo umbral nos agolpábamos los profani conscientes de nuestro papel de tales.
Y allí, día tras día, noche tras noche, pasé once de los mejores años de mi vida con la mirada de los “locos” en el cogote y con el verbo de otros más locos todavía detrás de la oreja.
Quisimos imitar al genio, pero el genio era -y es- inalcanzable. El hombre, no; el hombre está aquí, hablándole a un corazón siempre dispuesto a ser herido por los “disparos de su amistad”.

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~ por forega en octubre 25, 2008.

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